jueves, 2 de abril de 2026

En el monasterio

 

Tenía miedo de llevarme a Annie Ernaux al monasterio por si sentía la necesidad de masturbarme al leerla. Solo la empecé un poquito, allí, y se me pasó fugazmente la idea; pero por suerte me quedé dormida y no tuve que luchar con mi sentido de la moral. Escribiendo en mi habitación del monasterio con vistas al mar me quedé sin tinta en la pluma. No me podía creer que no me hubiese dado por revisar eso antes de irme. Me he manchado los dedos de tinta ahora, rellenándola de nuevo. Es curioso porque hace justo un momento me manchaba justamente estos tres dedos (el anular, el índice y el pulgar de la mano izquierda) masturbándome con ellos. Ahora los mancho de nuevo, con mi tinta. ¿A caso no es lo mismo?



Allí, en el monasterio, me quedé sin masturbarme y (¡iba a escribir “por consiguiente”!) sin tinta. No sé si fue culpa de eso que me costara tanto concentrarme, leer, escribir. Mi mente se dispersaba con facilidad, o se quedaba adormecida, atontada. Después de comer me tumbé en la cama a leer y me quedé dormida. Me dio un poco de rabia porque quería salir antes de que se pusiera el sol a disfrutar del monasterio iluminado por esos últimos rayos de sol. Salí más tarde de la cuenta, pero aún así guardaba un encanto especial para mí. Vi dos patitos nadando y caminando por ahí, y ambos me devolvieron la mirada. Me asusté con las campanas (las tenía justo detrás de mí) y fotografié lo que según el guía de la mañana eran jazmines a punto de florecer. Después me senté en un banco e intenté leer a Bachmann. Pero, de repente, lo que parecía estar en profundo silencio y soledad desde hacía horas se empezó a llenar de voluntarios que hacían sus tareas por el lugar. Así que tuve que levantarme y volver (huir) a mi habitación. Pensé que esa noche me costaría dormir y esa simple idea me preocupaba tanto que ni si quiera fui capaz de leer hasta que me apeteciera, hasta que me diera el sueño. En lugar de eso, apagué la luz y recé (perdón) por que no fuera una noche muy larga. En mi mente, imaginándome esa noche, iba a quedarme despierta hasta muy entrada la madrugada, escribiendo influida por un flujo infinito de inspiración, de lucidez, de creatividad. Iba a recuperar la memoria de todas las personas escribientes que habían habitado ese lugar a lo largo de los siglos y a escribir con ellos. En cambio: sentí miedo. Miedo al lugar desconocido, al lugar abierto, al lugar lleno de otras personas, al lugar en mitad de la nada, el lugar en mitad de la noche. Si deseo mueve, miedo paraliza: no me deja escribir. Me costó un poco dormirme, pero me dormí. No puse alarmas, claro, no quería (de hecho: no me atrevía) a romper ese silencio profundo que me obligaba incluso a escuchar mear a otro de los huéspedes. Mi mente empezó otra vez a caer en el bucle mientras intentaba trabajar en cosas que había escrito y pensé que la mañana se me pasaría incluso más lenta que la noche. Así que me rendí. Dejé los papeles y me senté de nuevo en el sillón que miraba al balcón. Al mar. Dos pajaritos bailaban alrededor de varios árboles que podía ver desde allí. El cielo tan blanco volvía casi transparente al mar. Y así, de la nada: me puse a escribir. Como si lo transparente del mar se me pegara, me vaciara.

 







Me gustó esa soledad, pero me resultó diferente a cualquier otra. Me sentía sola, en esa habitación, encerrada. Pero tenía gente tan cerca, el silencio era tan absoluto que podía oírlas. Podía, si salía de mi habitación, encontrarme a algún voluntario del monasterio, algún huésped, o quizás alguna persona haciendo turismo, visitando el lugar. Me sentía extrañamente acompañada. Ese silencio era casi perturbador. Las puertas de madera de las habitaciones crujiendo cada vez que se abrían, las tuberías, los pasos; todos mis sonidos se sentían amplificados en un entorno extraño. Saber que había más gente conviviendo conmigo, tan cerca, y aun así no escuchar nada me resultaba incluso violento, extraño, inquietante. Pensé que nunca sería capaz de vivir una vida recluida, algo que durante mucho tiempo estaba convencida que sería paradisíaco. Es curioso: igual mi soledad y mi tristeza tienen varios lugares, varias lecturas, tienen necesidades propias. Igual no sería feliz si estuviese recluida para siempre. Igual por eso no fui feliz cuando estuve recluida durante tanto tiempo (en mí misma, y también en un espacio intoxicado).

 

 

Desde que volví no he escrito nada, nada más que estas líneas. Me pregunto si se irán con agua las manchas de tinta de mis dedos. (Puedo mirar a través de ellas. Buscar). Y, aun así, no quiero desprenderme de ellas. Estoy marcada por mi deseo.


domingo, 22 de febrero de 2026

Una entrada en la que intento hablar sobre Die my Love y acabo hablando sobre otras cosas (o sea, sobre mí)

 

«y, al enterarme de tu muerte, noto / una terrible atracción, sabor a sal» (Anne Sexton)

 

Hacía mucho tiempo que no escuchaba a Lana del Rey como antes. No sé qué significa exactamente esa frase. Como antes. Cuando volví de Navarra el domingo pasado sola en el tren, me pasé las casi cuatro horas escuchándola, exclusivamente. Me hice una playlist intentando encontrar las canciones que tenían las mejores letras. «Solo quiero bailar con quien puedo sentir devoción», así la titulé. Es por culpa de una frase de Mary Oliver que leí por ahí: «Attention is the beginning of devotion». Me impactó mucho: vuelca toda la responsabilidad en mí.

Sí, hacía mucho que no escuchaba a Lana del Rey. La última vez Cherry me hizo ponerme a llorar mientras doblada la ropa. Tampoco recuerdo muy bien por qué. Justo después escuché Fragments, de Blondie. Supongo que ese es el por qué: los pedazos. Algo pasa con el tiempo, con mi tiempo, cuando recorro estas canciones que escuchaba hace años, en un momento emocional radicalmente distinto al actual. Claire Marin en su libro Los comienzos, hablando de El hombre joven de Annie Ernaux, dice: «el tiempo interno no es horizontal, sino vertical: distintas edades cohabitan en nosotros, facilitando o perturbando nuestra relación con el presente. El tiempo se recorre de pronto como el espacio, ha dejado de constreñirme: gracias a la pasión amorosa, me reencuentro con sentimientos juveniles, con actitudes y situaciones olvidadas». En el libro, Ernaux habla de su relación con un hombre treinta años más joven que ella. Para él, muchas de las cosas que hace con ella ocurren por primera vez. Para ella, esas primeras veces de él le hacen recorrer sus primeras veces, como si volvieran a ocurrir, como si volviera a habitarlas.




Ahora vuelvo a escuchar esa canción y me vuelve a hacer llorar. No sé qué tiempo está llorando por mí. Supongo que por eso me atravesó tanto Die my love: eso sigue ahí, en algún lugar. Hoy (esta entrada la empecé el 1 de febrero y no la he retomado hasta veinte días después) he leído este poema de Anne Sexton: «en la mente hay un estrecho callejón llamado muerte / por el que me desplazo / como si fuera agua». No sé nadar muy bien. Nunca he sabido. Ane, que es una nadadora excepcional, siempre me dice que ella me enseña, que no me va a costar nada aprender. Algún verano lo hemos intentado: siempre me muero de vergüenza. No sé si quiero aprender. Supongo que eso debería preocuparme. Para la protagonista de Die my love ese callejón está ahí, siempre está ahí. A veces se oscurece, otras veces se ilumina de manera cegadora (no sé qué caso es preferible). Cuando salimos del cine, Itziar me dijo que le había horrorizado. Yo le dije que me había encantado porque hablaba de la depresión. Al día siguiente me dijo que, si ese era el sentido de la película, que entonces le gustaba un poco más. Me leí el libro al poco de ver la película. El cuchillo. El libro empieza así: «Me recliné sobre la hierba entre los árboles caídos y el sol que calienta la palma de mi mano me dio la impresión de llevar un cuchillo con el que iba a desangrarme de un corte ágil en la yugular». En la película, al principio, Jennifer Lawrence lleva un cuchillo en la mano mientras camina por la hierba. Sí, eso pueden hacer mis manos vacías: desangrarme de un corte ágil en la yugular. Eso puede hacer mi deseo (mis manos, mi sed, la sal): desangrarme de un corte ágil en la yugular. Svetlana Aleksiévich entrevista en su documental Lyubov: Love in Russian a personas rusas preguntándoles sobre el amor. Una de las mujeres explica cómo le escocía la mano, llena de arañazos de gato, al dársela a su amado, a quien le sudaba. Aun así, se la daba. «Así es como podríamos describir el amor soviético». La artista Sophie Calle preguntó a judíos de Nueva York qué lugar les había cambiado la vida. En el libro que se editó recopilando todas las experiencias había en una página las fotografías de los lugares y, en la de al lado, las experiencias de esas personas explicando por qué ese lugar les había cambiado la vida. Una de las mujeres recogió la fotografía de una piedra de un muro. Esa piedra le había cambiado la vida porque un día, caminando con su marido, se paró justo delante de esa piedra, apoyó su mano en ella y le contó que se había enamorado de otra y que quería dejarla. La mano y el cuchillo.

