martes, 26 de julio de 2022

Arena de playa y un diario

 

Luna Miguel, en Leer mata, cita a Blanchot: «escribir la autobiografía de uno mismo, ya sea para confesarse, ya sea para analizarse, ya sea para exponerse a los ojos de todos, al modo de una obra de arte, quizás es tratar de sobrevivir, pero mediante un suicidio perpetuo, muerte total en cuanto fragmentaria» (2022, pág. 75). Es difícil evocar la memoria sin doler, sin morir. Es difícil contar sin herir. Escribo sobre mí misma, a veces. Pero no sé por qué. ¿Pretendo sanar, herir, crear belleza, romper la belleza, sobrevivir? ¿Lo consigo, acaso? Nada. Quería escribir sobre cómo siento mi identidad ahora mismo, en este preciso instante, cómo siento que me he convertido en una esposa, ama de casa, una madre, una don nadie, lo duro que es hacer tanto y no ser nada. ¿Por qué cuando pensamos en esas mujeres de hace años (o incluso de este año) que limpian, que cuidan, que dan todo, decimos que solo hacen eso? Solo limpian, solo te hacen la comida, solo mantienen literalmente toda tu vida. Esas mujeres, madres, esposas, sostienen el mundo, siempre lo han hecho. Y son anónimas, no sabemos cómo se llaman, no sabemos cómo sentían, qué sentían. Llevo días preguntándome: ¿cómo no se suicidaron? Me levanto, salgo, vuelvo, hace calor, friego los cacharros, hago la comida, la pica vuelve a llenarse, hago la cama, comemos, me quedo sola de nuevo, ocupo mi tiempo en cosas que me hacen olvidar que me sobra demasiado tiempo, hago otra vez la comida, la pica sigue llena, ahora todavía más, sigue haciendo calor, cenamos, vivo unos minutos y en seguida ya tengo sueño, me voy a lavar los dientes y por el camino veo la pica llena que tendré que fregar mañana, otra vez, levantarme, fregar, cocinar, limpiar, hacer la cama, cocinar, cenar, dormir, levantarme, fregar, cocinar… Cuando llega la noche y por fin llega ella, la vida se relaja un poco, mis pensamientos se pausan, nos abrazamos y hablamos, está muy cansada así que le hago cosquillas, la animo, hablamos. Quizás no está todo perfecto ahora mismo, pero lo estará, nos prometemos eso, nos hacemos promesas que no sabemos si nosotras podremos siquiera cumplir. ¿De qué depende? Nos creemos videntes, sí, sí, estará todo bien, lo siento, lo he visto, mis corazonadas palpitan en mi interior y yo las interpreto, les doy sentido, digo ¡sí! ¡Ahí está! ¡Así será nuestro futuro! Es que mi corazón ha palpitado de una forma especial que no hace normalmente, y tiene que ser por eso. Damos sentido, ¿lo tiene? ¿Algo? Nos dormimos, sigue haciendo calor, me pica todo el cuerpo porque los mosquitos no tienen piedad conmigo. Me paso el día pegada a mi cuerpo y mi cuerpo es una compañía terrible, suda, pica, sufre. Intento despistarlo, me duermo, me abrazo al sueño, así no pienso, así no existen preocupaciones, ni hay que fregar, ni olvidar. Ni ocupar mi tiempo. Cuando duermo no hay tiempo. Cuando duermo no hay nada. Pero me despierto, ella se va. Otro día más. Es que todos son idénticos. Siento que algo en mi cuerpo, algo familiar, empieza a ocupar, empieza a hacerse notar, a teñir, a reírse de mí. A veces lloro y en seguida me duele la cabeza, ya no sé si es el calor o el dolor. Pienso que mi tristeza es como la arena de la playa, hay tanta, es tan diminuta, se cuela por todas partes y te la sacudes bien, una vez tras otra, pero cuando llegas a casa y te desvistes y sacas las cosas de la mochila… empiezas a oír cómo cae al suelo, porque es prácticamente invisible cuando se cuela en los bolsillos y en los pliegues de la ropa, pero sabes que está ahí. Suena, pinta el suelo. Veo esos diminutos bultitos mínimamente iluminados por la luz que entra por la ventana, colándose en cualquier rincón de la casa. Me cuesta mucho deshacerme de la arena de la playa. Me cuesta… Me gusta el mar, me gusta mirarlo, escucharlo, me relaja, no pienso, o pienso mucho, pero está bien, veo el horizonte, no llego a terminarlo, y eso está bien, sé que sigue, está bien. El mar devuelve la arena, la recoge, la arrastra y la devuelve. Continuamente. Hay tanta. En La bajamar la presencia del agua, del mar, del río es constante. Es un recuerdo, es el origen, es una historia familiar. Es como una caracola… acercas el oído y siempre se escucha el fondo del mar. Solo si aguzas bien el oído… Sus protagonistas intentan recordar, intentan dejar su memoria a alguien, hacerla constar, que exista, que no se olvide… Si no se olvida ellas vivirán, pero la memoria es confusa… Y duele. ¿Cómo tratarla? ¿Cómo hablar de ella sin herirte? Es difícil establecer una memoria, hablar de tu memoria, hablar de tu presente, o de lo que fue, o de lo que esperas que sea… Es difícil porque las palabras crecen en la boca del estómago y es justo ahí donde empiezan a doler. Y su recorrido es lento, va despacio, tiene mucho camino para herir. En la garganta se forma un nudo, tú ya sabes qué hay ahí… qué intentas decir… por eso el nudo, no sabes deshacerlo, seré ama de casa, pero nunca me enseñaron a coser… soy una esposa de otro mundo, de un mundo en dónde no debería haber ya esposas… pero el sistema se empeña en crearlas. No sé deshacerlo y lo vomito. Sale de mi boca ensuciándome, provocándome un sabor agrio, amargo, que me irrita por dentro. Evocar la memoria… Para Blanchot es un suicidio, es una rotura, es una fragmentación inevitable. Y sí, puede que lo sea, lo es. ¿Pero no es acaso vivir también una forma de suicidio, una forma de dar muerte, de romper, de doler, de herir, de tratar de sobrevivir? Quizás escribiendo solo tratamos de establecer, de ocupar, de dejar una constancia… algo que no pueda olvidarse… puedo elegir no volver aquí, pero si lo hago, sé que recordaré esto, este instante, este momento, el nudo, la arena, fregar, recoger, cocinar, el calor… Es verano, ¿sabías? Y siento que tengo la playa en casa, pero el mar me queda tan lejos… Ojalá lograra escucharlo. Ojalá estás letras fueran el fondo de una caracola...

 

Miguel, L. (2022). Leer mata. Valencia: La Caja Books.

Moreno Durán, A. (2022). La bajamar. Barcelona: Random House.

miércoles, 20 de julio de 2022

Flotar

 

