Tenía miedo de llevarme a Annie Ernaux al monasterio por si sentía la necesidad de masturbarme al leerla. Solo la empecé un poquito, allí, y se me pasó fugazmente la idea; pero por suerte me quedé dormida y no tuve que luchar con mi sentido de la moral. Escribiendo en mi habitación del monasterio con vistas al mar me quedé sin tinta en la pluma. No me podía creer que no me hubiese dado por revisar eso antes de irme. Me he manchado los dedos de tinta ahora, rellenándola de nuevo. Es curioso porque hace justo un momento me manchaba justamente estos tres dedos (el anular, el índice y el pulgar de la mano izquierda) masturbándome con ellos. Ahora los mancho de nuevo, con mi tinta. ¿A caso no es lo mismo?
Allí, en el monasterio, me
quedé sin masturbarme y (¡iba a escribir “por consiguiente”!) sin tinta. No sé
si fue culpa de eso que me costara tanto concentrarme, leer, escribir. Mi mente
se dispersaba con facilidad, o se quedaba adormecida, atontada. Después de
comer me tumbé en la cama a leer y me quedé dormida. Me dio un poco de rabia
porque quería salir antes de que se pusiera el sol a disfrutar del monasterio
iluminado por esos últimos rayos de sol. Salí más tarde de la cuenta, pero aún
así guardaba un encanto especial para mí. Vi dos patitos nadando y caminando
por ahí, y ambos me devolvieron la mirada. Me asusté con las campanas (las
tenía justo detrás de mí) y fotografié lo que según el guía de la mañana eran
jazmines a punto de florecer. Después me senté en un banco e intenté leer a
Bachmann. Pero, de repente, lo que parecía estar en profundo silencio y soledad
desde hacía horas se empezó a llenar de voluntarios que hacían sus tareas por
el lugar. Así que tuve que levantarme y volver (huir) a mi habitación. Pensé
que esa noche me costaría dormir y esa simple idea me preocupaba tanto que ni
si quiera fui capaz de leer hasta que me apeteciera, hasta que me diera el
sueño. En lugar de eso, apagué la luz y recé (perdón) por que no fuera una
noche muy larga. En mi mente, imaginándome esa noche, iba a quedarme despierta
hasta muy entrada la madrugada, escribiendo influida por un flujo infinito de
inspiración, de lucidez, de creatividad. Iba a recuperar la memoria de todas
las personas escribientes que habían habitado ese lugar a lo largo de los
siglos y a escribir con ellos. En cambio: sentí miedo. Miedo al lugar
desconocido, al lugar abierto, al lugar lleno de otras personas, al lugar en
mitad de la nada, el lugar en mitad de la noche. Si deseo mueve, miedo
paraliza: no me deja escribir. Me costó un poco dormirme, pero me dormí. No
puse alarmas, claro, no quería (de hecho: no me atrevía) a romper ese silencio
profundo que me obligaba incluso a escuchar mear a otro de los huéspedes. Mi
mente empezó otra vez a caer en el bucle mientras intentaba trabajar en cosas
que había escrito y pensé que la mañana se me pasaría incluso más lenta que la
noche. Así que me rendí. Dejé los papeles y me senté de nuevo en el sillón que
miraba al balcón. Al mar. Dos pajaritos bailaban alrededor de varios árboles
que podía ver desde allí. El cielo tan blanco volvía casi transparente al mar.
Y así, de la nada: me puse a escribir. Como si lo transparente del mar se me
pegara, me vaciara.
Me gustó esa soledad,
pero me resultó diferente a cualquier otra. Me sentía sola, en esa habitación,
encerrada. Pero tenía gente tan cerca, el silencio era tan absoluto que podía
oírlas. Podía, si salía de mi habitación, encontrarme a algún voluntario del
monasterio, algún huésped, o quizás alguna persona haciendo turismo, visitando
el lugar. Me sentía extrañamente acompañada. Ese silencio era casi perturbador.
Las puertas de madera de las habitaciones crujiendo cada vez que se abrían, las
tuberías, los pasos; todos mis sonidos se sentían amplificados en un entorno
extraño. Saber que había más gente conviviendo conmigo, tan cerca, y aun así no
escuchar nada me resultaba incluso violento, extraño, inquietante. Pensé que
nunca sería capaz de vivir una vida recluida, algo que durante mucho tiempo
estaba convencida que sería paradisíaco. Es curioso: igual mi soledad y mi
tristeza tienen varios lugares, varias lecturas, tienen necesidades propias. Igual
no sería feliz si estuviese recluida para siempre. Igual por eso no fui feliz
cuando estuve recluida durante tanto tiempo (en mí misma, y también en un
espacio intoxicado).
Desde que volví no he
escrito nada, nada más que estas líneas. Me pregunto si se irán con agua las
manchas de tinta de mis dedos. (Puedo mirar a través de ellas. Buscar). Y, aun
así, no quiero desprenderme de ellas. Estoy marcada por mi deseo.

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