 

La mujer rusa de los arañazos de gato en las manos, aquí un trozo del
documental de Svetlana Aleksiévich donde explica su amor ruso

Hemos ido al mar (ha pasado otro día, sigo postergando terminar esta entrada, se está quedando clavada en mí, como si fuera imposible quitármela de encima). No olía a sal y varios niños nos echaron tierra encima. Eso me decepcionó. Pero leí varias cosas interesantes, como esta: «el deseo de traducir arrasa en los momentos más impensados o imposibles, incómodos. Como el deseo sexual. Después, cuando hay que traducir, cuando es la hora de hacerlo, y el lugar, a veces se adormece». La cita es de Laura Wittner, que es increíble. No he traducido en mi vida (aunque ahora, por su culpa, me apetece mucho probar a hacerlo) pero se me parece mucho lo que dice a la inspiración: cuando tengo que escribir soy completamente incapaz y luego, de repente, un día cualquiera, en el trabajo, con gente, en la ducha, me atraviesa de repente esa ansia, esa obsesión, esa frase que necesito escribir con urgencia. Me he sentado ahora a acabar esta entrada porque quiero hacerlo, aunque quizás ayer deseaba más hacerlo, ayer, cuando tuve que parar para hacer la cena, limpiar los platos, recoger la cocina, esas cosas que me quitan más tiempo del que querría. Más tarde escribiría en mi diario: «escribir solo sobre el poco tiempo para escribir que tengo. Escribir sobre las ganas que tengo de tener tiempo para escribir». En cualquier caso, lo que me obsesiona de esta frase es que el deseo es el mismo. El deseo. La sal. Intenté acercarme al mar, a las rocas, una parte de mí deseaba que las olas me salpicaran, llevármelas a casa, escribir con ellas. Escribir con la sal en mi piel. Pero qué más da que no me salpicaran: ya la tengo en la piel. Todo el tiempo. Todo es agua, ¿qué tendrá ahora el callejón? ¿agua en la que nadar o agua para ahogarme? Pero Jennifer Lawrence no desaparece en el mar, sino en el bosque. ¿Será ese su mar?


Justo cuando entró ayer Ane por la puerta, al volver del trabajo, empezó a sonar esa canción de Bowie que suena en Die my Love«Will you stay in our lovers' story?», pregunté: «Will you?». Asintió de lejos, desde el otro lado de la casa, a tan solo unos metros. Y aun así apenas la veía nítidamente por culpa de la miopía. Se siente un poco como escribir, tener miopía: atravesar algo borroso, algo que solo percibes levemente, imaginar el resto, entrecerrar los ojos (como apretar la mano contra el papel) buscando mejor la imagen (o la palabra), para nada, para ver la misma imagen turbia, confusa. Imaginar el resto. Escribir el resto. A mí también me sudan las manos a veces. Es la sal queriendo escapar de mí. Poniéndoseme por delante.

domingo, 24 de agosto de 2025

Soledad y el mar

 


Hacía ya un tiempo que no conseguía ordenar mi cabeza. El calor me seca el cerebro. No soy capaz de pensar, o no con propiedad. Pienso demasiado, pero cosas inútiles, agotadoras, desérticas. El último libro que me acabé (según tengo anotado al lado del ex libris) fue en julio: la Vida Nueva de Dante. Al lado de la fecha, un paréntesis: “lo he AMADO”. La verdad es que me encantó. Me lo compré en el primer cuatrimestre del máster y lo guardé en la estantería, y ahí seguía, intocable, todo este tiempo después. Supongo que me imponía de alguna manera, aunque no hacía más que cogerlo, mirarlo, hojearlo, como si me llamara de alguna manera. Finalmente me decidí a leerlo pensando que me había condenado: tardaría muchísimo en terminarlo, seguro, no conseguiría leer apenas, apenas podría concentrarme, entenderlo, prestarle la atención que necesitaba. Pero me equivocaba. Me fascinó desde el principio y, aunque la verdad es que no estaba leyendo tanto como querría, aprovechaba cualquier oportunidad para hacerlo. Y luego pasó lo de siempre: la maldición de haberme terminado un libro demasiado bueno. ¿Quién tendrá el valor de venir después? Qué difícil es decidir la siguiente lectura, una suficientemente buena para seguir su paso, pero en la que mi mente (que todavía sigue en el anterior) pueda penetrar con facilidad. Empecé algunos, los dejé todos. Ya estaba empezando a ver los brazos de la inapetencia envolviéndome despacio cuando lo vi, en una de las pilas inmensas de casa, casi pasando desapercibido: Buenos días, tristeza, de Françoise Sagan. No sé cómo llegó este libro a casa. Ni si quiera estoy segura de si lo compré yo o Ane, y tengo la sensación, además, de que fuera quien fuera lo compró en una librería de segunda mano. Pero la verdad es que no lo recuerdo. Ane volvía a irse una semana a Azagra y acababan de meter en Filmin una nueva adaptación del libro, con Chloë Sevigny. Pensé que esa idea de leerme el libro y luego ver esa peli haría olvidarme de que estaba sola en casa. No me lo creía del todo, pero me prometí a mí misma intentarlo. Terminé el libro ayer por la mañana y por la noche vi la película. Todavía estoy con la fiebre Sagan. Todavía no he podido quitarme de la cabeza una frase que dice el personaje de Chloë Sevigny, Anne: «Es raro, ¿no? Amar a alguien. De alguna manera te aísla totalmente del mundo. Raymond, yo me aferro a mi soledad, y al mismo tiempo amo muchísimo. Se me da bien hacer las dos cosas a la vez». ¿Lo habré conseguido? En este momento, frente a mi ordenador, sigo sola en casa. Ane vuelve mañana. De todo el verano, en el cual Ane se ha ido de viaje un par de veces más, esta es sin duda la vez que mejor he estado. Me gusta aislarme. Me gusta alejarme. Estar sola. Pero me he acostumbrado tanto a la presencia de Ane en casa que me siento diferente cuando se va. Como si me hubiese dejado algo en el trabajo: sé que está ahí, que podré ir a buscarlo al día siguiente, pero la sensación de haberlo perdido me agita de todas maneras.

¿Por qué me ha hechizado tanto este libro? Es un libro juvenil, la primera novela de Sagan y, aun así, brillante. La relación de Raymond, el padre, con Cécile, la hija, no tiene nada que ver con mi relación con mis padres. Nunca he vivido una infancia parecida y, aun así, entro de lleno en su mundo. Me parece fascinante como retrata Sagan a los personajes. La elegancia, la sofisticación, el ingenio de Anne, en comparación con Elsa, que no es menos guapa ni menos inteligente, pero aun así tan claramente diferente a Anne. Esas pequeñas sutilezas que las separan completamente. Parece decirnos: ¿qué vida es mejor? ¿La libre, alocada, torpe, o la ordenada, fría, tranquila? Igual ninguna de las dos, o las dos al mismo tiempo. No lo sabemos. Ni si quiera ellos lo saben, por eso Cécile decide con cabezonería que tiene que hacer algo para cambiar su nuevo modelo de vida, que parece aborrecer, para luego arrepentirse. Me parece muy interesante ver los recursos que utiliza la directora para transmitir eso que transmite Sagan con la escritura. No dejo de pensar en la escena de la manzana: Anne coge una manzana, se levanta de la silla a por un cuchillo y desaparece de la escena, aparece Elsa, se sienta en el mismo lugar de Anne (¡!) coge una manzana, empieza a comérsela a bocados, aparece Anne de nuevo y también Cécile, que coge a su vez otra manzana. Y ese plano perfecto de las tres: Cécile y Elsa comiéndosela a bocados, mientras que Anne está partiéndola con un cuchillo.

 


Sigo en el mar. En esa imagen azul infinita. ¿Qué es la tristeza? ¿Cuánto ocupa? ¿Cuándo llega por primera vez? Recuerdo cuando me vino la regla por primera vez, dónde estaba, con quién, qué pensé. No recuerdo la primera vez que me sentí triste. No recuerdo por qué. Ni si estaba con alguien. Hoy, frente a mi ordenador, sola todavía, me enorgullezco de mi propio aislamiento, de mi tristeza. La conozco. Me he dado cuenta de que cuando más escribo es cuando estoy sola. Totalmente sola. Cuando no tengo interlocutor lo busco aquí. Quizás pueda reconciliarme también con mi soledad.

viernes, 4 de noviembre de 2022

Ficciones y deseo

 