Un zumo con piña. ¿Y por aquí? ¿Un café con leche? Yo… yo un agua. Y yo zumo. Dos zumos y un agua perfecto. El camarero se va. Es el mismo que nos ha atendido a nosotras cuando hemos llegado. Nos ha costado bastante levantarnos (¡hemos madrugado!) y nos hemos venido para Els Tres Tombs. Por algún motivo creo que a Ane tampoco le emociona mucho venir, pero siempre que lo hacemos se queda mirando el televisor en donde están poniendo uno de esos programas de la MTV con los mejores videoclips del pop, del 2000, etc. Nos hemos sentado en una de las mesas de fuera, esas que siempre que pasaba por aquí hace unos meses (cuando todavía iba a la biblioteca) veía a señoras sentadas desayunando, o a gente leyendo a la sombra, y me despertaba un no sé qué de emoción y deseo que nunca acababa de suplir. Hoy era el día. Ane dijo: ¿estás segura de que tendrán algo dulce? Hombre, siempre veo a señoras desayunando… supongo que sí, ¿no? Llegamos (yo tenía la intención de ir dentro porque tenía mucho calor y dentro habría aire acondicionado) y Ane propone que nos sentemos en esas mesas que yo veía, que yo deseaba, en las que yo me imaginaba desayunando en paz y calma cada mañana que pasaba por delante. Nos sentamos y viene a atendernos el camarero (sí, el del principio). Café con hielo, zumo de naranja y dos cruasanes normales. Charlamos un poco, Ane bebe y come mientras yo me enrollo como las persianas y luego se va al baño. Yo saco mis apuntes mientras escucho que a mi derecha una señora mayor tose y habla muy agudo al camarero. Perdona, es que estoy muy constipada. Ane vuelve y me da un beso, nos vemos luego. Se va al gimnasio y yo me quedo estudiando. Me cuesta mucho prestar atención a nada relacionado con esas hojas escritas delante de mí y doy un sorbo a mi café con hielo (que está prácticamente entero) mientras miro a mi alrededor: el Mercat de Sant Antoni, majestuoso, dorado, morado, la gente paseando, conversaciones entre las que me cuelo y husmeo y luego salgo, como las olas de la playa que llevan arena y la arrastran, van y vienen, van y vuelven, la señora tose y saluda a alguien. Giro un poco la cabeza, disimuladamente: espera, son ellas. Sí, sí, ¡son ellas! Cada vez que iba a la biblioteca, todas las mañanas, pasaba por este bar y deseaba tener el tiempo, tener la calma, tener la suerte de poder venirme cada mañana aquí a desayunar, a leer (¿deseaba, acaso, ser una jubilada?). Y luego, todos los días cuando volvía a casa y volvía a pasar por aquí veía lo mismo: cuatro señoras, sentadas en una mesa de dentro, la de la esquina, siempre sentadas exactamente en las mismas sillas, de forma que cada día podía ver a la misma señora. Pelo gris, gafas gruesas y redondas, la cara redondita. Siempre que pasaba estaba callada, siempre mirando a sus amigas. Muchas veces cruzábamos miradas. ¿Se acordaría de mí? ¿Me reconocería, de tantas veces que pasaba por ahí? Había días que no las veía, que encontraba su silla vacía, la mesa ocupada por otras personas, ¿qué les habría pasado? ¿hoy no habrían quedado? Así día tras día. Todos los días. Buscando su ausencia o su presencia. Recordándola, pensando, ¿por qué me fijo en ella? Y aquí están, hoy, después de tantas semanas sin buscar, sin mirar, sin volver… Ya no hay olas, pero ahora sí es verano… Quedan tantos días de verano… Y aquí están, hoy, a mi lado, les pongo voz, les pongo casi nombre… ¿Han cambiado de mesa? ¿El verano les habrá hecho cambiar? Me pregunto… aquellos días que me encontraba con su mesa ausente, ¿sería en realidad porque se habrían sentado en otro sitio? Intento ocultar mi entusiasmo de escritora y me pongo a leer, a subrayar, a dejar pasar el tiempo a mi alrededor. Cuando el camarero vuelve con el zumo y el agua dice, perdona, no tenemos zumo con piña, se ha terminado, ah, no te preocupes, responde ella, zumo de melocotón está bien, pero espera esto es mucho hielo, toma para ti no quiero tanto hielo. El camarero se va para volver con el zumo de melocotón, apúntalo, ¿eh, Antonio? y las señoras prosiguen su conversación, interrumpida por algunas toses de la señora que ya estaba allí. Me fascina como enlazan un tema con el otro. Es el cumpleaños de una de ellas (¡la que yo siempre veía por la ventana!) y cuando le va a dar dos besos a la que tose esta le dice a mí no me beses, estoy muy constipada. A mí eso me da igual, y la besa. Y se ponen a hablar de lo malo que es constiparse en verano, es que un constipado solo busca calor, bebidas calientes, abrigo, y en verano claro, eso no se puede… Luego se ponen a hablar de la panadería que tienen cerca de casa… que el pan está muy rico, qué bien vende la chica, ¿y te acuerdas de esta otra chica? Era un maniquí… qué bien le quedaba todo y qué bien lo vendía, qué maja… Los recuerdos, la memoria… en estas mujeres, cualquier retahíla llama al pasado, inevitablemente. Sus amigas son sus autobiografías, sus memorias, sus huellas físicas en un mundo que cae, que ven caer… Qué mayores estamos ya, ¿cuántos tienes tú? Yo 60 y… 89. Y esta 87. Y me parece entender que la cumpleañera tiene 90 y pico… No hago más que pensar, sí… son como ella, son como ellas… Cuando era pequeña, mi madre me dejaba con mi abuela, a veces a su casa, otras veces a la cafetería donde estaba desayunando o almorzando con sus amigas. Era pequeña… no debía prestar atención a sus conversaciones. Nunca me dijeron que no escuchara, que iban a hablar de cosas de mayores, que me fuera a jugar… siempre me intentaban incluir en sus conversaciones, y yo tampoco me sentía excluida. Estaba con mi abuela, y sus amigas formaban parte de mí como lo formaba ella. Del mismo modo. Me apetecía ir con ellas, ¿cuándo iremos todas juntas a la playa? Mi abuela debía estar hasta las narices de mí, de mi insistencia, de mi cabezonería… Al final íbamos, claro, una de sus amigas me enseñó a flotar, me intentó enseñar a nadar (mi madre siempre ha tenido mucho respeto al agua y nunca se iba más allá de la orilla, yo lloraba en las clases de natación del colegio: no sabía nadar, me daba miedo nadar y, a la vez, el agua era el lugar que más paz y tranquilidad me daba del mundo). Así que ahí me iba con ella, a nadar con ella, me daba seguridad y sabía que sería capaz de hacer cualquier cosa mientras ellas estuviesen a mi alrededor vigilándome y ayudándome. No era como si estuviesen supervisándome: más bien me daban apoyo, me convencían de que podría, me daban la seguridad que necesitaba. También, esa misma amiga, me enseñó a dar masajes. Nos los dábamos mutuamente y al final me regaló un libro sobre ello que ella consideraba la biblia. Me había hablado varias veces de él, y no pensé que me lo fuera a regalar nunca. Ni siquiera se lo pedí: sabía que era preciado para ella. Así que cuando un día vino a la playa con él para regalármelo… sentí un gran vínculo de ternura y cariño con ella. Y con la playa, y el mar, y los cuidados… Mi abuela y sus amigas eran mi paz y mi cariño… Sabía lo que era el amor porque veía su amistad, y el modo en el que me trataban, como si al ser nieta de una de ellas ya fuera nieta de todas… amiga de todas, familia de todas… No sé qué pasó después. Nunca más volví a verla. No sé si se pelearon o se mudó… recuerdo que me dolió mucho eso. Fue como una pérdida para mí. Como si alguien de mi sangre se fuera… Esa amistad era lo más real que podía existir en el mundo para mí, para esa mente de niña inocente que solo observa y crea e imagina con su mirada. Y se rompió. Mi memoria era imaginación y sueños… Soñaba con una amistad así. No: soñaba con un cariño así, tan gratuito, tan desinteresado… Me sentía querida. Me sentía querida de verdad…

Creo que alguna vez más nos la encontramos en la playa, tiempo después, mi madre y yo, cuando ya no venía mi abuela con nosotras porque era ya muy pesado para sus piernas… Ella estaba sola. Tomando el sol boca abajo (era la persona que más morena se ponía de todas las personas que yo conocía), sobre un cacharrito que tenía para sujetarse la cabeza. No sé si la llamamos o fuimos a decirle algo… recuerdo que mi madre estaba poco interesada en saludarla. Yo insistí. Recuerdo que me saludó con cariño, pero no sé por qué… en mi memoria habita algo de tristeza relacionada con esa imagen, por alguna razón… no recuerdo qué me dijo, ni qué cara puso, no recuerdo qué pasó… recuerdo solo su amabilidad. Pero… ¿por qué veo tanta tristeza…?

La otra amiga con la que íbamos se echó novio (como a los sesenta o setenta que tenía, creo que era viuda) y dejó de ver a sus amigas. Bueno, no es que dejara de verlas… pero dejó de quedar tanto. Y ellas empezaron a quedar por su cuenta, viendo que ella ya no venía tanto. Así que es como si el grupo siguiera su vida sin ella. Y poco después la que me enseñó a nadar también se acabó yendo. No sé si alguna vez me explicaron qué pasó. No se rompieron relaciones, no recuerdo eso. Simplemente… se distanciaron. Si solo hubiesen seguido siendo amigas durante más tiempo… ¿qué habría sido de mi crecimiento como persona, mi crecimiento emocional? ¿Habría cambiado? ¿Habría encontrado confidentes donde no los tenía? ¿Habría crecido con más seguridad? ¿O habría sido todo igual que siempre? O mejor… qué poco me rompí cuando se rompió…

Ahora, cada vez que floto en el agua cierro los ojos. Llega el verano y todo lo que quiero es ir al agua, dejarme abrazar por él, sentir mi cuerpo ligero como una pluma… Floto y mi mente se teletransporta a una seguridad antigua, a una paz lejana… Al cariño… Vuelve al cariño… Allí en las olas siempre me esperará…

jueves, 16 de junio de 2022

Niebla o no sé qué...

