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domingo, 22 de febrero de 2026

Una entrada en la que intento hablar sobre Die my Love y acabo hablando sobre otras cosas (o sea, sobre mí)

 

«y, al enterarme de tu muerte, noto / una terrible atracción, sabor a sal» (Anne Sexton)

 

Hacía mucho tiempo que no escuchaba a Lana del Rey como antes. No sé qué significa exactamente esa frase. Como antes. Cuando volví de Navarra el domingo pasado sola en el tren, me pasé las casi cuatro horas escuchándola, exclusivamente. Me hice una playlist intentando encontrar las canciones que tenían las mejores letras. «Solo quiero bailar con quien puedo sentir devoción», así la titulé. Es por culpa de una frase de Mary Oliver que leí por ahí: «Attention is the beginning of devotion». Me impactó mucho: vuelca toda la responsabilidad en mí.

Sí, hacía mucho que no escuchaba a Lana del Rey. La última vez Cherry me hizo ponerme a llorar mientras doblada la ropa. Tampoco recuerdo muy bien por qué. Justo después escuché Fragments, de Blondie. Supongo que ese es el por qué: los pedazos. Algo pasa con el tiempo, con mi tiempo, cuando recorro estas canciones que escuchaba hace años, en un momento emocional radicalmente distinto al actual. Claire Marin en su libro Los comienzos, hablando de El hombre joven de Annie Ernaux, dice: «el tiempo interno no es horizontal, sino vertical: distintas edades cohabitan en nosotros, facilitando o perturbando nuestra relación con el presente. El tiempo se recorre de pronto como el espacio, ha dejado de constreñirme: gracias a la pasión amorosa, me reencuentro con sentimientos juveniles, con actitudes y situaciones olvidadas». En el libro, Ernaux habla de su relación con un hombre treinta años más joven que ella. Para él, muchas de las cosas que hace con ella ocurren por primera vez. Para ella, esas primeras veces de él le hacen recorrer sus primeras veces, como si volvieran a ocurrir, como si volviera a habitarlas.




Ahora vuelvo a escuchar esa canción y me vuelve a hacer llorar. No sé qué tiempo está llorando por mí. Supongo que por eso me atravesó tanto Die my love: eso sigue ahí, en algún lugar. Hoy (esta entrada la empecé el 1 de febrero y no la he retomado hasta veinte días después) he leído este poema de Anne Sexton: «en la mente hay un estrecho callejón llamado muerte / por el que me desplazo / como si fuera agua». No sé nadar muy bien. Nunca he sabido. Ane, que es una nadadora excepcional, siempre me dice que ella me enseña, que no me va a costar nada aprender. Algún verano lo hemos intentado: siempre me muero de vergüenza. No sé si quiero aprender. Supongo que eso debería preocuparme. Para la protagonista de Die my love ese callejón está ahí, siempre está ahí. A veces se oscurece, otras veces se ilumina de manera cegadora (no sé qué caso es preferible). Cuando salimos del cine, Itziar me dijo que le había horrorizado. Yo le dije que me había encantado porque hablaba de la depresión. Al día siguiente me dijo que, si ese era el sentido de la película, que entonces le gustaba un poco más. Me leí el libro al poco de ver la película. El cuchillo. El libro empieza así: «Me recliné sobre la hierba entre los árboles caídos y el sol que calienta la palma de mi mano me dio la impresión de llevar un cuchillo con el que iba a desangrarme de un corte ágil en la yugular». En la película, al principio, Jennifer Lawrence lleva un cuchillo en la mano mientras camina por la hierba. Sí, eso pueden hacer mis manos vacías: desangrarme de un corte ágil en la yugular. Eso puede hacer mi deseo (mis manos, mi sed, la sal): desangrarme de un corte ágil en la yugular. Svetlana Aleksiévich entrevista en su documental Lyubov: Love in Russian a personas rusas preguntándoles sobre el amor. Una de las mujeres explica cómo le escocía la mano, llena de arañazos de gato, al dársela a su amado, a quien le sudaba. Aun así, se la daba. «Así es como podríamos describir el amor soviético». La artista Sophie Calle preguntó a judíos de Nueva York qué lugar les había cambiado la vida. En el libro que se editó recopilando todas las experiencias había en una página las fotografías de los lugares y, en la de al lado, las experiencias de esas personas explicando por qué ese lugar les había cambiado la vida. Una de las mujeres recogió la fotografía de una piedra de un muro. Esa piedra le había cambiado la vida porque un día, caminando con su marido, se paró justo delante de esa piedra, apoyó su mano en ella y le contó que se había enamorado de otra y que quería dejarla. La mano y el cuchillo.

 

La mujer rusa de los arañazos de gato en las manos, aquí un trozo del
documental de Svetlana Aleksiévich donde explica su amor ruso

Hemos ido al mar (ha pasado otro día, sigo postergando terminar esta entrada, se está quedando clavada en mí, como si fuera imposible quitármela de encima). No olía a sal y varios niños nos echaron tierra encima. Eso me decepcionó. Pero leí varias cosas interesantes, como esta: «el deseo de traducir arrasa en los momentos más impensados o imposibles, incómodos. Como el deseo sexual. Después, cuando hay que traducir, cuando es la hora de hacerlo, y el lugar, a veces se adormece». La cita es de Laura Wittner, que es increíble. No he traducido en mi vida (aunque ahora, por su culpa, me apetece mucho probar a hacerlo) pero se me parece mucho lo que dice a la inspiración: cuando tengo que escribir soy completamente incapaz y luego, de repente, un día cualquiera, en el trabajo, con gente, en la ducha, me atraviesa de repente esa ansia, esa obsesión, esa frase que necesito escribir con urgencia. Me he sentado ahora a acabar esta entrada porque quiero hacerlo, aunque quizás ayer deseaba más hacerlo, ayer, cuando tuve que parar para hacer la cena, limpiar los platos, recoger la cocina, esas cosas que me quitan más tiempo del que querría. Más tarde escribiría en mi diario: «escribir solo sobre el poco tiempo para escribir que tengo. Escribir sobre las ganas que tengo de tener tiempo para escribir». En cualquier caso, lo que me obsesiona de esta frase es que el deseo es el mismo. El deseo. La sal. Intenté acercarme al mar, a las rocas, una parte de mí deseaba que las olas me salpicaran, llevármelas a casa, escribir con ellas. Escribir con la sal en mi piel. Pero qué más da que no me salpicaran: ya la tengo en la piel. Todo el tiempo. Todo es agua, ¿qué tendrá ahora el callejón? ¿agua en la que nadar o agua para ahogarme? Pero Jennifer Lawrence no desaparece en el mar, sino en el bosque. ¿Será ese su mar?