Me despierto de un sueño confuso, no soy capaz de distinguir la realidad del sueño, la vigilia, la fantasía, la ficción o la verdad. Veo imágenes, siento mi cuerpo, eso sí lo siento de verdad. Me despierto varias veces, apago la alarma, vuelvo al sueño, vuelve a sonar, la vuelvo a apagar, así repetidas veces hasta que la fina línea que separa el sueño de la vigilia, la ficción de la realidad se difumina. Se difumina tanto que no sé si soy yo o una imagen. Mi cuerpo vibra y enloquece y creo que lo hace de verdad. Temo haber gemido en sueños, cuando me despierto y soy consciente de qué he soñado. Siento que me he corrido, ¿eso también era un sueño? Me levanto, perezosa, me visto, me voy. Llego al café, no quería empezarme este libro, pero lo hago, no puedo evitarlo, algo me atrae fervientemente a él. Lo empiezo y siento que entro, que yo misma me difumino, que me vuelvo obsesiva, que deseo como Annie. Sí, es eso, es justo eso, siento que mi deseo me devora; mejor: que me ocupa. Lo leo frenética, siento como mi cuerpo alcanza una verdad absoluta, algo que no sabía describir con palabras, que no tenía nombre (¿título?) para poder entenderlo. Annie describe sus celos, su obsesión tóxica rozando la locura. Pienso, pienso y pienso y no me lo consigo quitar de la cabeza: Pura pasión, la espera, la locura, el deseo atravesándome, la ignorancia, la incertidumbre, la profunda sospecha. En sus celos y sus obsesiones entiendo mi propia obsesión, mi propia sospecha interior. No tendré celos (¿los tendré?), pero su individualidad se universaliza en mí. Sí, me ocupa, algo me ocupa, me siento ocupada en alguien. «He conseguido llenar con palabras la imagen y el nombre ausentes de la que, durante seis meses, siguió maquillándose, acudiendo a sus clases, hablando y corriéndose sin pensar que también vivía en otro lugar, en la cabeza y en la piel de otra mujer» (Ernaux, 2022: pág. 82). Cada una de sus frases me atraviesa, me descubre palabras, palabras que se trazan y entrelazan en mi interior y cuando lo acabo me siento mareada, como sumida en otro sueño, ¿estaré soñando? Me levanto tambaleante de mi mesa y salgo, siento que querría correr, necesito ponerle nombre, palabras, escribir. Deseo escribir y ese deseo hace que mis entrañas palpiten, que me sienta dando tumbos hacia una página en blanco. «En aquel instante convine que el sexo, el sexo materializado en la otra mujer, era lo más importante del mundo. Hoy es lo que me empuja a escribir» (Ernaux, 2022: pág. 58). ¿Me empujará a mí también a escribir eso? Veo la fantasía, a mí misma, a ella, y la mera imagen me alimenta, me despierta mi deseo, me despierta mi ficción, despierta mi escritura… Dice Pura pasión: «Me asaltaba todo el rato el deseo de romper para dejar de depender de una llamada, para no sufrir más, y al punto imaginaba lo que eso significaría desde el momento mismo de la ruptura: una retahíla de días sin ninguna esperanza. […] Comparada con el vacío recién atisbado, mi situación actual me parecía afortunada» (Ernaux, 2019: pág. 45), y dice en La ocupación: «si mi sufrimiento me parecía absurdo, y hasta escandaloso comparado con otros, físicos y sociales, si me parecía un lujo, lo prefería a ciertos momentos tranquilos y fructíferos de mi vida» (Ernaux, 2022: pág. 58). Annie es destructiva, Annie sufre. Aunque yo no sufra, en su sufrimiento soy capaz de entender algo de mí misma. Mi ficción, mi fantasía. Esa es mi ocupación: todas esas imágenes, ensoñaciones, deseos, que me nublan la vista y que permanecen en mi cuerpo, habitándome [1], durante días, hasta que de golpe desaparecen como si nunca hubieran existido. Y luego vienen otros, diferentes o los mismos, con otras imágenes, otros espacios y lugares, otros tiempos, otras sombras. Soy un recorrido de ocupaciones, de imágenes, que me pueblan y habitan. ¿Existo al margen de ellas? Cuando no existen, cuando me encuentro en un espacio deshabitado de ellas, en mitad de una ocupación pasada y una posible ocupación futura, ¿existo? ¿Existo fuera de mi deseo? «Esa mujer me llenaba la cabeza, el pecho y el vientre […], aquella presencia ininterrumpida me llevaba a vivir intensamente» (Ernaux, 2022: pág. 16). Cuando me siento habitada, ocupada, mi cuerpo tiene mayor presencia, pesa más, mi propio deseo tiene más importancia, me siento más atractiva, más deseable, incluso para mí misma. Y así, sobre todo así, siento mi presencia en el mundo más interesante, con más valor (incluso intelectual). Mi vida cobra más sentido de repente, como si mi auto convencimiento de mi propio atractivo pudiese conceder más importancia, más valor a las cosas. Camino por las calles nubladas y siento que floto, que nadie tiene tanta importancia como las palabras que rondan en mi mente, desordenadas (ni si quiera yo, pero sí mi deseo); siento que en ellas existe lo más importante, y me da miedo perderlo, me da miedo que huyan de mí, que las olvide.

Percibí debajo de mí, en forma de alucinaciones, unas palabras que tenían la consistencia de las piedras, de las tablas de la ley. Sin embargo, los signos danzaban y se juntaban, se dislocaban, como los que flotan en la famosa “sopa de letras”. Tenía que atrapar, costara lo que costara, aquellas palabras, eran las que necesitaba para liberarme, no había otras. Tenía miedo de que se escaparan (Ernaux, 2022: pág. 79).

Esas palabras rondan en mi cabeza, sí, Annie, es justo así, así siento las mías, rondándome y poseyéndome a punto de irse, anunciando su final, su muerte, en el mismo momento del nacimiento. Camino acelerada y entro al súper. Me planteo no entrar, subir corriendo las escaleras hacia casa, rezar por que permanezcan en mí, las ideas, la lucidez tambaleante y provisional, tan débil, tan difusa, casi yéndose. Pero entro al súper, está vacío, todo está colocado en su sitio. Me siento, una vez más, como tú, Annie, no sé si por tus palabras habitándome, pero te veo en todas partes. ¿Qué me atraviesa, mi deseo o el suyo? ¿Mi identidad o la suya? Cojo lo que necesito al vuelo, sonrío a un empleado, la chica que me atiende apenas me mira. Siento su desazón, su tristeza, la enlazo con la mía y salgo. Algunas gotas de lluvia empiezan a caer sobre mi piel, pálida, erizada, vibrante y llego hasta mi puerta. La cerradura es un hueco, y la puerta se abre solo empujándola. Ayer desapareció y sigue sin existir. Subo las escaleras, me siento como con un miedo entrando por las plantas de mis pies, según camino, hasta recorrer todo mi cuerpo y encontrarse con ese deseo vibrante. No sé si me da miedo perderme o la soledad. Annie. Subo las escaleras, parecen eternas, son solo tres pisos, un silencio sepulcral pinta las paredes y barre el suelo, solo ensuciado con mis pasos, firmes, rápidos. Mi respiración se agita y no sé si es mi temblor o las escaleras. Llego. Escribo. ¿Qué deseo? Intento ponerle palabras, intento enlazar esas ideas difusas que caminaban conmigo por las calles. Pongo música, mis manos escriben frenéticas como poseídas por la música. Suena Pretty when I cry y me siento en la voz de Lana del Rey, recorro de repente toda mi vida, vuelvo al pasado, ¿deseaba? Quizás mi tristeza era otra forma de deseo, otra forma de habitarlo, otra forma de vivir. Hacía mucho que no la escuchaba, pero su voz resuena en mi interior como si aquello que antes despertaba no se hubiera ido nunca. Me siento más unida al origen del mundo que de ninguna otra forma. Mi cuerpo, estas paredes que me rodean, estas teclas que pulso fervientemente, no existen. Pero sí lo hace mi pensamiento, mis imágenes, mis ficciones. ¿Será mi ficción más real que mi cuerpo, que mi materialidad? ¿Existirá más que yo misma en este mundo?

El mero hecho de que una compañera de clase le de me gusta a la historia que he subido, una fotografía de un fragmento sobre el deseo sexual del libro de Annie, o de que alguien en particular haya visto la historia (imaginándome que lo ha leído, que ha pensado, que ha sentido algo, aunque no tengo ningún tipo de certeza que demuestre que de verdad lo ha leído y no ha saltado la historia sin mirarlo) activa algo en mí, como si esa fuese una forma oculta de llamar al deseo, de ponerle nombre junto al mío, aunque solo sea mi pura imaginación. Mi imaginación desea con fuerza y aunque no exista, aunque no tenga materialidad o fundamento, en el fondo la siento más cierta que yo misma. Más que la realidad misma. Aunque solo sea ficción, es más verdad, es más real. El libro se abre con una cita: «con la conciencia de que, si tenía el valor de ir hasta el final de lo que sentía, acabaría por descubrir mi propia verdad, la verdad del universo». Aunque sienta obsesiva e ilusoria cualquier posible demostración exterior de deseo hacia mí, relatarla me hace sentir que descifro una verdad, una profunda y sincera verdad que, siendo la mía, da sentido al mundo. Mi verdad, es también la del universo. Mi ficción me da, de alguna forma, sentido. Por más incierta que pueda parecer a cualquier otra persona, por más ficción que sea. Si siento mi ficción más real que mi propio cuerpo, cualquier ilusión e imaginación tiene más sentido que yo misma.

 

 

Más tarde escribiría en mi diario:

Hacía tiempo que no me pasaba algo así con un libro. No es como cuando lees algo brillante. Me he vuelto nerviosa, temblando, con algo metido en mi cuerpo que era entre deseo en su más pura esencia y deseo de escribir. Creo que me excitó sexualmente lo bueno que era el libro, el hecho de que un libro así existiera y llegara a mis manos y ayudara a explicar ciertas cosas sobre mí misma. Y que, además, me diera esa necesidad de escribir, y de escribirme. De darme palabras. Sobre mí misma. No usarlas en ficciones ajenas: usarlas en mi vida, en mis propias ficciones.

El deseo sexual como iluminación, como lucidez, como despertar espiritual. Es un pozo: si te asomas al abismo, en el charco de abajo del todo puedes ver tu imagen, como en un espejo.

Esa misma noche decidí que necesitaba una frase tatuada en el cuerpo, a Annie inscrita en mi piel, como ella está inscrita en mi deseo, en mi forma de explicar el deseo: «J’ai mesuré le temps autrement, de tout mon corps».

 

Bibliografía:

Ernaux, A. (2019). Pura pasión. Barcelona: Tusquets Editores.

Ernaux, A. (2022). La ocupación. Madrid: Cabaret Voltaire.