 

Los recuerdos me invaden… No todos forman parte de mí, algunos solo los imagino… El sol entra escondido por la ventana, creo que hoy está nublado. La casa está tranquila… no se escucha nada, más que pájaros y voces lejanas. Estoy sola, aunque hace un momento no lo estaba. Soñaba… o recordaba, me cuesta diferenciarlo. Mi vida se construye con los ojos cerrados, toma de aquí y de allá, maquilla, desea… Me despierto y tengo esa vida que no he vivido (¿o sí?) detrás de mí. Forma parte de mi mente y de mi identidad, de mi memoria, pero solo durante unas horas, hasta que el sueño o el recuerdo se difumina y prácticamente desaparece. Solo me quedará el rastro del nombre… de la sensación, de los sentimientos. A veces ni eso. Pero se va, y no vuelve… ¿quiero que vuelva, acaso? Han pasado muchos años. Ya no soy, creo que nunca lo fui. Pero cuando viví allí tampoco eran esos los rostros que me seguían, ni siquiera yo tenía uno. Intentaba acompañarme, sentirme acompañada, imaginar… dar forma a algo que se caía a pedazos, se rompía a mis pies, pisaba los pedazos, como si no fuera conmigo. Pero iba… aunque no le hacía caso. Ahora me vienen esas historias, cambiadas, modificadas, con otros colores y formas. ¿Se quedaría algo sin hacer? ¿Eso es lo que intenta reconstruir mi mente? Han pasado muchos años y muchas cosas han cambiado. Los nombres… ellos cambiaron sus letras, y ya no guardan el mismo significado que entonces. Lo que entonces yo creía mío ya no lo es, y al revés, sobre todo al revés… ¿Por qué vendrá a mí? Todo el tiempo… y en mi sueño es como yo quería, como deseaba entonces… Sé que no existe, que no puede existir. ¿Invento? ¿Creo con mis ojos, con mis recuerdos rotos, con los pedazos? Doy forma y en cambio, no sé crear desde cero, necesito una base, algo desde donde partir… Necesito partir y luego me voy, luego vuelvo a dónde estoy. Quiero estar aquí. Es donde debo estar. Y esos recuerdos inventados… esos sueños deshechos, no sé qué son. No sé por qué me hablan, ni qué me dicen. Anoche era un bar, muchas cervezas, la cuenta ascendía a 600 euros, creo que éramos 5 o 6, pero por algún motivo teníamos que pagar 300 por persona, algo más… Mi cuenta bancaria no era diferente en el sueño, eso sí que no me lo sé inventar… No podía pagarlo, y por algún motivo tampoco explicable junto con las bebidas nos invitaban a un sofá, un sofá rojo y acolchado. Acto siguiente: estamos en casa, sentados sobre ese sofá rojo, parecía cómodo y tenía chaiselong pero, ¿sería sofá cama? Recuerdo que lo pregunté, recuerdo el miedo. ¿Dónde íbamos a dormir, a dónde había ido a parar mi sofá? He aprendido, quiero pensar que sí. Mi mente ha estado corrompida durante mucho, había sombras, había tanta niebla… No se veía más allá, estaba sola, rodeada de algo que nunca podría acogerme. Esa niebla… se difuminó. Tardó mucho, pero lo hizo y cuando lo hizo de repente todo se veía distinto, los colores, las formas, el mundo… y las personas. Mi forma de ver el mundo… Todo cambió, de repente… No fue cuando yo quise, ni siquiera cuando yo lo esperaba. Pero lo hizo y así es como está ahora. Pero sigo yendo a veces, sigo volviendo… al menos mis recuerdos lo hacen, no creo que nunca dejen de hacerlo. Es como si me dijeran: cuidado, no olvides, no lo hagas nunca. Sé que no lo haré, no podría hacerlo… entonces, ¿por qué esos recuerdos imaginados y soñados? No hay niebla en ellos, creo que no la hay… pero sí algo, una esencia o algo… que sí es como antes. Algo me hace sentir como antes, aunque mi identidad en el sueño no sea otra más que la que vivo ahora. Pero hay algo… e intento marcar la diferencia, intento atraerlo todo a mi presente, darle el sentido de ahora, ser consciente… Y me despierto. Y todo está bien, nada ha cambiado. Solo ha sido un sueño… La miro y sé que todo está bien. Pero… ¿por qué ese sueño? ¿Por qué ahora, otra vez? Sé que no puedo olvidar, que no podré hacerlo. Mi mente no deja de recordar… Es como si no dejase de preguntarse cómo habría sido todo, qué habría pasado. Sin esa niebla… Soñé que te alegrabas de que fuera feliz…

miércoles, 8 de junio de 2022

Una mancha oscura

 

«Si le hubiera cortado las alas / habría sido mío, / no se me habría escapado». No tenemos dinero en nuestras cuentas bancarias (este mes ha sido jodido) así que no hemos podido comprar las entradas por internet. Nos presentamos allí bastante rato antes de la hora en la que la película empieza, no sé, media hora antes, pongamos. No hay nadie en la taquilla, y solo estamos nosotras y dos señoras mayores esperando. Mira, mira esas chicas, también estáis esperando, ¿verdad? Sonreímos, sí. Se ponen a hablar y nos ponemos a hablar. Nadie hace asunto de ninguna, cada una nos metemos en nuestros propios mundos, en nuestras conversaciones, en lo que sea que estuviéramos diciendo en ese momento, o estuviéramos escuchando. Llega la señora de la taquilla. Dos para Cinco lobitos, por favor. Pagamos. Y cuando vamos a entrar al cine, escuchamos: dos para Cinco lobitos, por favor. Sonrío para mí, vienen con nosotras. Nos sentamos dentro, en unas sillas que hay en la entrada, a hacer tiempo hasta que abran la sala. Entran las señoras, ya con sus entradas, y se sientan justo en las sillas que hay respaldo con respaldo con las nuestras. Nosotras seguimos a lo nuestro, hablamos de alguna cosa, miramos algo el móvil, nos enseñamos algo. Guardamos, quizás, un momento de silencio. Y entonces escucho: «es que mi hermana fue la causante de la ruptura de mi matrimonio». Mi oído de escritora o de maruja (nunca sabré exactamente cuál es el que se conecta a cualquier conversación ajena, dispuesta a deshilar cualquier historia). «Si le hubiera cortado las alas / habría sido mío, / no se me habría escapado». La amiga le pregunta. ¿Serán viejas amigas? ¿hacía mucho que no se ponían al día? Deben tener la suficiente relación como para tener la confianza de ponerse a hablar de sus intimidades, ¿o no? La amiga pregunta y escucha, mientras la otra señora explica con todo detalle los asuntos recientes (y no tan recientes) de su vida. Su marido, exmarido, se lio con su hermana. El matrimonio tenía una hija, y luego él se separó de ella y tuvo otra hija con la hermana. «Imagínate, yo no quería volver a esa casa, estaban en la misma cama en la que yo dormía». Las hermanas perdieron la relación, y todo lo que le quedaba era su hija. Habían vendido alguna propiedad hacía poco, como si se hubiesen acabado de repartir las cosas por el divorcio (¿eso significa que la historia es reciente? Aunque el marido debía ser bastante mayor como para tener otro hijo; ¿o bien significaba que había tenido el marido una doble vida con su hermana y hasta hace poco no se había enterado?). «Pero así, / habría dejado de ser pájaro. / Pero así, / habría dejado de ser pájaro». Aparentemente luego lo dejó también con su hermana, y se fue con una chica más joven. La mujer le confesaba que se había quedado con algo, con algún dinero que no le había dicho a su exmarido. «Haces bien, algo te tienes que quedar tú», le decía la amiga, mientras la señora le explicaba que le preocupaba su hija, y que solo le quería dejar algo de buena vida, algo de herencia, pero también quería vivir ella. «Y yo... / yo lo que amaba era el pájaro». Las hijas, o primas, o dios mío no sé cómo llamarlas, parecían llevarse bien. La mujer se lo explica a su amiga, con un tono triste, mientras la amiga la mira con ojos consoladores. Le pone la mano sobre el hombro y no usa palabras, pero yo sé que le dice vive tu vida, sé egoísta, no pienses en nadie… Sé que le dice lo siento, lo siento, lo siento tanto… «Y yo... / yo lo que amaba era el pájaro» …