Justo cuando entró ayer Ane por la puerta, al volver del trabajo, empezó a sonar esa canción de Bowie que suena en Die my Love«Will you stay in our lovers' story?», pregunté: «Will you?». Asintió de lejos, desde el otro lado de la casa, a tan solo unos metros. Y aun así apenas la veía nítidamente por culpa de la miopía. Se siente un poco como escribir, tener miopía: atravesar algo borroso, algo que solo percibes levemente, imaginar el resto, entrecerrar los ojos (como apretar la mano contra el papel) buscando mejor la imagen (o la palabra), para nada, para ver la misma imagen turbia, confusa. Imaginar el resto. Escribir el resto. A mí también me sudan las manos a veces. Es la sal queriendo escapar de mí. Poniéndoseme por delante.

domingo, 24 de agosto de 2025

Soledad y el mar

 


Hacía ya un tiempo que no conseguía ordenar mi cabeza. El calor me seca el cerebro. No soy capaz de pensar, o no con propiedad. Pienso demasiado, pero cosas inútiles, agotadoras, desérticas. El último libro que me acabé (según tengo anotado al lado del ex libris) fue en julio: la Vida Nueva de Dante. Al lado de la fecha, un paréntesis: “lo he AMADO”. La verdad es que me encantó. Me lo compré en el primer cuatrimestre del máster y lo guardé en la estantería, y ahí seguía, intocable, todo este tiempo después. Supongo que me imponía de alguna manera, aunque no hacía más que cogerlo, mirarlo, hojearlo, como si me llamara de alguna manera. Finalmente me decidí a leerlo pensando que me había condenado: tardaría muchísimo en terminarlo, seguro, no conseguiría leer apenas, apenas podría concentrarme, entenderlo, prestarle la atención que necesitaba. Pero me equivocaba. Me fascinó desde el principio y, aunque la verdad es que no estaba leyendo tanto como querría, aprovechaba cualquier oportunidad para hacerlo. Y luego pasó lo de siempre: la maldición de haberme terminado un libro demasiado bueno. ¿Quién tendrá el valor de venir después? Qué difícil es decidir la siguiente lectura, una suficientemente buena para seguir su paso, pero en la que mi mente (que todavía sigue en el anterior) pueda penetrar con facilidad. Empecé algunos, los dejé todos. Ya estaba empezando a ver los brazos de la inapetencia envolviéndome despacio cuando lo vi, en una de las pilas inmensas de casa, casi pasando desapercibido: Buenos días, tristeza, de Françoise Sagan. No sé cómo llegó este libro a casa. Ni si quiera estoy segura de si lo compré yo o Ane, y tengo la sensación, además, de que fuera quien fuera lo compró en una librería de segunda mano. Pero la verdad es que no lo recuerdo. Ane volvía a irse una semana a Azagra y acababan de meter en Filmin una nueva adaptación del libro, con Chloë Sevigny. Pensé que esa idea de leerme el libro y luego ver esa peli haría olvidarme de que estaba sola en casa. No me lo creía del todo, pero me prometí a mí misma intentarlo. Terminé el libro ayer por la mañana y por la noche vi la película. Todavía estoy con la fiebre Sagan. Todavía no he podido quitarme de la cabeza una frase que dice el personaje de Chloë Sevigny, Anne: «Es raro, ¿no? Amar a alguien. De alguna manera te aísla totalmente del mundo. Raymond, yo me aferro a mi soledad, y al mismo tiempo amo muchísimo. Se me da bien hacer las dos cosas a la vez». ¿Lo habré conseguido? En este momento, frente a mi ordenador, sigo sola en casa. Ane vuelve mañana. De todo el verano, en el cual Ane se ha ido de viaje un par de veces más, esta es sin duda la vez que mejor he estado. Me gusta aislarme. Me gusta alejarme. Estar sola. Pero me he acostumbrado tanto a la presencia de Ane en casa que me siento diferente cuando se va. Como si me hubiese dejado algo en el trabajo: sé que está ahí, que podré ir a buscarlo al día siguiente, pero la sensación de haberlo perdido me agita de todas maneras.

¿Por qué me ha hechizado tanto este libro? Es un libro juvenil, la primera novela de Sagan y, aun así, brillante. La relación de Raymond, el padre, con Cécile, la hija, no tiene nada que ver con mi relación con mis padres. Nunca he vivido una infancia parecida y, aun así, entro de lleno en su mundo. Me parece fascinante como retrata Sagan a los personajes. La elegancia, la sofisticación, el ingenio de Anne, en comparación con Elsa, que no es menos guapa ni menos inteligente, pero aun así tan claramente diferente a Anne. Esas pequeñas sutilezas que las separan completamente. Parece decirnos: ¿qué vida es mejor? ¿La libre, alocada, torpe, o la ordenada, fría, tranquila? Igual ninguna de las dos, o las dos al mismo tiempo. No lo sabemos. Ni si quiera ellos lo saben, por eso Cécile decide con cabezonería que tiene que hacer algo para cambiar su nuevo modelo de vida, que parece aborrecer, para luego arrepentirse. Me parece muy interesante ver los recursos que utiliza la directora para transmitir eso que transmite Sagan con la escritura. No dejo de pensar en la escena de la manzana: Anne coge una manzana, se levanta de la silla a por un cuchillo y desaparece de la escena, aparece Elsa, se sienta en el mismo lugar de Anne (¡!) coge una manzana, empieza a comérsela a bocados, aparece Anne de nuevo y también Cécile, que coge a su vez otra manzana. Y ese plano perfecto de las tres: Cécile y Elsa comiéndosela a bocados, mientras que Anne está partiéndola con un cuchillo.