[1] Buscando una cita en Pura pasión descubro que Annie ya lo dijo antes, claro, y cuando lo leí pasó desapercibido para mí. Ahora cobra muchísima más importancia: «En el tren de cercanías, en el metro, en las salas de espera, en todos los lugares donde está autorizado no dedicarse a nada, en cuanto me sentaba me sumía en una ensoñación con A. En el instante en que caía en ese estado, se producía un espasmo de felicidad en mi cabeza. Tenía la impresión de abandonarme a un placer físico, como si el cerebro, bajo el repetido flujo de las mismas imágenes, de los mismos recuerdos, pudiera gozar y fuera un órgano sexual como los demás» (Ernaux, 2019: pág. 40).

jueves, 13 de octubre de 2022

La intimidad de la escritura

 

Tengo un recuerdo que no sé si es memoria o sueño. Recorro su vuelo como si fuera mío, como si estuviese en mí, pero lo cierto es que no sé si es parte de mí. No sé cómo ha llegado aquí. Leí en algún sitio que Almudena Grandes dijo que paseaba para poder escribir. Que se inspiraba caminando, observando. Pensé en Vivian Gornick. En edificios altos, en el sol reflejándose en los cristales, en gente caminando a tu alrededor, deprisa, despacio, hablando entre ellos, callados, mirando el suelo, mirando hacia adelante. Mirar y ser mirado. Pensé en eso y no sé si me fui a dormir envuelta en ese pensamiento. Almudena Grandes dijo que, durante su enfermedad, como no podía salir a pasear a la calle como antes, caminaba por el pasillo de su casa una y otra vez; esos paseos dieron lugar a su última novela, que acaba de publicarse póstumamente. Así que ahí me vi yo, caminando, caminando en una ciudad desierta, en unas calles vacías. Eran grises y estrechas, solo estaba yo y los edificios, los adoquines, las farolas, las papeleras, las líneas sobre el cemento, los semáforos y las señales. Solo yo: yo y mi escritura. Me miraba los pies y según los veía avanzar, avanzaba también mi pensamiento, las teclas en mi cabeza, las ideas entrelazándose, como en un largo abrazo, como en un profundo beso en blanco y negro… Pero de pronto, alguien se cruzaba conmigo. Algunas personas, pocas, pero cruzábamos miradas, cuerpos, espacios. Y cómo me sentía. Sentía que estaban viendo algo íntimo, sentía como si me estuviesen viendo desnuda. Sentía que estaban viendo cosas de mí que ni yo misma había visto, así que bajaba la vista, bajaba la cabeza, eliminaba su imagen de mi vista, para hacerlos desaparecer, para intentar continuar en una intimidad vacía, la única en la que podía darse lugar la escritura. Me sentía desnuda y observada porque aquellas personas que se cruzaban conmigo estaban viendo mi proceso de escritura. Y sentía eso como lo más sagrado, lo más interno, lo más íntimo… Nada como eso. Y esa imagen: gris, nublada, edificios altos, pero calles estrechas, y vacías, y casi la noche cayendo, y mis pies contra la acera, el sonido casi en eco en ese lugar hueco. «Tengo la sensación de que siempre que pasa algo importante llueve; pero a veces me pregunto si lo que sucede, en cambio, es que el acto de recordar desencadena una especie de lluvia sobre la memoria, y que por eso las imágenes se nos devuelven siempre difusas, como vistas en un cristal empañado». He leído esta frase en uno de los últimos libros que he comprado. No sé de qué página es, estaba en una de las solapas de la faja. El asedio animal, de Vanessa Londoño. Creo que no llovía, aunque no hacía sol… Estoy segura de que no hacía sol. Estoy segura de que estaba sola… Y, sin embargo, está difuso, como ese cristal… ¿Recuerdo o sueño? A veces me cuesta separarlo. Diferenciarlo. Si fui, no sé a qué lugar. Si soñé… ¿quién era? ¿Qué escribiría? ¿Llegaría a algún lugar? El sonido de mis pies contra la acera, como el de las teclas…


Bibliografía:

Cedillo, J. (10 de octubre de 2022). «La novela que sirvió como "refugio" a Almudena Grandes en el final de su vida». El Cultural. Recuperado el 13 de octubre de 2022 de: https://www.elespanol.com/el-cultural/letras/20221010/novela-sirvio-refugio-almudena-grandes-final-vida/709679329_0.html

Londoño, V. (2022). El asedio animal. Madrid: Almadia Editorial.


viernes, 2 de septiembre de 2022

El lugar

 

Corre viento y la casa está tranquila. Solo estamos nosotras, he escuchado varias veces a mi suegro salir y entrar y volver a salir, como siempre. Pero ahora, solo nosotras, la calma, el día por hacer, el silencio de quien está ya despertándose pero todavía el resto de la casa no lo sabe… Las cortinas susurran palabras que solo la poesía podría recoger, voces lejanas, coches lejanos, el sonido de algún pájaro que vuelve a su nido… La amiguita ya me ha escrito que quiere desayunar. Le escribí yo primero porque sabía que se iba a despertar antes que nosotras, eso pasó los dos días anteriores, pero hoy le escribo y no recibo respuesta así que me vuelvo a dormir. Al cabo de un rato veo un mensaje suyo. Ha dormido más que normalmente, la calma no solo vive en la casa… también se nos está insertando dentro, muy dentro de nosotras… Nos vestimos, nos saludamos adormiladas, bajamos a desayunar. Nos sentamos bajo toldos y el aire que sentíamos en casa ahora se siente cálido. Vienen mi suegro y el abuelo de Ane y se sientan con nosotras. Tomamos el café, compartimos una napolitana. Celebro no solo su sueño tranquilo y alargado, sino también su hambre despierta, su hambre nueva… Comparte conmigo la napolitana con gusto, nunca la he visto comer tanto. La noto tranquila… se despierta en mí una sensación de satisfacción muy profunda, arraigada a mis raíces, curando mi sed, dándome un suelo y consuelo y un sustento. Hablamos, miramos a la gente, escuchamos unos niños jugar cerca bajo nuestra mirada inquisidora, que compartimos entre nosotras. El abuelo de la Ane se refiere a la amiguita en femenino y nos miramos sonriendo, sin decir nada, agradecidas, hasta emocionadas. Parte de la tranquilidad viene de eso, de esto… qué fácil es estar bien en un lugar así. También cambiamos nuestro lenguaje cuando hablamos con otras personas que no guardan vínculo, o que nos hace sentir menos seguras… Pero no con nuestro entorno, no con el entorno que nos confía Ane. Estamos aquí, con ella, nosotras tan rotas y desestructuradas. Pero estamos en este círculo, en este espacio preciado y cariñoso que nos confiere Ane y nosotras lo cuidamos, lo abrazamos, cerramos los ojos…

Damos un paseo por el monte, en el coche que nos va a enterrar a todos. Las ventanillas bajadas, mi pelo enredándose entre sí y un fuerte olor a hierba, a humedad, a viña. Vamos por la carretera adelantando a los tractores y acompañándoles. Nos paramos en un trocito de campo que luce antiguo, como esas cosas que antes fueron grandes y ahora están abandonadas. Mi suegro nos explica la de veces que iban a esas mesas de piedra a merendar, o a comer, a tumbarse en el suelo al fresco, a charlar, la cantidad de vida que hicieron en esas mesas de piedra, en mitad del campo y los árboles. Ahora está sola, vacía, con hierbajos y matorrales. Aunque nunca he hecho vida aquí, lo siento como mío…

Volvemos a casa. Hago la comida. La amiguita y Ane insisten en ayudarme, disfruto cocinando. Mi suegro y el abuelo de Ane comen acompañándonos y luego se van, mi suegro entra ahora a trabajar. Nos sentamos las tres en el sofá, empieza a caer una lluvia fina que de golpe se vuelve tormenta. El cielo gris, el repiqueteo de la lluvia contra los cristales. La amiguita sale a fumar, Ane se asoma, le encantan las tormentas de verano. Yo me quedo en el sofá, estamos viendo un programa de cocina riéndonos por cualquier tontería. La casa vuelve a la calma, incluso bajo la tormenta, como esta mañana. El día está haciéndose… pero con la misma tranquilidad y soltura que antes de despertarse. Es como si todo fuese tan fácil… aquí dentro todo es tan fácil…

Pasamos la tarde en familia también. En Arnedillo, en el balneario, luego vuelta. Recogemos, cogemos comida, vamos a casa. Es de noche, estamos cenando en la cocina, mis suegros van llegando. Bueno pues ya está… se acabó el fin de semana. Dice alguien. Qué rápido pasa. Disfrutad, por eso… disfrutad que esto pasa muy rápido… dice mi suegro. Le miro y sonrío. Algo de mí se vuelve triste y delicado, vulnerable. Nos ayudan a bajar las cosas. Nos montamos en el coche. Luego, una vez en marcha, tendremos que volver porque me he dejado la tablet y todavía estamos cerca. Pero después volvemos a ponernos en marcha. Carretera levemente iluminada, la noche cubriéndolo todo, nosotras en silencio, cantando las canciones que van sonando. Madre mía, ¿os imagináis que estuviésemos llegando ahora?, dice Ane. Nos podríamos poner otra peli y estarnos en el sofá hasta que nos quedáramos dormidas, digo yo… Volvemos al silencio; por algún motivo, esa leve melancolía que había empezado a tomar forma me desprende serotonina. Siempre lo hace… la paz, la calma, la ternura y el cariño… esto existe, está aquí… está, aunque nos vayamos. De hecho, podemos llevárnoslo con nosotras. Podemos estar así… todo cambió cuando lo vi hace unos años: podemos estar justo así…

Pasan un par de días y me llama mi madre. Todo sigue igual… Mi abuela está triste porque están vaciando su casa para venderla. No está viendo el proceso, tampoco podría subir y bajar todas esas escaleras de su casa solo para ver su tristeza y su vacío. Nunca lo verá, ¿se despidió? Yo necesité ir para despedirme y aún siento que no lo he hecho bien… Siento un duelo por un espacio, ¿es eso posible? Siento la tristeza de mi abuela. Cómo mi tío le dice, restándole importancia o no dándosela del mismo modo que nosotras, que están tirando cosas de su casa. ¿Qué cosas? ¿Qué estáis haciendo?, me dice mi madre que preguntó ella. No le dijeron nada y la entiendo, yo tampoco querría saberlo… Lo sé, y preferiría saberlo menos, quizás… Nadie le dice nada para que no se ponga triste, pero sabe perfectamente lo que está pasando… Lo sé yaya, lo sé... Yo también amé un espacio, un lugar. Lo amo… Un lugar puede ser un ancla, un salvavidas. Un suelo, una arena bordeada por el mar, yendo y viniendo, yendo y viniendo… Es un sustento, una raíz, un lugar en la tierra, un solo y mísero lugar de existencia… Yo lo tengo, ¿sentiré tenerlo siempre?