Entramos a la sala, todavía está iluminada, la gente va tomando asiento. Entramos antes que las señoras, pero por azares del destino sus asientos están en la misma fila que los nuestros, al lado. Siguen hablando, pero sus voces apenas me llegan, solo distorsionadas, historias fragmentadas, amores fracturados, ternuras que se han vuelto líquido y se han derramado por doquier, dejando manchas densas, de colores oscuros, manchas que no se van, ni se irán, penetrantes como el dolor… ¿dónde están las manchas? ¿en la alfombra, en el suelo, en mi vestido, se han grabado en mi corazón? Esas mujeres… Empieza la película y tengo el corazón temblando, no entiendo el amor, no entiendo el cariño… hablo de él y no sé nada, solo sé el dolor, lo conozco… y qué cruel puede ser el azar, el destino, los hombres y sus relaciones… Empieza la película, digo. Y es una película de terror: nace un niño, lloros, pérdida de sueño, el padre se tiene que ir (qué casualidad, qué raro) por trabajo… la madre está sola, día y noche, cada segundo de cada minuto, con ese bebé que depende en su totalidad de ella, y que ella no sabe cuidar, no sabe quién es, su vida ha cambiado de golpe y ya no hay vuelta atrás… su cuerpo… Berta Dávila escribe en Los seres queridos «así es como yo pensaba en el hijo, como alguien que me cubriría de una felicidad que ocupase todos los espacios de desconsuelo y tedio» (Dávila, 2022, pág. 29). Pero la realidad, luego, es otra: «mi hijo no fue el único en salir de mi cuerpo sino, sobre todo, yo misma, que ya no era yo, porque era la madre. (…) Mi cuerpo era un territorio que no me pertenecía» (Dávila, 2022, pág. 50-51). La madre de Cinco lobitos hace todo lo posible por sacar adelante esa nueva vida que se le ha venido encima, que se ha apoderado de su cuerpo, de sus sentimientos, de su casa y de todo lo que antes conocía. Todo ha cambiado. Pero por más que lo intente, una sola persona no puede afrontar tantísimas cosas. No soy capaz de imaginar el dolor, el sufrimiento que provoca una situación así, aun habiendo conocido el dolor y el sufrimiento. Berta Dávila acaba este libro, que no queda claro si es novela o relato autobiográfico o autoficción [1] con un capítulo final en el que dice: «la depresión postparto es la primera causa de muerte de las madres durante el periodo perinatal en la mayor parte de los países occidentales, por encima de los trastornos hipertensivos y hemorrágicos. He escrito este libro porque estoy viva» (Dávila, 2022, pág. 140). La protagonista de Cinco lobitos decide irse a casa de sus padres: es la única forma de sobrevivir. Aunque eso suponga estar con sus padres, algo que ya se nos anticipa como algo negativo, complicado. La madre es exigente, pone pegas a todo, no dice las cosas buenas ni anima, pero se asegura de no dejarse nada negativo o cruel por decir. Y también ayuda, cuida del bebé lo mejor que sabe, cocina para todos y limpia. Y cuida, sobre todo cuida. El padre es amable, cariñoso, es incluso atento. Pero es un padre, es un hombre. Perdonadme, pero todas sabemos lo que eso significa. Nunca hace la comida (ni siquiera sabe cocinar el pescado que siempre cocina su mujer), pero se queja cuando algo está soso o lo ha comido varias veces esa semana. Le da pereza tirar la basura, o pasear al bebé, o, en definitiva, cuidar. Es atento, pero no sabe cuidar. Y tampoco es su culpa: la sociedad no le ha educado para que cuide, no le ha enseñado a cuidar. Y la madre sabe cuidar a la perfección, pero no sabe dar amor. ¿No sabe, o no le han sabido demostrar nunca el amor para que ella pueda sacarlo también? «Txoria txori» es una canción que le canta en euskera el padre de la protagonista a la madre durante una cena de amigos. «Si le hubiera cortado las alas / habría sido mío, / no se me habría escapado. / Si le hubiera cortado las alas / habría sido mío, / no se me habría escapado. / Pero así, / habría dejado de ser pájaro. / Pero así, / habría dejado de ser pájaro. / Y yo... / yo lo que amaba era el pájaro. / Y yo... / yo lo que amaba era el pájaro». Es, probablemente, el único momento de la película en el que sentimos que quizás sí, quizás sí hay amor entre ellos, quizás si se quieren… aunque discutan, aunque se enfaden, aunque se peleen constantemente. Y si… ¿y si de verdad se quieren? ¿Se pueden querer… así? ¿El amor puede ser amor si es conflictivo, doloroso? Ella voló, enamorándose de otro, porque él no le daba amor, no le daba cariño, no estaba con ella… se sentía sola. Es una infidelidad, ¿pero podemos juzgar a una mujer que se sentía profundamente infeliz? ¿Podemos juzgar a la señora que le explicaba a su amiga que se había quedado algo de dinero que su exmarido no sabía para vivir para, por fin, vivir? Esas mujeres que viven una cotidianidad terrible, infeliz, sin cariño, rutinaria (pero en el mal sentido) necesitan saber que hay algo más para ellas, que pueden salir, que pueden volar, que pueden, quizás, ser felices. Debajo del dolor puede haber una salvación, algo que dé sentido, aunque sea durante un instante. Pero el dolor constante es un vacío inerte, desértico, es un consumo de tiempo, un consumo de vida, y una muerte. «Pero así, / habría dejado de ser pájaro. / Y yo... / yo lo que amaba era el pájaro». Si no la hubiese dejado volar, intentar ser feliz, habría dejado de ser pájaro, habría dejado de ser ella misma. Cuando salimos de la sala le comenté esta escena a Ane diciéndole que la madre se enamoró y voló fuera de su matrimonio, luchó por su vida, por su bienestar, por su ternura arrebatada. Ella no sabe dar amor, no a su marido, no a alguien que no la ha sabido querer. Y ahora, aunque vea que la quiere, aunque vea que de vez en cuando se esfuerza por ella, por su amor, por su cariño, por el que le debe… a ella le da miedo. Ane me dijo: yo creo que su matrimonio fue tan mal que ahora ella ve que él está enamorado y no quiere, porque lo pasó tan mal que no quiere ya. Cómo afrontar una relación que se rompió, pero que sigue en tu vida. El dolor deja herida, nunca se difumina. La mancha en la alfombra… o en el vestido, o en las entrañas. Es como un agujero, y si cicatriza deja mancha… una mancha blanquecina… está tiesa y aunque tires de ella algo se mantiene inmóvil… como si habitara ahí el daño y la cicatriz lo encerrara, lo tapara, lo cubriera para que no volviera a salir… ¿y si sale? Él se moriría de pena sin ella, y ella no puede dejarlo, aunque lo haya pensado mil veces… ¿Es eso el amor? ¿Qué es el amor? No lo sé, no creo que nunca llegue a saberlo, por más que lea, por más que sienta, por más que vea y escuche. Por más que mi piel… En mi piel está grabada la herida, pero también el deseo… ¿puede nacer amor del dolor? ¿puede haber amor desde la herida? Estoy segura de que el amor no puede hacer daño, al menos eso es lo que pienso, lo que quiero pensar. Un amor de verdad no quiere doler, hace todo lo posible por evitarlo. Solo quiere ser cuidado y ternura y cariño. Quiere ser un escudo, quiere ser una cicatriz que se cierra envolviendo todo daño para que no vuelva a salir.