 


Sigo en el mar. En esa imagen azul infinita. ¿Qué es la tristeza? ¿Cuánto ocupa? ¿Cuándo llega por primera vez? Recuerdo cuando me vino la regla por primera vez, dónde estaba, con quién, qué pensé. No recuerdo la primera vez que me sentí triste. No recuerdo por qué. Ni si estaba con alguien. Hoy, frente a mi ordenador, sola todavía, me enorgullezco de mi propio aislamiento, de mi tristeza. La conozco. Me he dado cuenta de que cuando más escribo es cuando estoy sola. Totalmente sola. Cuando no tengo interlocutor lo busco aquí. Quizás pueda reconciliarme también con mi soledad.

miércoles, 8 de junio de 2022

Una mancha oscura

 

«Si le hubiera cortado las alas / habría sido mío, / no se me habría escapado». No tenemos dinero en nuestras cuentas bancarias (este mes ha sido jodido) así que no hemos podido comprar las entradas por internet. Nos presentamos allí bastante rato antes de la hora en la que la película empieza, no sé, media hora antes, pongamos. No hay nadie en la taquilla, y solo estamos nosotras y dos señoras mayores esperando. Mira, mira esas chicas, también estáis esperando, ¿verdad? Sonreímos, sí. Se ponen a hablar y nos ponemos a hablar. Nadie hace asunto de ninguna, cada una nos metemos en nuestros propios mundos, en nuestras conversaciones, en lo que sea que estuviéramos diciendo en ese momento, o estuviéramos escuchando. Llega la señora de la taquilla. Dos para Cinco lobitos, por favor. Pagamos. Y cuando vamos a entrar al cine, escuchamos: dos para Cinco lobitos, por favor. Sonrío para mí, vienen con nosotras. Nos sentamos dentro, en unas sillas que hay en la entrada, a hacer tiempo hasta que abran la sala. Entran las señoras, ya con sus entradas, y se sientan justo en las sillas que hay respaldo con respaldo con las nuestras. Nosotras seguimos a lo nuestro, hablamos de alguna cosa, miramos algo el móvil, nos enseñamos algo. Guardamos, quizás, un momento de silencio. Y entonces escucho: «es que mi hermana fue la causante de la ruptura de mi matrimonio». Mi oído de escritora o de maruja (nunca sabré exactamente cuál es el que se conecta a cualquier conversación ajena, dispuesta a deshilar cualquier historia). «Si le hubiera cortado las alas / habría sido mío, / no se me habría escapado». La amiga le pregunta. ¿Serán viejas amigas? ¿hacía mucho que no se ponían al día? Deben tener la suficiente relación como para tener la confianza de ponerse a hablar de sus intimidades, ¿o no? La amiga pregunta y escucha, mientras la otra señora explica con todo detalle los asuntos recientes (y no tan recientes) de su vida. Su marido, exmarido, se lio con su hermana. El matrimonio tenía una hija, y luego él se separó de ella y tuvo otra hija con la hermana. «Imagínate, yo no quería volver a esa casa, estaban en la misma cama en la que yo dormía». Las hermanas perdieron la relación, y todo lo que le quedaba era su hija. Habían vendido alguna propiedad hacía poco, como si se hubiesen acabado de repartir las cosas por el divorcio (¿eso significa que la historia es reciente? Aunque el marido debía ser bastante mayor como para tener otro hijo; ¿o bien significaba que había tenido el marido una doble vida con su hermana y hasta hace poco no se había enterado?). «Pero así, / habría dejado de ser pájaro. / Pero así, / habría dejado de ser pájaro». Aparentemente luego lo dejó también con su hermana, y se fue con una chica más joven. La mujer le confesaba que se había quedado con algo, con algún dinero que no le había dicho a su exmarido. «Haces bien, algo te tienes que quedar tú», le decía la amiga, mientras la señora le explicaba que le preocupaba su hija, y que solo le quería dejar algo de buena vida, algo de herencia, pero también quería vivir ella. «Y yo... / yo lo que amaba era el pájaro». Las hijas, o primas, o dios mío no sé cómo llamarlas, parecían llevarse bien. La mujer se lo explica a su amiga, con un tono triste, mientras la amiga la mira con ojos consoladores. Le pone la mano sobre el hombro y no usa palabras, pero yo sé que le dice vive tu vida, sé egoísta, no pienses en nadie… Sé que le dice lo siento, lo siento, lo siento tanto… «Y yo... / yo lo que amaba era el pájaro» …