Podemos estar justo así, me gustaría decirle a mi abuela. No hace falta ir a un lugar, puedes llevártelo, quedártelo, construirlo de nuevo… Una melancolía tan leve, tan suave y acogedora también puede ser un lugar, un hogar familiar… ¿La echaré de menos también a ella?

martes, 26 de julio de 2022

Arena de playa y un diario

 

Luna Miguel, en Leer mata, cita a Blanchot: «escribir la autobiografía de uno mismo, ya sea para confesarse, ya sea para analizarse, ya sea para exponerse a los ojos de todos, al modo de una obra de arte, quizás es tratar de sobrevivir, pero mediante un suicidio perpetuo, muerte total en cuanto fragmentaria» (2022, pág. 75). Es difícil evocar la memoria sin doler, sin morir. Es difícil contar sin herir. Escribo sobre mí misma, a veces. Pero no sé por qué. ¿Pretendo sanar, herir, crear belleza, romper la belleza, sobrevivir? ¿Lo consigo, acaso? Nada. Quería escribir sobre cómo siento mi identidad ahora mismo, en este preciso instante, cómo siento que me he convertido en una esposa, ama de casa, una madre, una don nadie, lo duro que es hacer tanto y no ser nada. ¿Por qué cuando pensamos en esas mujeres de hace años (o incluso de este año) que limpian, que cuidan, que dan todo, decimos que solo hacen eso? Solo limpian, solo te hacen la comida, solo mantienen literalmente toda tu vida. Esas mujeres, madres, esposas, sostienen el mundo, siempre lo han hecho. Y son anónimas, no sabemos cómo se llaman, no sabemos cómo sentían, qué sentían. Llevo días preguntándome: ¿cómo no se suicidaron? Me levanto, salgo, vuelvo, hace calor, friego los cacharros, hago la comida, la pica vuelve a llenarse, hago la cama, comemos, me quedo sola de nuevo, ocupo mi tiempo en cosas que me hacen olvidar que me sobra demasiado tiempo, hago otra vez la comida, la pica sigue llena, ahora todavía más, sigue haciendo calor, cenamos, vivo unos minutos y en seguida ya tengo sueño, me voy a lavar los dientes y por el camino veo la pica llena que tendré que fregar mañana, otra vez, levantarme, fregar, cocinar, limpiar, hacer la cama, cocinar, cenar, dormir, levantarme, fregar, cocinar… Cuando llega la noche y por fin llega ella, la vida se relaja un poco, mis pensamientos se pausan, nos abrazamos y hablamos, está muy cansada así que le hago cosquillas, la animo, hablamos. Quizás no está todo perfecto ahora mismo, pero lo estará, nos prometemos eso, nos hacemos promesas que no sabemos si nosotras podremos siquiera cumplir. ¿De qué depende? Nos creemos videntes, sí, sí, estará todo bien, lo siento, lo he visto, mis corazonadas palpitan en mi interior y yo las interpreto, les doy sentido, digo ¡sí! ¡Ahí está! ¡Así será nuestro futuro! Es que mi corazón ha palpitado de una forma especial que no hace normalmente, y tiene que ser por eso. Damos sentido, ¿lo tiene? ¿Algo? Nos dormimos, sigue haciendo calor, me pica todo el cuerpo porque los mosquitos no tienen piedad conmigo. Me paso el día pegada a mi cuerpo y mi cuerpo es una compañía terrible, suda, pica, sufre. Intento despistarlo, me duermo, me abrazo al sueño, así no pienso, así no existen preocupaciones, ni hay que fregar, ni olvidar. Ni ocupar mi tiempo. Cuando duermo no hay tiempo. Cuando duermo no hay nada. Pero me despierto, ella se va. Otro día más. Es que todos son idénticos. Siento que algo en mi cuerpo, algo familiar, empieza a ocupar, empieza a hacerse notar, a teñir, a reírse de mí. A veces lloro y en seguida me duele la cabeza, ya no sé si es el calor o el dolor. Pienso que mi tristeza es como la arena de la playa, hay tanta, es tan diminuta, se cuela por todas partes y te la sacudes bien, una vez tras otra, pero cuando llegas a casa y te desvistes y sacas las cosas de la mochila… empiezas a oír cómo cae al suelo, porque es prácticamente invisible cuando se cuela en los bolsillos y en los pliegues de la ropa, pero sabes que está ahí. Suena, pinta el suelo. Veo esos diminutos bultitos mínimamente iluminados por la luz que entra por la ventana, colándose en cualquier rincón de la casa. Me cuesta mucho deshacerme de la arena de la playa. Me cuesta… Me gusta el mar, me gusta mirarlo, escucharlo, me relaja, no pienso, o pienso mucho, pero está bien, veo el horizonte, no llego a terminarlo, y eso está bien, sé que sigue, está bien. El mar devuelve la arena, la recoge, la arrastra y la devuelve. Continuamente. Hay tanta. En La bajamar la presencia del agua, del mar, del río es constante. Es un recuerdo, es el origen, es una historia familiar. Es como una caracola… acercas el oído y siempre se escucha el fondo del mar. Solo si aguzas bien el oído… Sus protagonistas intentan recordar, intentan dejar su memoria a alguien, hacerla constar, que exista, que no se olvide… Si no se olvida ellas vivirán, pero la memoria es confusa… Y duele. ¿Cómo tratarla? ¿Cómo hablar de ella sin herirte? Es difícil establecer una memoria, hablar de tu memoria, hablar de tu presente, o de lo que fue, o de lo que esperas que sea… Es difícil porque las palabras crecen en la boca del estómago y es justo ahí donde empiezan a doler. Y su recorrido es lento, va despacio, tiene mucho camino para herir. En la garganta se forma un nudo, tú ya sabes qué hay ahí… qué intentas decir… por eso el nudo, no sabes deshacerlo, seré ama de casa, pero nunca me enseñaron a coser… soy una esposa de otro mundo, de un mundo en dónde no debería haber ya esposas… pero el sistema se empeña en crearlas. No sé deshacerlo y lo vomito. Sale de mi boca ensuciándome, provocándome un sabor agrio, amargo, que me irrita por dentro. Evocar la memoria… Para Blanchot es un suicidio, es una rotura, es una fragmentación inevitable. Y sí, puede que lo sea, lo es. ¿Pero no es acaso vivir también una forma de suicidio, una forma de dar muerte, de romper, de doler, de herir, de tratar de sobrevivir? Quizás escribiendo solo tratamos de establecer, de ocupar, de dejar una constancia… algo que no pueda olvidarse… puedo elegir no volver aquí, pero si lo hago, sé que recordaré esto, este instante, este momento, el nudo, la arena, fregar, recoger, cocinar, el calor… Es verano, ¿sabías? Y siento que tengo la playa en casa, pero el mar me queda tan lejos… Ojalá lograra escucharlo. Ojalá estás letras fueran el fondo de una caracola...

 

Miguel, L. (2022). Leer mata. Valencia: La Caja Books.

Moreno Durán, A. (2022). La bajamar. Barcelona: Random House.

miércoles, 20 de julio de 2022

Flotar

 