Cuando salimos del cine, las dos señoras se levantan con nosotras. Una ayuda a la otra a levantarse, cogen sus cosas y se preguntan ¿te ha gustado? Qué bonita. Y se van juntas, hablando, a través de la noche. Eso sí, pienso… eso sí es cariño.

 

Bibliografía

Dávila, B. (2022). Los seres queridos. Barcelona: Destino.



[1] Sin entrar en lo complicado de diferenciar esos términos, creo que este libro supone un limbo a la hora de intentar encajonarlo en alguna de esas etiquetes (al menos, en un principio) puesto que empieza con un prólogo (que, por lo general, asumimos que está fuera de la narración, fuera de la historia de la obra y, en principio, aportando algo del escritor o escritora en primera persona, como el proceso de escritura o el contexto alrededor de ella) en el que se hace mención a la escritura y a una amiga suya con la que queda para despedirse y con la que se reencontrará meses después porque se casa. Después, empieza la «novela», y como lector asumes que es una historia de ficción, ajena al prólogo. Y aquí viene el salto, el guiño, la herida ficcional: vuelve a mencionar, dentro de la «novela» a esa amiga suya; y es más: va a su boda. ¿Es una novela basada en esa persona real? ¿Es una autobiografía de su vida, unas memorias, algo sincero sobre su propia vivencia y vida? ¿O es un poco de las dos? Dávila escribe: «nunca he experimentado el amor maternal» (2022, pág. 101). Quizás es tan difícil para las mujeres, para las madres, decir algo así, en una sociedad que sigue pensando que un bebé solo puede ser una bendición y algo extremadamente bueno y feliz, que es necesario construir una ficción (aunque sea aparente, aunque no sea de verdad, aunque sea una mentira que le hace creer al lector, pero que no se esfuerza mucho en mantener) para poder decirla.

miércoles, 1 de junio de 2022

Palpitación salada...


Las cerezas me recuerdan a la playa, al sol, a la arena, me saben a mar. De pequeña casi siempre llevábamos, en un tupper, cuando íbamos a la playa. Nunca fui una niña muy frutera, pero esto sí me lo comía (porque tenía hambre y calor). Me pasaba la mañana en el agua (odiaba y odio el sol). Nadie podía sacarme del agua y lo sentía mi más preciado tesoro, mi hogar más acogedor. A lo mejor, mi más sincero hogar entonces… Ahora lo sigue siendo, pero no me hace falta ir a él para estar en casa. Me estoy comiendo unas cerezas, tienen un color rojizo oscuro y alguna gotita las rodea. Me las como y recuerdo un mar, pero no ese: las piedras, los rodillazos, cuidado con los pies. El sábado estuvimos en Sitges celebrando la fiesta (sorpresa) de despedida de Elena, una prima de Ane. Fue un día increíble. Desayunamos en una de mis cafeterías favoritas de Barcelona (todas juntas, en dos mesas, con un montón de sillas apiñadas alrededor de ellas… un paisaje al que no estamos acostumbradas pero que fue sencillamente perfecto). Después, en metro y tren a Sitges, donde cantamos una canción que se inventaron en el coche de ida a Barcelona y que se convirtió en la banda sonora del viaje, para desgracia del resto de personas del metro/tren. Íbamos dando el cante, hablando alto y de temas que a cualquiera le harían soltar una carcajada (entre el top: los pedos disimulados o no tan disimulados que todas nos tiramos). Me hizo gracia, porque allí yo no era la ruidosa ni la más pesada: todas estábamos en armonía. Una vez allí, la playita… dios mío el mar… nos cogimos todas de la mano y Diana pidió a unas señoras que estaban ahí antes de que llegáramos y con cara de muy pocos amigos que nos grabara entrando al agua; aunque a regañadientes, accedió («si tardáis más, paso», dijo) y nos cogimos todas de la mano corriendo hacia el agua. Estaba fresquísima, pero perfecta. La salida fue desastre total: así como habíamos entrado todas de la mano y a la vez, parece que, sin quererlo, decidimos salir de una en una, para que el resto pudiera descojonarse ante semejante espectáculo. Había una bajada bastante generosa hasta llegar a la arena del fondo, y la bajada estaba llena de piedras enormes (también una vez entrabas más en el agua, pero más dispersas). Era imposible salir sin clavártelas y pisarlas. Una salía, pisaba mal y se caía, la de detrás se reía de ella, pero pisaba mal también y se caía, y así una detrás de otra. «Madre mía, qué van a pensar de nosotras, ni una saliendo bien del agua», decían entre risas. Ane y yo nos quedamos las últimas contemplando las vistas (yo todavía no quería salir del agua) y nos dijeron salid, a ver cómo salís vosotras. Fue un poco desastroso, pero en comparación con el resto no había color . Luego, todas a corrillo a hablar, con los brazos en jarra, mientras Ane hacía algunas fotos por aquí y por allá. Compramos una cámara analógica de estas desechables; estamos viciadas a ellas, cada vez que pasa alguna fiesta o acontecimiento destacable (y nos cuesta poco destacar cualquier cosa) compramos una o dos. Cuando se revelan salen siempre fotones, tienen ese no sé qué especial de las fotos analógicas, y nos las dan en digital (que viene perfecto para enseñarlas al resto y para que cada quién se quede con las que más les gustan) y en físico, de forma que, sin quererlo, estamos haciendo ya nuestro álbum familiar. Luego, cuando termina ese «acontecimiento destacable» y viene esa tristeza de cuando acaba algo que ha sido perfecto, nos quedan todavía las cámaras, que llevamos a revelar después y que tardan dos o tres días en estar. Hoy nos han llegado las fotos en digital y las dos, que sabíamos que estarían esta tarde, llevábamos todo el día pensando en ello, aunque ninguna de las dos hubiera dicho nada al respecto. Las hemos visto mientras comíamos, recordando entre risas los instantes capturados, con algo de nostalgia y belleza en los ojos pero, sobre todo, con el corazón encogido, abrazado y caliente.

las fotografías son un modo de apresar una realidad que se considera recalcitrante e inaccesible, de imponerle que se detenga. O bien amplían una realidad que se percibe reducida, vaciada, perecedera, remota. No se puede poseer la realidad, se puede poseer (y ser poseído por) imágenes (…). No se puede poseer el presente pero se puede poseer el pasado (Sontag, 2022, pág. 455).