Entramos a la sala, todavía está iluminada, la gente va tomando asiento. Entramos antes que las señoras, pero por azares del destino sus asientos están en la misma fila que los nuestros, al lado. Siguen hablando, pero sus voces apenas me llegan, solo distorsionadas, historias fragmentadas, amores fracturados, ternuras que se han vuelto líquido y se han derramado por doquier, dejando manchas densas, de colores oscuros, manchas que no se van, ni se irán, penetrantes como el dolor… ¿dónde están las manchas? ¿en la alfombra, en el suelo, en mi vestido, se han grabado en mi corazón? Esas mujeres… Empieza la película y tengo el corazón temblando, no entiendo el amor, no entiendo el cariño… hablo de él y no sé nada, solo sé el dolor, lo conozco… y qué cruel puede ser el azar, el destino, los hombres y sus relaciones… Empieza la película, digo. Y es una película de terror: nace un niño, lloros, pérdida de sueño, el padre se tiene que ir (qué casualidad, qué raro) por trabajo… la madre está sola, día y noche, cada segundo de cada minuto, con ese bebé que depende en su totalidad de ella, y que ella no sabe cuidar, no sabe quién es, su vida ha cambiado de golpe y ya no hay vuelta atrás… su cuerpo… Berta Dávila escribe en Los seres queridos «así es como yo pensaba en el hijo, como alguien que me cubriría de una felicidad que ocupase todos los espacios de desconsuelo y tedio» (Dávila, 2022, pág. 29). Pero la realidad, luego, es otra: «mi hijo no fue el único en salir de mi cuerpo sino, sobre todo, yo misma, que ya no era yo, porque era la madre. (…) Mi cuerpo era un territorio que no me pertenecía» (Dávila, 2022, pág. 50-51). La madre de Cinco lobitos hace todo lo posible por sacar adelante esa nueva vida que se le ha venido encima, que se ha apoderado de su cuerpo, de sus sentimientos, de su casa y de todo lo que antes conocía. Todo ha cambiado. Pero por más que lo intente, una sola persona no puede afrontar tantísimas cosas. No soy capaz de imaginar el dolor, el sufrimiento que provoca una situación así, aun habiendo conocido el dolor y el sufrimiento. Berta Dávila acaba este libro, que no queda claro si es novela o relato autobiográfico o autoficción [1] con un capítulo final en el que dice: «la depresión postparto es la primera causa de muerte de las madres durante el periodo perinatal en la mayor parte de los países occidentales, por encima de los trastornos hipertensivos y hemorrágicos. He escrito este libro porque estoy viva» (Dávila, 2022, pág. 140). La protagonista de Cinco lobitos decide irse a casa de sus padres: es la única forma de sobrevivir. Aunque eso suponga estar con sus padres, algo que ya se nos anticipa como algo negativo, complicado. La madre es exigente, pone pegas a todo, no dice las cosas buenas ni anima, pero se asegura de no dejarse nada negativo o cruel por decir. Y también ayuda, cuida del bebé lo mejor que sabe, cocina para todos y limpia. Y cuida, sobre todo cuida. El padre es amable, cariñoso, es incluso atento. Pero es un padre, es un hombre. Perdonadme, pero todas sabemos lo que eso significa. Nunca hace la comida (ni siquiera sabe cocinar el pescado que siempre cocina su mujer), pero se queja cuando algo está soso o lo ha comido varias veces esa semana. Le da pereza tirar la basura, o pasear al bebé, o, en definitiva, cuidar. Es atento, pero no sabe cuidar. Y tampoco es su culpa: la sociedad no le ha educado para que cuide, no le ha enseñado a cuidar. Y la madre sabe cuidar a la perfección, pero no sabe dar amor. ¿No sabe, o no le han sabido demostrar nunca el amor para que ella pueda sacarlo también? «Txoria txori» es una canción que le canta en euskera el padre de la protagonista a la madre durante una cena de amigos. «Si le hubiera cortado las alas / habría sido mío, / no se me habría escapado. / Si le hubiera cortado las alas / habría sido mío, / no se me habría escapado. / Pero así, / habría dejado de ser pájaro. / Pero así, / habría dejado de ser pájaro. / Y yo... / yo lo que amaba era el pájaro. / Y yo... / yo lo que amaba era el pájaro». Es, probablemente, el único momento de la película en el que sentimos que quizás sí, quizás sí hay amor entre ellos, quizás si se quieren… aunque discutan, aunque se enfaden, aunque se peleen constantemente. Y si… ¿y si de verdad se quieren? ¿Se pueden querer… así? ¿El amor puede ser amor si es conflictivo, doloroso? Ella voló, enamorándose de otro, porque él no le daba amor, no le daba cariño, no estaba con ella… se sentía sola. Es una infidelidad, ¿pero podemos juzgar a una mujer que se sentía profundamente infeliz? ¿Podemos juzgar a la señora que le explicaba a su amiga que se había quedado algo de dinero que su exmarido no sabía para vivir para, por fin, vivir? Esas mujeres que viven una cotidianidad terrible, infeliz, sin cariño, rutinaria (pero en el mal sentido) necesitan saber que hay algo más para ellas, que pueden salir, que pueden volar, que pueden, quizás, ser felices. Debajo del dolor puede haber una salvación, algo que dé sentido, aunque sea durante un instante. Pero el dolor constante es un vacío inerte, desértico, es un consumo de tiempo, un consumo de vida, y una muerte. «Pero así, / habría dejado de ser pájaro. / Y yo... / yo lo que amaba era el pájaro». Si no la hubiese dejado volar, intentar ser feliz, habría dejado de ser pájaro, habría dejado de ser ella misma. Cuando salimos de la sala le comenté esta escena a Ane diciéndole que la madre se enamoró y voló fuera de su matrimonio, luchó por su vida, por su bienestar, por su ternura arrebatada. Ella no sabe dar amor, no a su marido, no a alguien que no la ha sabido querer. Y ahora, aunque vea que la quiere, aunque vea que de vez en cuando se esfuerza por ella, por su amor, por su cariño, por el que le debe… a ella le da miedo. Ane me dijo: yo creo que su matrimonio fue tan mal que ahora ella ve que él está enamorado y no quiere, porque lo pasó tan mal que no quiere ya. Cómo afrontar una relación que se rompió, pero que sigue en tu vida. El dolor deja herida, nunca se difumina. La mancha en la alfombra… o en el vestido, o en las entrañas. Es como un agujero, y si cicatriza deja mancha… una mancha blanquecina… está tiesa y aunque tires de ella algo se mantiene inmóvil… como si habitara ahí el daño y la cicatriz lo encerrara, lo tapara, lo cubriera para que no volviera a salir… ¿y si sale? Él se moriría de pena sin ella, y ella no puede dejarlo, aunque lo haya pensado mil veces… ¿Es eso el amor? ¿Qué es el amor? No lo sé, no creo que nunca llegue a saberlo, por más que lea, por más que sienta, por más que vea y escuche. Por más que mi piel… En mi piel está grabada la herida, pero también el deseo… ¿puede nacer amor del dolor? ¿puede haber amor desde la herida? Estoy segura de que el amor no puede hacer daño, al menos eso es lo que pienso, lo que quiero pensar. Un amor de verdad no quiere doler, hace todo lo posible por evitarlo. Solo quiere ser cuidado y ternura y cariño. Quiere ser un escudo, quiere ser una cicatriz que se cierra envolviendo todo daño para que no vuelva a salir.

Cuando salimos del cine, las dos señoras se levantan con nosotras. Una ayuda a la otra a levantarse, cogen sus cosas y se preguntan ¿te ha gustado? Qué bonita. Y se van juntas, hablando, a través de la noche. Eso sí, pienso… eso sí es cariño.

 

Bibliografía

Dávila, B. (2022). Los seres queridos. Barcelona: Destino.



[1] Sin entrar en lo complicado de diferenciar esos términos, creo que este libro supone un limbo a la hora de intentar encajonarlo en alguna de esas etiquetes (al menos, en un principio) puesto que empieza con un prólogo (que, por lo general, asumimos que está fuera de la narración, fuera de la historia de la obra y, en principio, aportando algo del escritor o escritora en primera persona, como el proceso de escritura o el contexto alrededor de ella) en el que se hace mención a la escritura y a una amiga suya con la que queda para despedirse y con la que se reencontrará meses después porque se casa. Después, empieza la «novela», y como lector asumes que es una historia de ficción, ajena al prólogo. Y aquí viene el salto, el guiño, la herida ficcional: vuelve a mencionar, dentro de la «novela» a esa amiga suya; y es más: va a su boda. ¿Es una novela basada en esa persona real? ¿Es una autobiografía de su vida, unas memorias, algo sincero sobre su propia vivencia y vida? ¿O es un poco de las dos? Dávila escribe: «nunca he experimentado el amor maternal» (2022, pág. 101). Quizás es tan difícil para las mujeres, para las madres, decir algo así, en una sociedad que sigue pensando que un bebé solo puede ser una bendición y algo extremadamente bueno y feliz, que es necesario construir una ficción (aunque sea aparente, aunque no sea de verdad, aunque sea una mentira que le hace creer al lector, pero que no se esfuerza mucho en mantener) para poder decirla.