Un zumo con piña. ¿Y por aquí? ¿Un café con leche? Yo… yo un agua. Y yo zumo. Dos zumos y un agua perfecto. El camarero se va. Es el mismo que nos ha atendido a nosotras cuando hemos llegado. Nos ha costado bastante levantarnos (¡hemos madrugado!) y nos hemos venido para Els Tres Tombs. Por algún motivo creo que a Ane tampoco le emociona mucho venir, pero siempre que lo hacemos se queda mirando el televisor en donde están poniendo uno de esos programas de la MTV con los mejores videoclips del pop, del 2000, etc. Nos hemos sentado en una de las mesas de fuera, esas que siempre que pasaba por aquí hace unos meses (cuando todavía iba a la biblioteca) veía a señoras sentadas desayunando, o a gente leyendo a la sombra, y me despertaba un no sé qué de emoción y deseo que nunca acababa de suplir. Hoy era el día. Ane dijo: ¿estás segura de que tendrán algo dulce? Hombre, siempre veo a señoras desayunando… supongo que sí, ¿no? Llegamos (yo tenía la intención de ir dentro porque tenía mucho calor y dentro habría aire acondicionado) y Ane propone que nos sentemos en esas mesas que yo veía, que yo deseaba, en las que yo me imaginaba desayunando en paz y calma cada mañana que pasaba por delante. Nos sentamos y viene a atendernos el camarero (sí, el del principio). Café con hielo, zumo de naranja y dos cruasanes normales. Charlamos un poco, Ane bebe y come mientras yo me enrollo como las persianas y luego se va al baño. Yo saco mis apuntes mientras escucho que a mi derecha una señora mayor tose y habla muy agudo al camarero. Perdona, es que estoy muy constipada. Ane vuelve y me da un beso, nos vemos luego. Se va al gimnasio y yo me quedo estudiando. Me cuesta mucho prestar atención a nada relacionado con esas hojas escritas delante de mí y doy un sorbo a mi café con hielo (que está prácticamente entero) mientras miro a mi alrededor: el Mercat de Sant Antoni, majestuoso, dorado, morado, la gente paseando, conversaciones entre las que me cuelo y husmeo y luego salgo, como las olas de la playa que llevan arena y la arrastran, van y vienen, van y vuelven, la señora tose y saluda a alguien. Giro un poco la cabeza, disimuladamente: espera, son ellas. Sí, sí, ¡son ellas! Cada vez que iba a la biblioteca, todas las mañanas, pasaba por este bar y deseaba tener el tiempo, tener la calma, tener la suerte de poder venirme cada mañana aquí a desayunar, a leer (¿deseaba, acaso, ser una jubilada?). Y luego, todos los días cuando volvía a casa y volvía a pasar por aquí veía lo mismo: cuatro señoras, sentadas en una mesa de dentro, la de la esquina, siempre sentadas exactamente en las mismas sillas, de forma que cada día podía ver a la misma señora. Pelo gris, gafas gruesas y redondas, la cara redondita. Siempre que pasaba estaba callada, siempre mirando a sus amigas. Muchas veces cruzábamos miradas. ¿Se acordaría de mí? ¿Me reconocería, de tantas veces que pasaba por ahí? Había días que no las veía, que encontraba su silla vacía, la mesa ocupada por otras personas, ¿qué les habría pasado? ¿hoy no habrían quedado? Así día tras día. Todos los días. Buscando su ausencia o su presencia. Recordándola, pensando, ¿por qué me fijo en ella? Y aquí están, hoy, después de tantas semanas sin buscar, sin mirar, sin volver… Ya no hay olas, pero ahora sí es verano… Quedan tantos días de verano… Y aquí están, hoy, a mi lado, les pongo voz, les pongo casi nombre… ¿Han cambiado de mesa? ¿El verano les habrá hecho cambiar? Me pregunto… aquellos días que me encontraba con su mesa ausente, ¿sería en realidad porque se habrían sentado en otro sitio? Intento ocultar mi entusiasmo de escritora y me pongo a leer, a subrayar, a dejar pasar el tiempo a mi alrededor. Cuando el camarero vuelve con el zumo y el agua dice, perdona, no tenemos zumo con piña, se ha terminado, ah, no te preocupes, responde ella, zumo de melocotón está bien, pero espera esto es mucho hielo, toma para ti no quiero tanto hielo. El camarero se va para volver con el zumo de melocotón, apúntalo, ¿eh, Antonio? y las señoras prosiguen su conversación, interrumpida por algunas toses de la señora que ya estaba allí. Me fascina como enlazan un tema con el otro. Es el cumpleaños de una de ellas (¡la que yo siempre veía por la ventana!) y cuando le va a dar dos besos a la que tose esta le dice a mí no me beses, estoy muy constipada. A mí eso me da igual, y la besa. Y se ponen a hablar de lo malo que es constiparse en verano, es que un constipado solo busca calor, bebidas calientes, abrigo, y en verano claro, eso no se puede… Luego se ponen a hablar de la panadería que tienen cerca de casa… que el pan está muy rico, qué bien vende la chica, ¿y te acuerdas de esta otra chica? Era un maniquí… qué bien le quedaba todo y qué bien lo vendía, qué maja… Los recuerdos, la memoria… en estas mujeres, cualquier retahíla llama al pasado, inevitablemente. Sus amigas son sus autobiografías, sus memorias, sus huellas físicas en un mundo que cae, que ven caer… Qué mayores estamos ya, ¿cuántos tienes tú? Yo 60 y… 89. Y esta 87. Y me parece entender que la cumpleañera tiene 90 y pico… No hago más que pensar, sí… son como ella, son como ellas… Cuando era pequeña, mi madre me dejaba con mi abuela, a veces a su casa, otras veces a la cafetería donde estaba desayunando o almorzando con sus amigas. Era pequeña… no debía prestar atención a sus conversaciones. Nunca me dijeron que no escuchara, que iban a hablar de cosas de mayores, que me fuera a jugar… siempre me intentaban incluir en sus conversaciones, y yo tampoco me sentía excluida. Estaba con mi abuela, y sus amigas formaban parte de mí como lo formaba ella. Del mismo modo. Me apetecía ir con ellas, ¿cuándo iremos todas juntas a la playa? Mi abuela debía estar hasta las narices de mí, de mi insistencia, de mi cabezonería… Al final íbamos, claro, una de sus amigas me enseñó a flotar, me intentó enseñar a nadar (mi madre siempre ha tenido mucho respeto al agua y nunca se iba más allá de la orilla, yo lloraba en las clases de natación del colegio: no sabía nadar, me daba miedo nadar y, a la vez, el agua era el lugar que más paz y tranquilidad me daba del mundo). Así que ahí me iba con ella, a nadar con ella, me daba seguridad y sabía que sería capaz de hacer cualquier cosa mientras ellas estuviesen a mi alrededor vigilándome y ayudándome. No era como si estuviesen supervisándome: más bien me daban apoyo, me convencían de que podría, me daban la seguridad que necesitaba. También, esa misma amiga, me enseñó a dar masajes. Nos los dábamos mutuamente y al final me regaló un libro sobre ello que ella consideraba la biblia. Me había hablado varias veces de él, y no pensé que me lo fuera a regalar nunca. Ni siquiera se lo pedí: sabía que era preciado para ella. Así que cuando un día vino a la playa con él para regalármelo… sentí un gran vínculo de ternura y cariño con ella. Y con la playa, y el mar, y los cuidados… Mi abuela y sus amigas eran mi paz y mi cariño… Sabía lo que era el amor porque veía su amistad, y el modo en el que me trataban, como si al ser nieta de una de ellas ya fuera nieta de todas… amiga de todas, familia de todas… No sé qué pasó después. Nunca más volví a verla. No sé si se pelearon o se mudó… recuerdo que me dolió mucho eso. Fue como una pérdida para mí. Como si alguien de mi sangre se fuera… Esa amistad era lo más real que podía existir en el mundo para mí, para esa mente de niña inocente que solo observa y crea e imagina con su mirada. Y se rompió. Mi memoria era imaginación y sueños… Soñaba con una amistad así. No: soñaba con un cariño así, tan gratuito, tan desinteresado… Me sentía querida. Me sentía querida de verdad…

Creo que alguna vez más nos la encontramos en la playa, tiempo después, mi madre y yo, cuando ya no venía mi abuela con nosotras porque era ya muy pesado para sus piernas… Ella estaba sola. Tomando el sol boca abajo (era la persona que más morena se ponía de todas las personas que yo conocía), sobre un cacharrito que tenía para sujetarse la cabeza. No sé si la llamamos o fuimos a decirle algo… recuerdo que mi madre estaba poco interesada en saludarla. Yo insistí. Recuerdo que me saludó con cariño, pero no sé por qué… en mi memoria habita algo de tristeza relacionada con esa imagen, por alguna razón… no recuerdo qué me dijo, ni qué cara puso, no recuerdo qué pasó… recuerdo solo su amabilidad. Pero… ¿por qué veo tanta tristeza…?

La otra amiga con la que íbamos se echó novio (como a los sesenta o setenta que tenía, creo que era viuda) y dejó de ver a sus amigas. Bueno, no es que dejara de verlas… pero dejó de quedar tanto. Y ellas empezaron a quedar por su cuenta, viendo que ella ya no venía tanto. Así que es como si el grupo siguiera su vida sin ella. Y poco después la que me enseñó a nadar también se acabó yendo. No sé si alguna vez me explicaron qué pasó. No se rompieron relaciones, no recuerdo eso. Simplemente… se distanciaron. Si solo hubiesen seguido siendo amigas durante más tiempo… ¿qué habría sido de mi crecimiento como persona, mi crecimiento emocional? ¿Habría cambiado? ¿Habría encontrado confidentes donde no los tenía? ¿Habría crecido con más seguridad? ¿O habría sido todo igual que siempre? O mejor… qué poco me rompí cuando se rompió…

Ahora, cada vez que floto en el agua cierro los ojos. Llega el verano y todo lo que quiero es ir al agua, dejarme abrazar por él, sentir mi cuerpo ligero como una pluma… Floto y mi mente se teletransporta a una seguridad antigua, a una paz lejana… Al cariño… Vuelve al cariño… Allí en las olas siempre me esperará…

jueves, 16 de junio de 2022

Niebla o no sé qué...

 

Los recuerdos me invaden… No todos forman parte de mí, algunos solo los imagino… El sol entra escondido por la ventana, creo que hoy está nublado. La casa está tranquila… no se escucha nada, más que pájaros y voces lejanas. Estoy sola, aunque hace un momento no lo estaba. Soñaba… o recordaba, me cuesta diferenciarlo. Mi vida se construye con los ojos cerrados, toma de aquí y de allá, maquilla, desea… Me despierto y tengo esa vida que no he vivido (¿o sí?) detrás de mí. Forma parte de mi mente y de mi identidad, de mi memoria, pero solo durante unas horas, hasta que el sueño o el recuerdo se difumina y prácticamente desaparece. Solo me quedará el rastro del nombre… de la sensación, de los sentimientos. A veces ni eso. Pero se va, y no vuelve… ¿quiero que vuelva, acaso? Han pasado muchos años. Ya no soy, creo que nunca lo fui. Pero cuando viví allí tampoco eran esos los rostros que me seguían, ni siquiera yo tenía uno. Intentaba acompañarme, sentirme acompañada, imaginar… dar forma a algo que se caía a pedazos, se rompía a mis pies, pisaba los pedazos, como si no fuera conmigo. Pero iba… aunque no le hacía caso. Ahora me vienen esas historias, cambiadas, modificadas, con otros colores y formas. ¿Se quedaría algo sin hacer? ¿Eso es lo que intenta reconstruir mi mente? Han pasado muchos años y muchas cosas han cambiado. Los nombres… ellos cambiaron sus letras, y ya no guardan el mismo significado que entonces. Lo que entonces yo creía mío ya no lo es, y al revés, sobre todo al revés… ¿Por qué vendrá a mí? Todo el tiempo… y en mi sueño es como yo quería, como deseaba entonces… Sé que no existe, que no puede existir. ¿Invento? ¿Creo con mis ojos, con mis recuerdos rotos, con los pedazos? Doy forma y en cambio, no sé crear desde cero, necesito una base, algo desde donde partir… Necesito partir y luego me voy, luego vuelvo a dónde estoy. Quiero estar aquí. Es donde debo estar. Y esos recuerdos inventados… esos sueños deshechos, no sé qué son. No sé por qué me hablan, ni qué me dicen. Anoche era un bar, muchas cervezas, la cuenta ascendía a 600 euros, creo que éramos 5 o 6, pero por algún motivo teníamos que pagar 300 por persona, algo más… Mi cuenta bancaria no era diferente en el sueño, eso sí que no me lo sé inventar… No podía pagarlo, y por algún motivo tampoco explicable junto con las bebidas nos invitaban a un sofá, un sofá rojo y acolchado. Acto siguiente: estamos en casa, sentados sobre ese sofá rojo, parecía cómodo y tenía chaiselong pero, ¿sería sofá cama? Recuerdo que lo pregunté, recuerdo el miedo. ¿Dónde íbamos a dormir, a dónde había ido a parar mi sofá? He aprendido, quiero pensar que sí. Mi mente ha estado corrompida durante mucho, había sombras, había tanta niebla… No se veía más allá, estaba sola, rodeada de algo que nunca podría acogerme. Esa niebla… se difuminó. Tardó mucho, pero lo hizo y cuando lo hizo de repente todo se veía distinto, los colores, las formas, el mundo… y las personas. Mi forma de ver el mundo… Todo cambió, de repente… No fue cuando yo quise, ni siquiera cuando yo lo esperaba. Pero lo hizo y así es como está ahora. Pero sigo yendo a veces, sigo volviendo… al menos mis recuerdos lo hacen, no creo que nunca dejen de hacerlo. Es como si me dijeran: cuidado, no olvides, no lo hagas nunca. Sé que no lo haré, no podría hacerlo… entonces, ¿por qué esos recuerdos imaginados y soñados? No hay niebla en ellos, creo que no la hay… pero sí algo, una esencia o algo… que sí es como antes. Algo me hace sentir como antes, aunque mi identidad en el sueño no sea otra más que la que vivo ahora. Pero hay algo… e intento marcar la diferencia, intento atraerlo todo a mi presente, darle el sentido de ahora, ser consciente… Y me despierto. Y todo está bien, nada ha cambiado. Solo ha sido un sueño… La miro y sé que todo está bien. Pero… ¿por qué ese sueño? ¿Por qué ahora, otra vez? Sé que no puedo olvidar, que no podré hacerlo. Mi mente no deja de recordar… Es como si no dejase de preguntarse cómo habría sido todo, qué habría pasado. Sin esa niebla… Soñé que te alegrabas de que fuera feliz…