Estamos a miércoles, han pasado solo tres días desde que el fin de semana se acabó, pero mis recuerdos no hacen más que transportarme a la playa, al mar, a la comida, a la risa, al susto que les dimos a Silvia, Diana y Adriane escondiéndonos detrás de unas columnas a la salida del baño, de cómo Diana conseguía mover su tripa de forma que parecía que estaba embarazada para que le dejaran pasar al baño, mientras todas nos reíamos y, al ver que había otra chica mirando y riéndose, le decía «es broma, no estoy embarazada, solo estoy gorda». Veo todos esos recuerdos, el dolor de estómago de reírme y el descubrimiento de que, quizás, sí me gustan los boquerones y las almejas (pero los mejillones no, eso sí que no). En fin: vuelvo al pasado. En mi mente todo esta desordenado, roto, las risas vienen de la playa pero la broma estaba en un bar, había cerveza pero mi piel aún tenía sal, me vacío las bambas y las bragas en la ducha porque tengo arena en todas partes y estoy recordando como todas se bajan del metro, dejándonos a Ane, Jone y a mí solas de camino a nuestra casa, las vemos desde la puerta, cómo el grupo que ha salido se divide en dos y empieza a despedirse para ir en direcciones contrarias pero, al ver que nuestra puerta se cierra y que les decimos adiós pegadas al cristal de la puerta, se vuelven a juntar y a decirnos adiós mientras corren en dirección al metro que ya se va, entre risas y la mirada curiosa de una pareja que está a nuestro lado, y sé que se ríen también. «¡Nos vamos a ver en una hora!», decimos. Y sé que esa mirada curiosa desea, sé que esa pareja soy yo, sé que miro y pienso: ojalá ser parte de esa familia. Estoy tecleando estas palabras, pero también estoy agarrándome a la barandilla de metal del metro sonriendo y pensando que sí, que pertenezco… «Llegué por el dolor a la alegría. / Supe por el dolor que el alma existe. / Por el dolor, allá en mi reino triste, / un misterioso sol amanecía» (1990, pág. 45) dice José Hierro. La luz del sol hace que mi piel brille… también el agua… Miro las fotografías y son eternas, esa felicidad… Aunque deje de recordarlas, seguirán ahí, físicamente, podré tocarla con mis dedos… Me parece que cuando vayamos a recoger las fotos, olerán a sal… «La sensación de estar a salvo de la calamidad estimula el interés en la contemplación de imágenes dolorosas, y esa contemplación supone y fortalece la sensación de estar a salvo» (Sontag, 2022, pág. 458). ¿Y si es también al revés? ¿Y si, con el dolor, puedo ver estas imágenes de alegría, placer, felicidad pura y paz profunda, y sentirme como entonces? ¿Volver a casa, hacerme un hogar de recuerdos? Mis recuerdos, mi pasado más cercano, en el que vivo, del que me alimento, me dan paz… me hace sentir segura, a salvo… No hay dolor, no hay tristeza, no hay herida que pueda contra tanto, tanto… Hay tantas fotos, no hemos comprado álbum todavía, las tenemos unas encima de otras, en sobres, o sueltas… Pronto ya no sabré dónde meterlas, qué hacer con ellas; las fotos de polaroid van formando una pila cada vez más alta… no puede no verse. «Nunca / podrás mojar tu pie en el río / en que ayer lo mojaste. Busca / la eternidad, vive en la alta / contemplación de su figura» (Hierro, 1990, pág. 36). Leo estos versos en un libro que he cogido de la biblioteca, y al pasar las hojas veo que hay un pétalo de alguna flor seca que alguien ha puesto entre las páginas. ¿Quién? Si hubiese dejado una fotografía de su retrato, tampoco sabría quién es. Un pétalo seco… es como dejar algo de ti, un instante de vida, algo que una vez fue una flor, para que otro lo vea. Del mismo modo que las fotografías, esto permanecerá para siempre, recordando algo, albergando un recuerdo que solo quien allí lo dejó sabe… Hacemos fotos, fijamos recuerdos en formas químicas que no entendemos para permanecer, para seguir aquí… para que alguien nos recuerde. ¿Alguien nos entenderá? ¿Qué pensaría esa persona cuando dejó allí esa hojita seca, en ese poema? ¿Sufriría, conocería el dolor? ¿Sería ahora feliz, por eso leería a Hierro? Cuando me enseñaron a Hierro, no fui capaz de valorarlo suficiente. Me gustó… pero no lo entendí. «Busca la eternidad» … hago fotos, bueno, Ane las hace, yo lo intento. ¿Fijaré algo? ¿Permanecerán los recuerdos? ¿Se quedarán conmigo, serán mi salvación, mi hogar, mi mar cuando esté triste? Todavía me quedan ciruelas. El sol empieza a caer, Ane está apunto de volver de la piscina (creo que ella también persigue el mar…). Lo sé: esta es mi eternidad. Estoy rodeada de mar. Cuando no lo veo con mis ojos, lo evoco, me envuelve. De alguna forma, siempre me rodea… Cojo un pétalo de las rosas secas que siguen aquí, las de Sant Jordi, y la coloco entre las páginas del poemario de Hierro. El poema se llama «La playa de ayer»: es increíble cuando todo encaja y se comunica [1]… Mi pétalo es un pétalo de mar, de agua, de sal. Está ligado a mí, a mi hogar, a mis recuerdos… Cuando alguien la encuentre, ¿flotará?

 

 

Bibliografía

Sontag, S. (2022). De Sobre la fotografía. En D. Rieff (Ed.), Obra imprescindible (pág. 447-467). Barcelona: Literatura Random House.

Hierro J. (1990). Antología poética (J. Olivo Jiménez, Ed.). Madrid: Alianza Editorial.



[1] «Cuántas lamentaciones ante el muro / coronado de pálidas almenas… / (No estoy seguro…) Un canto de sirenas / o de cadenas… (Ya no estoy seguro…) / Palpitación salada… / Y el conjuro / de la aventura… Sobre las arenas, / pasos… (no estoy seguro…), o eran penas, llagas de sombra sobre el oro puro. / Y eran las nubes y las estaciones… / Y alguien pasaba… Y alguien trasponía / puertas de niebla, alcazáres de espanto, / mar con marfil de las constelaciones… / y se ocultaba, / y reaparecía, / hijo del gozo con su cruz de llanto…» (Hierro, 1990, pág. 117). Los versos vienen… y van… vienen… y van… como las olas… como el mar… El ejemplar seguirá en la biblioteca de hispánicas de la UB, incluso cuando me vaya. ¿Mi pétalo seco, de mar, seguirá allí?




Por qué Adorno y Horkheimer son unos pesaos

El último tema en una de mis asignaturas del máster era sobre la cultura pop. El profesor nos explicó dos posturas: la crítica de Adorno y Horkheimer en la Dialéctica de la ilustración hacia la industria cultural que, según ellos, «estupidiza» a la sociedad; y, por otro lado, la opinión de filósofos como Walter Benjamin, que creían en la reformulación de los productos de la industria cultural que, aunque estuviesen creados por el capitalismo, podrían reformularse para convertirlos en herramientas contra el capitalismo. Sin despreciar ninguna de las dos posturas, propuso hacer una breve monografía reflexionando al respecto. Lo más curioso de todo es que yo, profunda amante de la cultura pop y defensora acérrima de su importancia, quedé sorprendida ante la extrañeza de la clase. Leímos un texto y, cuando vieron que el profesor lo explicaba sin criticarlo, saltaron las alarmas: «Pero, ¿no va en coña?» «o sea, escriben en serio sobre Ricky Martin, Cantinflas y todos estos, es en serio?». Incluso algunos (y aquí mi sangre no pudo más que empezar a hervir): «pero es que claro, si todo el mundo hace cultura, si se democratiza la cultura, entonces también se devalúa». Por suerte, ese elitismo fue rebajado con el comentario de otra compañera: «a estos filósofos habría que decirles que odiar lo popular no te hace más interesante». Yo no estaba segura de sobre qué escribir, pero tenía claro que debía hacer un alegato a mi amor hacia la cultura pop, un texto que rebosara cultura pop, en contraposición con lo que me veía venir que el resto harían. Mis referencias culturales y académicas debían ser Britney Spears, Madonna y las vecinas de Valencia. E intentaría demostrar que sí, algo puede ser académico aun cuando entre sus líneas aparece Madonna y Chicas malas. No sé si lo he conseguido o no, en todo caso, a continuación, el texto que he presentado:

 

 

«No seas ridícula, Andrea. Todo el mundo quiere esto. Todos querrían ser nosotras» (Frankel, 2006) dice Meryl Streep como Miranda Priestly, a la vez que con un gesto elegante y glamuroso se pone las gafas de sol y sonríe a Andrea, incrédula ante esas palabras que acaba de pronunciar. El diablo viste de Prada se estrenó en 2006, solo tres años después de que Laura Weisberger publicara la novela homónima en la que se basa la película. Rápidamente se relacionó a Miranda Priestly con Anna Wintour, editora jefe de la revista Vogue. En el libro, Weisberger (que fue ayudante de Anna Wintour, papel representado en la película con el nombre de Andrea) pretende criticar las formas abusivas y dictatoriales de la famosa editora jefe, y lo mal que trata a cualquier persona que esté por debajo de ella. Es la persona más influyente en el mundo de la moda y utiliza ese privilegio para equipararse con los mismos dioses. A la vez que critica a Anna Wintour disfrazada bajo el nombre de Miranda Priestly, equiparándola con el diablo, aprovecha también para darle al César lo que es del César: «Si Miranda fuera hombre nadie notaría nada malo en ella, excepto lo bien que hace su trabajo» (Frankel, 2006), dice Andrea en un momento de la película. Sobre Miranda se habla de todo: de sus divorcios, de sus hijas, de su vida personal. Pero poco de lo influyente que es en su trabajo. Cuando vi esta película de pequeña, no había leído a Despentes, ni a Butler, ni siquiera sabía lo que era el feminismo, y mucho menos lo dura que podía ser la vida laboral. Porque la vida laboral es un infierno, y los jefes, aunque mucho menos glamurosos que Miranda Priestly, son el diablo. El sistema, el capitalismo lo es. Yo entendí esto mucho antes de saber que lo había entendido.