miércoles, 18 de mayo de 2022

La soledad sonora... en almíbar (y muchas rosas)


Préssecs. Melocotones. Cuando era pequeña, de vez en cuando mi madre me venía a buscar al colegio con merienda que le daba mi madrina. Siempre era lo mismo: un zumito de melocotón y un bollito (esponjoso, suave, blandito, redondo y pequeño) al que le habían puesto nocilla por dentro. Si cierro los ojos y pongo empeño, todavía puedo recordar esos sabores, juntos, como si los estuviese saboreando en este instante… Creo que más de una vez me decepcioné cuando me di cuenta de que hoy no traía mi madre la merienda de mi madrina… Hace unos meses, cuando nos mudamos, no sé bien por qué, me compré zumo de melocotón. Creo que desde que era pequeña no lo había vuelto a tomar, tampoco sé por qué… Lo probé, y mis sentidos de repente volvieron a mi niñez, volvieron a esos recuerdos, es más: los recordaba a la perfección. Se hizo todo vívido, el melocotón… Recuerdo que durante varios fines de semanas desayunábamos, tumbadas en la cama, zumo de melocotón mientras veíamos Shin Chan en Youtube. Era como si estuviese haciendo un homenaje a mi yo de pequeña, como si le rindiera tributo, como si, a través de los años y las experiencias, volviera a ella y le dijera, tranquila, he visto lo que viene, sé cómo es el tiempo, su forma y sus ausencias: todo irá bien. Luego, muchos años más tarde de ese primer recuerdo melocotonero de mi niñez, alguna de tantas veces que fui a Azagra tenían en la fuente de la fruta (que siempre estaba repleta de fruta y muchas de ellas las probaba, incluso veía, por primera vez) melocotones. En el pueblo, unos dan a otros, de un huerto y de otro, todo es fresco y recién cogido de la tierra, ¿qué mejor? Cogía una pieza entre mis manos y la acariciaba, ese color anaranjado, su tacto tan curioso, con el vello blanquecino y fino. Veía a Ane o a mi suegra pelándolas y disfrutándolas y una vez dije: a mí me gusta más el melocotón en almíbar. Sus caras fueron un cuadro. Fue una mezcla entre reírse de mí y apiadarse de esa pobre criatura ignorante de la vida. Toma, prueba, y me dices si sigues prefiriendo el melocotón en almíbar. Alcarràs habla de una familia que recoge melocotones, durante toda la película, día tras día, mientras esas tierras sigan siendo suyas. Todos ayudan, todos echan una mano: la tierra es su vida. La naturaleza lo envuelve todo, los niños juegan entre los matorrales, entre los melocotoneros, en las cuevas abandonadas, con coches antiguos estropeados, con tractores. Otros lloran, otros se enamoran. Pero una cosa que me llamó la atención especialmente es que en ningún momento suena ninguna banda sonora. Suenan canciones (la verbena, el baile que se prepara Mariona, fiestas con amigos, incluso podríamos meter en este saco las pequeñas cancioncitas que se cantan entre ellos, casi en un susurro, con respiraciones entre cortadas y sin pensar en el ritmo), pero nunca una melodía de fondo que acompañe el paisaje. Es que no hace falta. La película está en completo silencio, o mejor: no lo hay en absoluto. Los pájaros, el sonido de alguna fuente o río lejano, el viento, ese viento siempre, suspirando a veces ligeramente, otras no tanto, removiendo las hojas, acariciando las plantas, también una rana cerca de una charca, o un grillo de noche, o la vaca Margarita. La naturaleza canta, tiene su voz. Tiene su propio lenguaje y su propia melodía. En el poema primero de La soledad sonora de Juan Ramón Jiménez, la naturaleza acompaña una soledad:


Soledad coronada de rosas, ¡quién pudiera

aprisionar tu cuerpo de sol y de armonía;

estar dentro de ti toda esta primavera

de sangre, de hojas secas y de melancolía!

 

¡Que latiera, en un sueño, tu corazón sonoro

sobre mi corazón sediento de ideales;

que mi palabra fuese la palabra de oro

de tus inagotables y puros manantiales!

 

¡Ay! ¡Quién, iluminando la sombra alucinada

que corona de espinas mi pálida tristeza,

pudiera ser tu amor, oh, diosa coronada

de rosas, soledad, madre de la belleza!

(Ramón Jiménez, 2007, pág. 33)


La casa de la familia de Alcarràs


El título del poemario es muy significativo para la literatura hispánica, pues hace referencia a un verso del Cántico espiritual de San Juan de la Cruz [1]. Lola Josa explica este verso del místico de esta forma: «“la soledad sonora” es “casi lo mismo que ‘la música callada’”, de ahí que el místico remita a Jokmah, la Sabiduría, protegida por jomah, o sea, un “muro” de silencio, tras el cual se esconde uno de los misterios más elevados: el de la fuente del amor» (Josa, 2020, pág. 187). Juan Ramón Jiménez hace referencia a un silencio exterior que provoca una gran sonoridad interior: solo al estar en soledad podemos entrar en consonancia con todo, con el universo, con las verdades ocultas, con nuestros pensamientos, con nuestra intimidad. La verdad, la sabiduría viene protegida por el muro del silencio. Detrás de él: el todo. La naturaleza es ese lugar primordial, ese lugar de secretos, de orígenes; en él habita todo, en él habitan las historias, los deseos y los dolores. Esas rosas que coronan una soledad dan compañía, pero también consuelo. Incluso… deseo. Juan Ramón Jiménez relaciona la naturaleza con el erotismo, con el enamoramiento porque: «se trata de la creencia en un tipo de belleza superior que lleva en sí misma la comunión mística con el universo a través de la naturaleza (y por tanto de la mujer, a la que se considera “naturaleza”)» (Margarit, 2007, pág. 15). El campo, las flores, la tierra y la naturaleza son, entonces, más que un consuelo, más que un confidente. Son, quizás, otro amante.


Todas las rosas blancas que ruedan a tus pies

quisiera que mi alma las hubiese brotado,

quisiera ser un sueño, quisiera ser un lirio,

para mirar de frente tus grandes ojos claros.