miércoles, 8 de junio de 2022

Una mancha oscura

 

«Si le hubiera cortado las alas / habría sido mío, / no se me habría escapado». No tenemos dinero en nuestras cuentas bancarias (este mes ha sido jodido) así que no hemos podido comprar las entradas por internet. Nos presentamos allí bastante rato antes de la hora en la que la película empieza, no sé, media hora antes, pongamos. No hay nadie en la taquilla, y solo estamos nosotras y dos señoras mayores esperando. Mira, mira esas chicas, también estáis esperando, ¿verdad? Sonreímos, sí. Se ponen a hablar y nos ponemos a hablar. Nadie hace asunto de ninguna, cada una nos metemos en nuestros propios mundos, en nuestras conversaciones, en lo que sea que estuviéramos diciendo en ese momento, o estuviéramos escuchando. Llega la señora de la taquilla. Dos para Cinco lobitos, por favor. Pagamos. Y cuando vamos a entrar al cine, escuchamos: dos para Cinco lobitos, por favor. Sonrío para mí, vienen con nosotras. Nos sentamos dentro, en unas sillas que hay en la entrada, a hacer tiempo hasta que abran la sala. Entran las señoras, ya con sus entradas, y se sientan justo en las sillas que hay respaldo con respaldo con las nuestras. Nosotras seguimos a lo nuestro, hablamos de alguna cosa, miramos algo el móvil, nos enseñamos algo. Guardamos, quizás, un momento de silencio. Y entonces escucho: «es que mi hermana fue la causante de la ruptura de mi matrimonio». Mi oído de escritora o de maruja (nunca sabré exactamente cuál es el que se conecta a cualquier conversación ajena, dispuesta a deshilar cualquier historia). «Si le hubiera cortado las alas / habría sido mío, / no se me habría escapado». La amiga le pregunta. ¿Serán viejas amigas? ¿hacía mucho que no se ponían al día? Deben tener la suficiente relación como para tener la confianza de ponerse a hablar de sus intimidades, ¿o no? La amiga pregunta y escucha, mientras la otra señora explica con todo detalle los asuntos recientes (y no tan recientes) de su vida. Su marido, exmarido, se lio con su hermana. El matrimonio tenía una hija, y luego él se separó de ella y tuvo otra hija con la hermana. «Imagínate, yo no quería volver a esa casa, estaban en la misma cama en la que yo dormía». Las hermanas perdieron la relación, y todo lo que le quedaba era su hija. Habían vendido alguna propiedad hacía poco, como si se hubiesen acabado de repartir las cosas por el divorcio (¿eso significa que la historia es reciente? Aunque el marido debía ser bastante mayor como para tener otro hijo; ¿o bien significaba que había tenido el marido una doble vida con su hermana y hasta hace poco no se había enterado?). «Pero así, / habría dejado de ser pájaro. / Pero así, / habría dejado de ser pájaro». Aparentemente luego lo dejó también con su hermana, y se fue con una chica más joven. La mujer le confesaba que se había quedado con algo, con algún dinero que no le había dicho a su exmarido. «Haces bien, algo te tienes que quedar tú», le decía la amiga, mientras la señora le explicaba que le preocupaba su hija, y que solo le quería dejar algo de buena vida, algo de herencia, pero también quería vivir ella. «Y yo... / yo lo que amaba era el pájaro». Las hijas, o primas, o dios mío no sé cómo llamarlas, parecían llevarse bien. La mujer se lo explica a su amiga, con un tono triste, mientras la amiga la mira con ojos consoladores. Le pone la mano sobre el hombro y no usa palabras, pero yo sé que le dice vive tu vida, sé egoísta, no pienses en nadie… Sé que le dice lo siento, lo siento, lo siento tanto… «Y yo... / yo lo que amaba era el pájaro» …

Entramos a la sala, todavía está iluminada, la gente va tomando asiento. Entramos antes que las señoras, pero por azares del destino sus asientos están en la misma fila que los nuestros, al lado. Siguen hablando, pero sus voces apenas me llegan, solo distorsionadas, historias fragmentadas, amores fracturados, ternuras que se han vuelto líquido y se han derramado por doquier, dejando manchas densas, de colores oscuros, manchas que no se van, ni se irán, penetrantes como el dolor… ¿dónde están las manchas? ¿en la alfombra, en el suelo, en mi vestido, se han grabado en mi corazón? Esas mujeres… Empieza la película y tengo el corazón temblando, no entiendo el amor, no entiendo el cariño… hablo de él y no sé nada, solo sé el dolor, lo conozco… y qué cruel puede ser el azar, el destino, los hombres y sus relaciones… Empieza la película, digo. Y es una película de terror: nace un niño, lloros, pérdida de sueño, el padre se tiene que ir (qué casualidad, qué raro) por trabajo… la madre está sola, día y noche, cada segundo de cada minuto, con ese bebé que depende en su totalidad de ella, y que ella no sabe cuidar, no sabe quién es, su vida ha cambiado de golpe y ya no hay vuelta atrás… su cuerpo… Berta Dávila escribe en Los seres queridos «así es como yo pensaba en el hijo, como alguien que me cubriría de una felicidad que ocupase todos los espacios de desconsuelo y tedio» (Dávila, 2022, pág. 29). Pero la realidad, luego, es otra: «mi hijo no fue el único en salir de mi cuerpo sino, sobre todo, yo misma, que ya no era yo, porque era la madre. (…) Mi cuerpo era un territorio que no me pertenecía» (Dávila, 2022, pág. 50-51). La madre de Cinco lobitos hace todo lo posible por sacar adelante esa nueva vida que se le ha venido encima, que se ha apoderado de su cuerpo, de sus sentimientos, de su casa y de todo lo que antes conocía. Todo ha cambiado. Pero por más que lo intente, una sola persona no puede afrontar tantísimas cosas. No soy capaz de imaginar el dolor, el sufrimiento que provoca una situación así, aun habiendo conocido el dolor y el sufrimiento. Berta Dávila acaba este libro, que no queda claro si es novela o relato autobiográfico o autoficción [1] con un capítulo final en el que dice: «la depresión postparto es la primera causa de muerte de las madres durante el periodo perinatal en la mayor parte de los países occidentales, por encima de los trastornos hipertensivos y hemorrágicos. He escrito este libro porque estoy viva» (Dávila, 2022, pág. 140). La protagonista de Cinco lobitos decide irse a casa de sus padres: es la única forma de sobrevivir. Aunque eso suponga estar con sus padres, algo que ya se nos anticipa como algo negativo, complicado. La madre es exigente, pone pegas a todo, no dice las cosas buenas ni anima, pero se asegura de no dejarse nada negativo o cruel por decir. Y también ayuda, cuida del bebé lo mejor que sabe, cocina para todos y limpia. Y cuida, sobre todo cuida. El padre es amable, cariñoso, es incluso atento. Pero es un padre, es un hombre. Perdonadme, pero todas sabemos lo que eso significa. Nunca hace la comida (ni siquiera sabe cocinar el pescado que siempre cocina su mujer), pero se queja cuando algo está soso o lo ha comido varias veces esa semana. Le da pereza tirar la basura, o pasear al bebé, o, en definitiva, cuidar. Es atento, pero no sabe cuidar. Y tampoco es su culpa: la sociedad no le ha educado para que cuide, no le ha enseñado a cuidar. Y la madre sabe cuidar a la perfección, pero no sabe dar amor. ¿No sabe, o no le han sabido demostrar nunca el amor para que ella pueda sacarlo también? «Txoria txori» es una canción que le canta en euskera el padre de la protagonista a la madre durante una cena de amigos. «Si le hubiera cortado las alas / habría sido mío, / no se me habría escapado. / Si le hubiera cortado las alas / habría sido mío, / no se me habría escapado. / Pero así, / habría dejado de ser pájaro. / Pero así, / habría dejado de ser pájaro. / Y yo... / yo lo que amaba era el pájaro. / Y yo... / yo lo que amaba era el pájaro». Es, probablemente, el único momento de la película en el que sentimos que quizás sí, quizás sí hay amor entre ellos, quizás si se quieren… aunque discutan, aunque se enfaden, aunque se peleen constantemente. Y si… ¿y si de verdad se quieren? ¿Se pueden querer… así? ¿El amor puede ser amor si es conflictivo, doloroso? Ella voló, enamorándose de otro, porque él no le daba amor, no le daba cariño, no estaba con ella… se sentía sola. Es una infidelidad, ¿pero podemos juzgar a una mujer que se sentía profundamente infeliz? ¿Podemos juzgar a la señora que le explicaba a su amiga que se había quedado algo de dinero que su exmarido no sabía para vivir para, por fin, vivir? Esas mujeres que viven una cotidianidad terrible, infeliz, sin cariño, rutinaria (pero en el mal sentido) necesitan saber que hay algo más para ellas, que pueden salir, que pueden volar, que pueden, quizás, ser felices. Debajo del dolor puede haber una salvación, algo que dé sentido, aunque sea durante un instante. Pero el dolor constante es un vacío inerte, desértico, es un consumo de tiempo, un consumo de vida, y una muerte. «Pero así, / habría dejado de ser pájaro. / Y yo... / yo lo que amaba era el pájaro». Si no la hubiese dejado volar, intentar ser feliz, habría dejado de ser pájaro, habría dejado de ser ella misma. Cuando salimos de la sala le comenté esta escena a Ane diciéndole que la madre se enamoró y voló fuera de su matrimonio, luchó por su vida, por su bienestar, por su ternura arrebatada. Ella no sabe dar amor, no a su marido, no a alguien que no la ha sabido querer. Y ahora, aunque vea que la quiere, aunque vea que de vez en cuando se esfuerza por ella, por su amor, por su cariño, por el que le debe… a ella le da miedo. Ane me dijo: yo creo que su matrimonio fue tan mal que ahora ella ve que él está enamorado y no quiere, porque lo pasó tan mal que no quiere ya. Cómo afrontar una relación que se rompió, pero que sigue en tu vida. El dolor deja herida, nunca se difumina. La mancha en la alfombra… o en el vestido, o en las entrañas. Es como un agujero, y si cicatriza deja mancha… una mancha blanquecina… está tiesa y aunque tires de ella algo se mantiene inmóvil… como si habitara ahí el daño y la cicatriz lo encerrara, lo tapara, lo cubriera para que no volviera a salir… ¿y si sale? Él se moriría de pena sin ella, y ella no puede dejarlo, aunque lo haya pensado mil veces… ¿Es eso el amor? ¿Qué es el amor? No lo sé, no creo que nunca llegue a saberlo, por más que lea, por más que sienta, por más que vea y escuche. Por más que mi piel… En mi piel está grabada la herida, pero también el deseo… ¿puede nacer amor del dolor? ¿puede haber amor desde la herida? Estoy segura de que el amor no puede hacer daño, al menos eso es lo que pienso, lo que quiero pensar. Un amor de verdad no quiere doler, hace todo lo posible por evitarlo. Solo quiere ser cuidado y ternura y cariño. Quiere ser un escudo, quiere ser una cicatriz que se cierra envolviendo todo daño para que no vuelva a salir.