No podía ser otra más que Madonna la que se convirtiera en la principal cantante de la BSO de la película. La canción «Vogue» salió en 1990 y mucho después Madonna explicó que iba a ser una canción B-side porque no la consideraban suficientemente fuerte. «They can’t see into de future» (Madonna, 2021) dijo en una entrevista con Jimmy Fallon. La serie Pose (2018) centró su segunda temporada alrededor del lanzamiento de «Vogue», puesto que Madonna se basó en la cultura LGBTQ underground; en las personas trans y racializadas que actuaban en los ballrooms haciendo voguing, un baile propio que se convirtió en la esencia de la comunidad LGBTQ. Gracias a Madonna, una mujer blanca cis y aparentemente heterosexual, el fenómeno del ballroom empezó a ver la luz, llevando en sus giras a personas racializadas y queer que bailaban con ella el voguing. Ese espacio seguro que eran los ballrooms, ese hogar que crearon las personas que vivían en los márgenes y que eran echadas de sus casas y rescatadas por sus hermanas y hermanos queer, se convirtió en algo cada vez más generalizado, y empezó a tomar todo el prestigio que merecía. Madonna, gracias a esta canción y a otras muchas como Erotica o Like a Virgin, se convirtió en un icono queer y feminista, ya que gracias a ella se empezó a hablar de liberación sexual y especialmente de liberación sexual femenina. Hablaba sobre masturbación («Happiness lies in your own hand / It took me much too long to understand», 1994, pista 2), sobre sexo y sobre feminismo de forma completamente abierta, y habló y defendió a las víctimas del VIH cuando absolutamente nadie hablaba de ello. La enfermedad se cobró miles de personas, ya que al ser una enfermedad que afectaba sobre todo a personas LGBTQ, nadie se quería hacer cargo de ello.  Más de treinta años después, Chanel queda tercera en Eurovisión con la canción «SloMo», hablando de sexo mientras baila una coreografía increíble en ropa interior. El Benidorm Fest (gracias al cual quedó elegida como representante de España en Eurovisión) tuvo mucha polémica, puesto que criticaron que algo tan comercial fuera a ser la representación de este año (además de las críticas al hecho de hablar sobre sexo: tampoco ha cambiado tanto la sociedad, desgraciadamente). Algo así habría sido imposible años atrás: Madonna abrió la puerta. Ahora ver a una cantante bailando y cantando algo sobre sexo es casi la norma, es lo comercial. En esos ballrooms, por supuesto, nacieron los primeros lip syncs (literalmente: «sincronización de labios»), donde varias personas disputaban la victoria con una canción que debían conocer a la perfección y bailarla sin cantarla, haciendo playback. Cuando RuPaul empezó su revolución mediática y empresarial con RuPaul’s Drag Race, en donde varias drag queens competían por el título de America’s Best Drag Superstar, en cada capítulo debían hacer un lip sync las dos peores de esa semana para decidir quién se iba a casa y quién seguía la competición. Catorce temporadas después, siete All Stars, doce versiones internacionales de la misma franquicia (entre la que se incluye Drag Race España) y veinticuatro Emmys más tarde, el programa se ha convertido en todo un fenómeno internacional. Hasta el punto de que hace unos años pasó a formar parte del catálogo de Netflix. RuPaul es la reina del márquetin y hace todo lo posible por comercializar todo lo relacionado con el drag: su música, la música de sus concursantes, sus programas, sus series, sus DragCons, etc. Mis amigas y yo odiamos a RuPaul: aparte de sus polémicas tránsfobas y racistas, la excesiva comercialización a la que se debe nos chirría desde el primer momento. Pero, de nuevo (y como si estuviese parafraseando a Gretchen de Chicas Malas, en dónde, por cierto, aprendí la frase, aunque sepa que no es de Gretchen originalmente) al César lo que es del César: mi madre y mi abuela vieron a las primeras drag queens de su vida gracias a que ahora Drag Race España se anuncia en los canales de Atresmedia, en cualquier momento del día. Pudieron entender algo de mí, sin moverse del sofá. Las drag queens no pertenecen a un lugar marginal, inhóspito, donde se mueren asesinadas o pobres. Aunque esto no quiere decir que no siga pasando así, la verdad es que ahora hacen giras internacionales como el Battle of the Seasons, el Werq the World; se convierten en cubiertas de revistas como Vanity Fair con RuPaul en portada, o como Vogue con Detox, Valentina o Sasha Velour de protagonistas; desfilan por pasarelas como la New York Fashion Week como hizo Aquaria en 2019; o, para volver con Anna Wintour, acuden al evento más privado y glamuroso que organiza cada año la editora jefe, la Met Gala, que tuvo entre sus invitados de 2019 a Miss Fame y a Violet Chachki. Todas ellas, concursantes (y algunas ganadoras) del programa de RuPaul. Y también todos esos eventos, la esencia del capitalismo, de lo anti marginal, de lo anti precario, del lujo del exceso por el exceso. Tanto El diablo de Prada, como Madonna como RuPaul’s Drag Race comparten, en su origen, en sus inicios, las tres características de lo que Deleuze y Guattari denominan literatura mayor: el coeficiente de desterritorialización, puesto que son capaces de hacerte salir de tu realidad burguesa, cristiana y puritana, cishetero blanca (vamos a decir, respectivamente) y hacerte ver nuevas realidades, nuevos territorios que quizás no eras capaz de conocer; son, las tres también, políticas, la primera criticando una industria excesivamente elitista, burguesa y endiosada cuando solo se basa en el consumismo y el capitalismo, la segunda siendo capaz de convertirse en el icono de la liberación sexual y siendo capaz de hablar de lo que nadie hablaba, como el VIH, el feminismo y el sexo desde su posición de mujer, y la última alabando el drag como el arte que es, que durante tantos años permaneció en la sombra y no solo fue criticado sino que también fue criminalizado; y, por supuesto, aunque las tres se centren en experiencias individuales (la horrible experiencia de Weisberger con Wintour, la vida sexual de la propia Madonna y las experiencias queer individuales de las concursantes de un programa), las tres hablan de algo más, por supuesto: de la burguesía, del consumismo y del capitalismo, de la sexualidad, del exceso del cristianismo, de feminismo, de lo queer, de la cultura LGBTQ, de todo aquello que forma parte de nuestra historia y que debe ser comunicada a las siguientes generaciones para que el horror no se olvide. Todas hablan de experiencias que en su origen fueron negativas, horribles, dolorosas, para hacer una crítica, para darle la vuelta, para no caer en el silencio. Y aunque todas se hayan vuelto literatura, ahora, mayor (para seguir en término de los filósofos), mainstream, comercial, ahora el silencio no puede existir. El diablo viste de Prada es una producción de Hollywood. Madonna es la reina del Pop. RuPaul es (seguramente) una de las personas más ricas, viva imagen del colectivo LGBTQ en Netflix y, por desgracia o por fortuna, del mundo. Pero, sin todas ellas, ¿qué? A veces, los mensajes más poderosos, los mensajes más importantes, necesitan pasar por el filtro del todo, de las masas, de lo comercial. Si solo así pueden llegar a más gente, ¿acaso no merece la pena la comercialización? Si gracias a esto, un niño racializado queer de barrio que sufre bullying y baila voguing con videos de Madonna en Youtube, cuya película favorita es El diablo viste de Prada porque admira que en Vogue escribiera Joan Didion y que publiquen a grandes diseñadores que aparte de ser grandes son también queer, como él, puede sentirse seguro y acompañado… ¿acaso no mereció, absolutamente todo, la pena? O, para terminar con una frase de Nigel de la película:

¿Crees que esto es solo una revista? No es solo una revista. Es un faro luminoso de esperanza para… bueno, no sé, digamos que para un chico de Rhode Island con seis hermanos que fingía ir a jugar al fútbol cuando en realidad iba a clases de costura y leía Runway [la Vogue de la película] bajo las mantas con una linterna. No tienes ni idea de cuántas leyendas han pasado por aquí… (Frankel, 2006).

¿Puede algo ser negativo si es capaz de ser un consuelo? ¿De ser un grito en el silencio...?