 

Que mi vida tuviese una luz infinita,

joya de los senderos que adornara tu paso,

quisiera ser orilla de flores de ribera

por irte acompañando, por irte embelesando…

 

Quisiera ser la tierra donde tú descansaras,

el agua que apagase el ¡sitio! De tus labios,

el paisaje sin nombre que copiaran tus ojos,

la paloma inmortal que alcanzaran tus manos…

(Ramón Jiménez, 2009, pág. 39)

 

La voz poética se convierte en la naturaleza, desea ser flor, lirio (¡lirio!), tierra, paisaje y agua. Porque así, solo así, podrá acompañar a su amada. Quiere ser paisaje… pues el paisaje, el campo, el jardín no necesitan voz, no necesitan música, no necesitan canto para quedarse pegados a las personas, para que se nos enganchen, para que deseemos volver. No necesitamos memorizarlos: recordamos. Es parte de nosotros, se nos inscribe el paisaje en nosotros. La naturaleza da un tipo de paz primigenia, originaria, imposible de copiar, imposible de encontrar en ningún otro lado. «¡Y tú, mar! También a ti me entrego… adivino lo / que quieres decirme, / veo desde la playa tus encorvados dedos que me invitan, / creo que rehúsas retirarte sin haberme tocado» (Whitman, 2019, pág. 121). El silencio del mar… ¿qué nos dicen sus olas? ¿dice cosas diferentes a cada persona? ¿es diferente el horizonte según quién lo mira, el infinito? Los amantes se funden en la naturaleza, son parte de ella; la ternura, el cariño, el amor, la naturaleza… son lo mismo: «se besan como caen los frutos de los árboles / (…) el tiempo ya hace tiempo que se ha ido / y sus nombres se esparcen por las flores» (Calderón, 2020, pág. 13). ¿Cómo son las relaciones que se crean en la naturaleza, bajo ella? («El amor, ¿a qué huele?» [2]) ¿Se enamorarán de la misma forma, el cariño tendrá más hondas raíces, el deseo hablará de infinitos mares, la tierra se hundirá bajo los pies de la misma forma? «Qué me importa / que pisoteen el arroyo, / la arena de la orilla / todavía conserva la huella de tu pie» (Doolittle, 2001, pág. 40) … ¿Serán, quizás, tan efímeras como una huella en la arena de la orilla…? Las relaciones entre la familia que protagoniza Alcarràs son complejas, especiales y a la vez tan comunes: un padre que desea permanecer en su oficio (porque cree en la tierra como en su propia sangre) y en su deseo comete el error de llevarse a su familia por delante. Todos desean lo mismo, casi todos… Y en cambio, ¿dónde está el cariño? Sus hijos le observan con cuidado: no saben si debe ser su modelo a seguir o a odiar. Le miran y escuchan atentamente todo lo que sucede. Algo va mal… lo saben y no hace falta que nadie se lo diga. El hijo mayor quiere ser pagès, como su padre, siente las raíces en sus entrañas, justo como su padre. Pero su padre, aunque defiende a muerte sus tierras, cae él mismo en infravalorarlas. Tienes que estudiar, eso es más importante. Busca su aprobación (¿qué otra cosa buscan los hijos de los padres?), busca, en definitiva, su cariño (¿qué otra cosa buscan…?). Se esfuerza al máximo, pero su padre no es capaz de ver en el brillo de los ojos de su hijo sus deseos y certezas. ¿Y su hija? Ve cómo su padre va destrozando la familia desde dentro, cómo no sabe comunicarse, no sabe relacionarse, no sabe cómo sobrellevar su rabia, su tristeza. Qué difíciles son las relaciones humanas pero, sobre todo, cuánto las complicamos… Su hija ve en su padre un obstáculo en el camino hacia la unión familiar. Ella, como cualquiera, como yo también, solo quiere disfrutar de los suyos, de su familia, querer y sentirse querida. Todo aquello que le parezca interponerse será un error, una equivocación, una crueldad. Pero lo mejor de Alcarràs es que no da ninguna solución. ¿Quién tiene soluciones a las relaciones interpersonales? La vida sigue, el viento sopla, el río sigue sonando… La naturaleza observa, y calla. ¿El silencio? O tal vez no…


La familia de Alcarràs


Pero las rosas, los lirios… ¿os he hablado de ellas? La tierra de la familia de Alcarràs no es solo su sustento económico, no es solo su trabajo, no es solo su oficio. No les quitan la casa, donde viven, sino las tierras. Pero las tierras… las tierras son su vida, sus raíces, su paz, su belleza, son su juego, donde nacen y crecen los niños, donde se educan, donde ríen y también verán lágrimas esas hojas pero el otoño las hará caer para que lo olviden, y bajo esos melocotoneros, y bajo los hierbajos también, el huerto verá una familia relacionándose, la verá uniéndose y queriéndose. Verá el cariño, el camino. ¿Dónde habitar ahora el cariño? ¿Dónde guardarlo? ¿Entre cuatro paredes? Juegan y se pelean un poco y corren hacia una piscina en la cual el padre intenta tirar a cada miembro de la familia. ¿Dónde vivir? Ayer volví a ver Rosas rojas y no me lo podía creer: están en todas partes. Todo lo que he citado hasta ahora no es otra cosa sino un prado, un campo de rosas, unos pétalos en la tierra. Las rosas de Juan Ramón Jiménez, un deseo que habita solo en la naturaleza, o que quizás se deshabita gracias a la naturaleza para dar lugar a un deseo mejor, más reconfortante, más real, más… placentero. Hilda Doolittle abre su poemario Jardín junto al mar con un poema titulado «Rosa marina» (y mi sorpresa es enorme cuando me doy cuenta de que también tiene otro titulado «Lirio del mar» [3]). Busco poemas para hablar de jardines y de ríos y de flores y de rosas, enferma todavía de la prosa de Solnit: ahora veo rosas por todos lados. En Rosas rojas Lena Headey hace de una florista que se enamora a primera vista de la novia de una de las bodas en las que trabaja. La flor favorita de la novia es, nada más y nada menos, que el lirio. El personaje de Headey dice en un momento: «no me olvides», y la otra le responde «es lo único que recordaré». Y tan solo unas horas antes había terminado el cómic Snapdragon, donde una mujer se enamora de joven de otra cuya familia tiene la tradición de nombrar a sus hijas con la flor preferida de la madre. Resulta que ella es alérgica a las flores, pero esto la primera no lo sabe cuando va a verla con un ramo de violetas en la mano. La otra se ríe y se queda todo en una anécdota, especialmente cuando pasan los años y la pareja acaba separándose, puesto que la de la familia que nombra sus hijas con flores quiere formar una, y la otra no. Cuando la primera recuerda esta historia, la recuerda con tristeza, con el convencimiento de que ya la habrá olvidado. Pero (y aquí viene mi piel erizándose) más tarde descubre que finalmente sí tuvo una hija, a la cual llamó Violet… «Es lo único que recordaré». Y si no dejo de pensar en las rosas y en las flores y en el jardín no es por otra cosa sino por la historia de política y reivindicación que hay detrás de las rosas, según explica Solnit en su libro Las rosas de Orwell. Helen Todd, defensora del sufragio femenino, escribió: «[los votos de las mujeres] están destinados a contribuir a que se avance hacia la época en que el pan de la vida, que es un hogar, cobijo y seguridad, y las rosas de la vida, la música, la educación, la naturaleza y los libros sean el patrimonio de todos los niños nacidos en el país, en cuyo gobierno [la mujer] tenga voz» (Solnit, 2022, pág. 102) y más tarde, Solnit explica:

 

el pan alimentaba el cuerpo, y las rosas alimentaban algo más sutil: no solo los corazones, sino también la imaginación, la psique, los sentidos y la identidad. [Pan para todos, y rosas también] era un lema bonito, pero también una declaración vehemente de que se necesitaba y se reclamaba como derecho algo más que la supervivencia y el bienestar físico (Solnit, 2022, pág. 103).

 

Y aunque adoro que más tarde en su ensayo haga referencia al hecho de que las personas que desean tanto ir al campo y lo ven como una liberación solo lo hacen porque nunca han tenido que trabajar en él (Solnit, 2022, pág. 174-175), la verdad es que la idea política que hay detrás de la imagen de la rosa no solo es bellísima sino algo que deberíamos reivindicar con mucha fuerza. Carla Simón no habla solo de las personas que tienen que huir del campo en busca de una vida mejor, también habla de las rosas. También defiende que la vida no puede ser solo supervivencia. También debe haber niños que jueguen entre los matorrales y se manchen y griten por el campo como si todo eso que tienen delante fuera suyo. Porque quizás lo es. Quizás es de todos. Si empecé diciendo que la tierra de la familia de esta película es su vida, no solo me refería a económicamente, no solo me refería a ociosamente. También de forma política. Su tierra es su vida, como todos deberíamos hacerla nuestra vida. El trabajo en el campo es duro, y necesita todavía un largo recorrido para ser defendido como merece. Esta película pone un granito en esa lucha, abre puertas y da voz a la realidad de muchas familias. Y no solo hablando de supervivencia, no solo de pan, sino también de rosas, cantos, juegos, cariño y jardines. Y la verdad es que, durante toda la película, mientras ellos recogían melocotones bajo la sombra de los melocotoneros, entre el griterío y el juego de los más pequeños de la familia, y también entre el canturreo de los grandes, mi mente y mi paladar solo podían pensar en una cosa: mi suegra y Ane tenían razón.

 

 

Bibliografía

Doolittle, H. (2001). Jardín junto al mar. Tarragona: Ediciones Igitur.

Calderón, J. (2020). Los adioses del trigo. Madrid: Editorial Hiperión.

Josa, L. (2021). Estudio (pp. 53-339). En Juan de la Cruz, S., Cántico espiritual. Barcelona: Lumen.

Juan de la Cruz, S. (2021). Cántico espiritual. Barcelona: Lumen.

Margarit, J. (2007). Prólogo (pág. 7-28). En Ramón Jiménez, J., La soledad sonora. Madrid: Visor Libros.

Ramón Jiménez, J. (2007). La soledad sonora. Madrid: Visor Libros.

Ramón Jiménez, J. (2009). Laberinto. Madrid: Visor Libros.

Whitman, W. (2019). Hojas de hierba (8ª reimpresión, M. Villar Raso, Ed.). Madrid: Alianza Editorial.



[1] «la noche sosegada / en par de los levantes de la aurora, / la música callada, / la soledad sonora» (Juan de la Cruz, 2021, pág. 45).

[2] Ramón Jiménez, 2009, pág. 33.

[3] «Junco, / azotado y roto / mas dos veces rico - / grandes cabezas como la tuya / flotan a la deriva en los escalones de los templos, / pero tú estás destrozado / en el viento. / La corteza del arrayán / te es extraída, / te quitan las escamas / del tallo, / la arena te corta los pétalos, / los arruga con filo duro, / como sílex / en una piedra lisa. / Aunque todo el viento / azote la corteza, / te alzas - / sí, aunque silbando / te cubra la espuma» (Doolittle, 2001, pág. 47-48).

miércoles, 4 de mayo de 2022

Ventana a la inspiración

 

Ayer fuimos a ver La isla de Bergman. Durante esos 112 minutos, frente a un calor horrible en una sala sorprendentemente llena de gente, no paré de pensar. Los protagonistas, un matrimonio, van a la isla Fårödonde vivió Ingmar Bergman en busca de inspiración. Ellos buscaban inspiración y yo, sin buscarla, encontré la mía. Fue por el paisaje (creo): 112 minutos de mar, árboles centenarios, antiguas casas de madera, hierbas altas, nubes bajas, mar, piedra siendo devorada despacio por las olas, mar, ¿he dicho mar? La protagonista escoge un pequeño rincón que hay en el molino para escribir. Veo su tinta azul claro sobre el papel blanco, cada vez menos blanco, y cómo ella mira a través de la pequeña ventana del molino por la que se ve la casa en donde su marido trabaja también. El viento... Las cortinas de la casa acarician las paredes y la madera cruje, la tierra de fuera parece algo blanda... la hierba alta, parece que arropa los pies que la pisan. No paraba de pensar en escribir. También aumentó mi ansia por la papelería, algo que jamás tuve antes de conocer a Ane (esta tarde iremos a por bolis, todo es culpa de esta película).  



Casa de Bergman, en Fårö (con el molino a lo lejos) 

 

Cementerio de Fårö (donde está enterrado Bergman) 



Hubo una conversación (porque esta película es de conversaciones) que no me saco de la cabeza aún ahora, una noche más tarde de haberla visto. La pareja hablaba, junto con otro grupo de gente, sobre las películas de Bergman. Sobre su crueldad, su atrocidad, su horror. «¿Por qué no habla sobre la ternura, o sobre la felicidad?», dice la protagonista. «Especialmente rodeado de todo esto». El paisaje vive en mi mente porque cuando me imagino un lugar inspirador, un lugar que pide escribir en él (no solo ser escrito, sino escribir en él, inspirarse en él) solo puedo pensar en un lugar así. La calma, la paz, el... cariño que desprende. Y no escribe sobre ternura. Rodeado de tanta... no escriba sobre ternura. El marido apenas le responde, creo que no le sorprende, creo que no entiende por qué querría hablar sobre ternura. No me saco ese diálogo de la cabeza porque creo que hablar sobre la ternura es el único tema verdaderamente importante. Porque no dejo de hablar de ella, de pensar en ella. ¿Será algo inherente en lo ‘femenino’, si es que existe algo así? Siempre me ha chirriado esa clasificación de ‘literatura masculina’ y ‘literatura femenina’ porque la literatura es universal, y la gran literatura no es la que está escrita solo por hombres. Grandes mujeres escriben gran literatura y, de hecho, sin nada que envidiarles a los escritores hombres. Hablar de todo esto cuando yo misma siento tan lejos de mí el binarismo me suena chirriante, pero en fin, el caso es que no pocas autoras han intentado indagar sobre si realmente existe literatura ‘femenina’. La verdad es que, aunque odie decirlo, es evidente que hay temas (aún sin ser puramente femeninos, porque no creo que nada pueda ser puramente nada) los escritores hombres pocas veces se interesan por ellos. Entra ahí el aborto, la maternidad, el machismo, el patriarcado, y por qué no: la ternura. Y creo que eso es solo debido a nuestro crecimiento en esta sociedad, colmado de nuestra obligación a los cuidados, a cuidar. A dejarnos al margen por los otros, a la generosidad. ¿Por eso, quizás, me interesa tanto hablar de ternura y a Bergman no, a pesar de semejante paisaje? No dudo que Bergman fuera tierno. Orwell escribía rabiosamente sobre política, siempre. Apenas se le conoce por otra cosa, y ahí está Rebecca Solnit con su libro Las rosas de Orwell para hablar de su afición por las plantas, por las rosas, por el paisaje, por la naturaleza. En fin: por la ternura. ¿Orwell era tierno? ¿Por qué nadie se interesa por esa faceta suya? ¿Es, acaso, menor la ternura? No lo creo. No, al menos, para mí. 

La protagonista, que en realidad no es escritora sino directora («odio escribir» dice en un momento de la película), crea su lugar de trabajo en el molino, como ya he dicho, en una pequeña mesa de madera que da a una pequeña ventana. Y por la ventana, mira. No es casualidad que, hablando sobre esa mal llamada (¿o bien llamada?) ‘escritura femenina’, Martín Gaite llamara Desde la ventana a su ensayo sobre, precisamente, este tema.  

 

La primera de estas conferencias, de donde salió la idea de las demás, se me ocurrió a partir de una intuición, más poética que teórica, sobre el significado que los espacios interiores pueden aportar como espoleta de fantasía para la mujer recluida en ellos. Dentro de estos espacios, la ventana se me apareció como un elemento fundamental, casi como un símbolo (Martín Gaite, 1999, pág. 33). 


En esta primera conferencia a la que hace referencia la autora, habla sobre la identidad de las mujeres alrededor de la literatura. Personajes femeninos que se desmayan mucho, son enamoradizas, y poco más. Y sobre cómo las escritoras intentan hacerse hueco, tan difícilmente. Pero con mucha cabezonería. Las ventanas eran esos lugares por los que se asomaban para ver a sus amantes, para mostrarse al mundo, para dejarse ver. Eran esos lugares donde podían imaginar cómo es el exterior, creerse fuera, aunque siguiesen dentro. La autora habla del término «ventanera» usado en la época para referirse a las mujeres de forma negativa. Según explica, se atribuía la «liviandad a las mujeres ventaneras» (Martín Gaite, 1999, pág. 49). Es decir, las mujeres ventaneras (y teniendo en cuenta las circunstancias, la época y el tipo de personaje femenino que existía entonces en la literatura, mujeres ventaneras quería decir mujeres, a secas) se relacionaban únicamente con lo banal, lo superficial, lo poco serio. ¿Es, la protagonista de esta película, una mujer ventanera? ¿Lo es si, además, desea hablar sobre la ternura? 

Me atrevo a decir, apoyándome no sólo en mi propia experiencia, sino en el análisis de muchos textos femeninos, que la vocación de escritura, como deseo de liberación y expresión de desahogo, ha germinado muchas veces a través del marco de una ventana. La ventana es el punto de enfoque, pero también el punto de partida (Martín Gaite, 1999, pág. 51-52). 




La ventana y la protagonista de La isla de Bergman 



Es, a través de esa ventana (o gracias a ella), como la protagonista (que, por cierto, casi al final de este relato lo digo, se llama Chris) encuentra al fin la inspiración. Encuentra una historia. Una que quizás es la suya. Pero solo a través de la ventana la ve, la ve y la mira. Y la entiende. A través de esa ventana, donde se ve un paisaje sueco tan apacible, es donde consigue encontrarse lugar. Es por donde mira, pero también por donde comienza. Ahí se da comienzo. Martín Gaite cita estos versos de Rosalía de Castro que evocan su casa en Padrón; un paisaje que, aunque no sea sueco, por alguna razón me evoca lo mismo: esos árboles centenarios (que han visto y vivido más de lo que sabremos y viviremos nosotros), esa hierba tan verde, tan blanda... esa humedad en el ambiente y el mar cerca, siempre el mar... 

Yo desde mi ventana,

que azotan los airados elementos,

regocijada y pensativa escucho

el discorde concierto

simpático a mi alma...

¡Oh, mi amigo el invierno!

 

Leyendo todo esto recuerdo que antes de que Rosalía de Castro muriera de cáncer, tendida en su cama en ese pueblo de Galicia en el que el agua más cercana es un río, (pues el mar queda bastante más lejos) le dijo a su hija, completamente enferma y delirante pero, quizás, muy lúcida: «Abre la ventana, que quiero ver el mar». 



La casa de Rosalía de Castro ahora, un museo 


Paisaje de Padrón, Galicia (sin ser sueco, tiene algo...) 


 


Bibliografía 

Martín Gaite, Carmen (1999). Desde la ventana (3a ed.). Madrid: Editorial Espasa Calpe.

En el monasterio

  Tenía miedo de llevarme a Annie Ernaux al monasterio por si sentía la necesidad de masturbarme al leerla. Solo la empecé un poquito, allí,...