 

 

Fin. Debía ceñirme a una cantidad concreta de páginas (y me pasé) así que me quedé con las ganas de remarcar todavía más algunas de las claves del texto. Todas esas obras (que yo considero arte de verdad y, sobre todo, cultura) me ayudaron a entender y aprender cosas mucho antes de llegar a ellas de forma más, digamos, académica. En la película Diez razones para odiarte, la protagonista es una amante de Sylvia Plath. Es una película dosmilera y pop y, en cambio, cuánto se puede aprender de ella. ¿Es realmente necesario complicar un mensaje cuando puede llegar de una forma más sencilla a más gente? No hablo de dejar de lado la complicación, hablo de fusionarlas, de mezclarlas, de unirlas. Todo enriquece, el conocimiento siempre está por encima. Intentando pensar en la forma de encontrar un discurso para mis ideas, Ane me dijo: «es que, si siempre comes fresas y nunca, no sé, una sandía, ¿cómo vas a saber que la fresa es mejor? ¿cómo vas a saber, además, cómo son el resto de frutas?». Debemos conocer lo pop, debemos conocer qué consume la mayoría de la gente para poder valorar más lo underground, lo indie, etc. Pero, no solo por eso, sino porque la forma de acercar cosas menos consumidas a la mayor cantidad de gente, cosas más complejas pero totalmente merecedoras de ser entendidas, es mediante lo que la gente ama. Odiando lo que la mayoría ama solo consigues dejarlos fuera, solo consigues que te aborrezcan, solo consigues alejarlos. Ellos odiarán también lo que tú amas y no habrá ningún tipo de concordia y, sobre todo, ningún aprendizaje. Solo aprendiendo el todo, conociéndolo todo, se puede aprender la verdadera esencia del mundo y acercar a todo el mundo al todo. No me parece interesante alguien que consume solo lo llamado elitista, o culto, o profundo, del mismo modo que tampoco me causa especial interés alguien que consume únicamente lo comercial o mainstream. Ver No es tan fácil varias veces al año es una necesidad vital para mí, es la ración de feel-goodismo que necesita mi cuerpo para soportar el peso del capitalismo, de los retrógrados, del machismo, de la lesbofobia, del racismo. Lo feel-good es todo un alegato: a pesar de todo el horror que me rodea, decido ser feliz durante un ratito. No me vais a quitar esto también. Leer y ver y conocer la maldad y el horror y la corrupción son una necesidad para todo ser humano. Pero de ninguna manera nada de eso puede ser un eje en nuestras vidas. No eres más interesante por conocer a Hong Sang-soo o a Gaspar Noé. Y creerte superior por conocerlos demuestra la clase de interés, la clase de identidad, la clase de huella que quieres dejar en el mundo. No es que debamos dejar algo para el mundo, aportar algo para sentirnos útiles. Pero todo lo que dejaremos aquí será lo que la gente recuerde de nosotros. La forma en la que tratamos a las personas, las cosas que hacemos por ellas. Los recuerdos de los otros serán nuestra identidad cuando ya no estemos. Qué importante es cuidar, cuidarlo. Qué importante es aprender. Y dejarse enseñar.

 

Bibliografía

Frankel, D. (Director) (2006). El diablo viste de Prada [Película]. FOX 2000 Pictures.

Madonna (1994). Bedtime Stories. EEUU: Maverick, Sire, Warner Bros Records.

Madonna (2021). Madonna Confirms She’s Writing a Movie About Her Life. The Tonight Show Starring Jimmy Fallon [Vídeo]. Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=qZkKj3QHQPQ&t=370s

viernes, 27 de mayo de 2022

Lluvia dorada

 

Me desnudé ante una luz. ¿Qué hacer sino? Brillaba y salpicaba, mi piel se derretía a su contacto, fluía, se transformaba, se unía, todo era uno y a la vez nada, el vacío se llenaba y desaparecía, la materia cambiaba de forma, el mundo seguía exactamente igual que siempre. La luz era tan blanca y amarilla que me deslumbraba, me cegaba, no veía mis pasos pero sí mi destino, sí mi camino. No sabía dónde estaba pero sí a dónde iba. Sabía que este era mi destino, desde siempre. En ese instante lo supe: esto era. Mi cuerpo goteaba como esa luz, se partía en unidades, se volvía líquido. Soñaba. Quemaba o mi cuerpo estaba muy caliente, ahora ya no era líquido era fuego y podría quemar esa casa, podría derretir esas paredes, todos me verían y a la vez el mundo terminaría. ¿Seguiría todo exactamente igual que siempre? Yo, sin duda, no. Me tumbé en el suelo y me dejé bañar, el suelo estaba frío y el contraste se notaba todavía más por mi cuerpo ardiendo. Veía las gotas, la lluvia, ese fuego amarillo cayendo sobre mi cuerpo, marcándome, lloviéndome. No podía hacer otra cosa más que abrazarlo, dejar que me transformara, dejar que penetrara mi piel y se fundiera con lo más profundo de mis entrañas, con mis células y mi sangre. Ahora mi sangre también sería dorada, blanca, amarilla y brillante. Sería fuego. Mi boca se abría, no podía cerrarla, y mis pies sentían los calambres que provocaban cada una de esas gotas en contacto con mi piel. Yo también cambiaba de color, y de forma. Parecía que cada vez me fundía más con el suelo, era mármol, blanco, y yo me derretía encima suyo. ¿Qué sería de mí ahora? ¿Cómo podría sentir placer después de haber vivido la lluvia, el fuego, la luz? La luz. Mis ojos seguían cegados pero ahora, incluso con ellos cerrados, veía. Todo cobraba sentido en el fondo de mi alma, la oscuridad desaparecía, yo enterraba raíces, me volvía suelo, tierra, centro del universo. Yo era el sol, la destrucción de los planetas y el inicio. Me volví luz. Ante ella me desnudé. Y nací.

 

Al día siguiente los periódicos no dijeron nada. En las portadas había noticias ajenas, rotas, dolor y muerte. Esta noticia habría encajado a la perfección con las otras, pero la muerte de una persona quemada hasta la muerte por las chispas constantes de una sierra eléctrica no tendría por qué interesar a nadie. Solo a los más macabros, a los más aburridos. En un pequeño y discreto rincón del periódico local, se leía: “Ayer, día tal del tal, a las tal del medio día, una persona sin identificar debido a las deformaciones que ha sufrido su cuerpo, fue vista desnudarse en mitad de la calle al ver que en un portal cercano un trabajador cortaba algo de metal con una motosierra eléctrica. Al parecer, dicha persona se quedó petrificada ante tan cotidiana operación y, sin más explicación, se desnudó y corrió sobre las chispas. El trabajador, con casco y gafas para no sufrir daños, no se dio cuenta hasta pasado un rato, cuando se giró y vio a esa persona tirada en el suelo quemada y desfigurada por las chispas constantes que soltaba esa motosierra eléctrica. En el cuerpo se ha podido observar que el flujo constante de esa lluvia de chispas amarillas penetró en su piel hasta dejar visible en algunas partes sus huesos, que ahora lucían ennegrecidos y agujereados. Los ojos de la víctima se derritieron por completo, y esta yacía en el suelo con las piernas abiertas y la piel pegada a las baldosas. Según informan los administradores del edificio, se ha tenido que contratar un equipo de limpieza especializado para deshacerse de los trozos de piel que se quedaron adheridos a las baldosas del suelo. Las obras que había se han paralizado hasta terminar las labores de limpieza e investigación, y el ayuntamiento evalúa la creación de un plan de seguridad para evitar posibles muertes debidas a estos chispazos, que se han convertido en la estética habitual de cualquier ciudad. Todavía siguen investigando el caso. Si alguien vio algo o puede aportar alguna identificación útil, por favor, póngase en contacto con tal y tal”.

Ese día, el sol se escondió detrás de las nubes y un ruido lejano, atmosférico y grave, cubrió el cielo de oscuridad. El ruido era tan penetrante e inexplicable que en los pensamientos de la poca gente que salió a la calle a ver ese fenómeno bailaba la idea de que, quizás, el fin del mundo estuviese llegando. Pero ese pensamiento fugaz abandonaba rápido cualquier cabeza, para seguir cada uno, como cada día, en sus anodinas vidas.

En el monasterio

  Tenía miedo de llevarme a Annie Ernaux al monasterio por si sentía la necesidad de masturbarme al leerla. Solo la empecé un poquito, allí,...