Cuando salimos del cine, las dos señoras se levantan con nosotras. Una ayuda a la otra a levantarse, cogen sus cosas y se preguntan ¿te ha gustado? Qué bonita. Y se van juntas, hablando, a través de la noche. Eso sí, pienso… eso sí es cariño.

 

Bibliografía

Dávila, B. (2022). Los seres queridos. Barcelona: Destino.



[1] Sin entrar en lo complicado de diferenciar esos términos, creo que este libro supone un limbo a la hora de intentar encajonarlo en alguna de esas etiquetes (al menos, en un principio) puesto que empieza con un prólogo (que, por lo general, asumimos que está fuera de la narración, fuera de la historia de la obra y, en principio, aportando algo del escritor o escritora en primera persona, como el proceso de escritura o el contexto alrededor de ella) en el que se hace mención a la escritura y a una amiga suya con la que queda para despedirse y con la que se reencontrará meses después porque se casa. Después, empieza la «novela», y como lector asumes que es una historia de ficción, ajena al prólogo. Y aquí viene el salto, el guiño, la herida ficcional: vuelve a mencionar, dentro de la «novela» a esa amiga suya; y es más: va a su boda. ¿Es una novela basada en esa persona real? ¿Es una autobiografía de su vida, unas memorias, algo sincero sobre su propia vivencia y vida? ¿O es un poco de las dos? Dávila escribe: «nunca he experimentado el amor maternal» (2022, pág. 101). Quizás es tan difícil para las mujeres, para las madres, decir algo así, en una sociedad que sigue pensando que un bebé solo puede ser una bendición y algo extremadamente bueno y feliz, que es necesario construir una ficción (aunque sea aparente, aunque no sea de verdad, aunque sea una mentira que le hace creer al lector, pero que no se esfuerza mucho en mantener) para poder decirla.

miércoles, 1 de junio de 2022

Palpitación salada...


Las cerezas me recuerdan a la playa, al sol, a la arena, me saben a mar. De pequeña casi siempre llevábamos, en un tupper, cuando íbamos a la playa. Nunca fui una niña muy frutera, pero esto sí me lo comía (porque tenía hambre y calor). Me pasaba la mañana en el agua (odiaba y odio el sol). Nadie podía sacarme del agua y lo sentía mi más preciado tesoro, mi hogar más acogedor. A lo mejor, mi más sincero hogar entonces… Ahora lo sigue siendo, pero no me hace falta ir a él para estar en casa. Me estoy comiendo unas cerezas, tienen un color rojizo oscuro y alguna gotita las rodea. Me las como y recuerdo un mar, pero no ese: las piedras, los rodillazos, cuidado con los pies. El sábado estuvimos en Sitges celebrando la fiesta (sorpresa) de despedida de Elena, una prima de Ane. Fue un día increíble. Desayunamos en una de mis cafeterías favoritas de Barcelona (todas juntas, en dos mesas, con un montón de sillas apiñadas alrededor de ellas… un paisaje al que no estamos acostumbradas pero que fue sencillamente perfecto). Después, en metro y tren a Sitges, donde cantamos una canción que se inventaron en el coche de ida a Barcelona y que se convirtió en la banda sonora del viaje, para desgracia del resto de personas del metro/tren. Íbamos dando el cante, hablando alto y de temas que a cualquiera le harían soltar una carcajada (entre el top: los pedos disimulados o no tan disimulados que todas nos tiramos). Me hizo gracia, porque allí yo no era la ruidosa ni la más pesada: todas estábamos en armonía. Una vez allí, la playita… dios mío el mar… nos cogimos todas de la mano y Diana pidió a unas señoras que estaban ahí antes de que llegáramos y con cara de muy pocos amigos que nos grabara entrando al agua; aunque a regañadientes, accedió («si tardáis más, paso», dijo) y nos cogimos todas de la mano corriendo hacia el agua. Estaba fresquísima, pero perfecta. La salida fue desastre total: así como habíamos entrado todas de la mano y a la vez, parece que, sin quererlo, decidimos salir de una en una, para que el resto pudiera descojonarse ante semejante espectáculo. Había una bajada bastante generosa hasta llegar a la arena del fondo, y la bajada estaba llena de piedras enormes (también una vez entrabas más en el agua, pero más dispersas). Era imposible salir sin clavártelas y pisarlas. Una salía, pisaba mal y se caía, la de detrás se reía de ella, pero pisaba mal también y se caía, y así una detrás de otra. «Madre mía, qué van a pensar de nosotras, ni una saliendo bien del agua», decían entre risas. Ane y yo nos quedamos las últimas contemplando las vistas (yo todavía no quería salir del agua) y nos dijeron salid, a ver cómo salís vosotras. Fue un poco desastroso, pero en comparación con el resto no había color . Luego, todas a corrillo a hablar, con los brazos en jarra, mientras Ane hacía algunas fotos por aquí y por allá. Compramos una cámara analógica de estas desechables; estamos viciadas a ellas, cada vez que pasa alguna fiesta o acontecimiento destacable (y nos cuesta poco destacar cualquier cosa) compramos una o dos. Cuando se revelan salen siempre fotones, tienen ese no sé qué especial de las fotos analógicas, y nos las dan en digital (que viene perfecto para enseñarlas al resto y para que cada quién se quede con las que más les gustan) y en físico, de forma que, sin quererlo, estamos haciendo ya nuestro álbum familiar. Luego, cuando termina ese «acontecimiento destacable» y viene esa tristeza de cuando acaba algo que ha sido perfecto, nos quedan todavía las cámaras, que llevamos a revelar después y que tardan dos o tres días en estar. Hoy nos han llegado las fotos en digital y las dos, que sabíamos que estarían esta tarde, llevábamos todo el día pensando en ello, aunque ninguna de las dos hubiera dicho nada al respecto. Las hemos visto mientras comíamos, recordando entre risas los instantes capturados, con algo de nostalgia y belleza en los ojos pero, sobre todo, con el corazón encogido, abrazado y caliente.

las fotografías son un modo de apresar una realidad que se considera recalcitrante e inaccesible, de imponerle que se detenga. O bien amplían una realidad que se percibe reducida, vaciada, perecedera, remota. No se puede poseer la realidad, se puede poseer (y ser poseído por) imágenes (…). No se puede poseer el presente pero se puede poseer el pasado (Sontag, 2022, pág. 455).








Estamos a miércoles, han pasado solo tres días desde que el fin de semana se acabó, pero mis recuerdos no hacen más que transportarme a la playa, al mar, a la comida, a la risa, al susto que les dimos a Silvia, Diana y Adriane escondiéndonos detrás de unas columnas a la salida del baño, de cómo Diana conseguía mover su tripa de forma que parecía que estaba embarazada para que le dejaran pasar al baño, mientras todas nos reíamos y, al ver que había otra chica mirando y riéndose, le decía «es broma, no estoy embarazada, solo estoy gorda». Veo todos esos recuerdos, el dolor de estómago de reírme y el descubrimiento de que, quizás, sí me gustan los boquerones y las almejas (pero los mejillones no, eso sí que no). En fin: vuelvo al pasado. En mi mente todo esta desordenado, roto, las risas vienen de la playa pero la broma estaba en un bar, había cerveza pero mi piel aún tenía sal, me vacío las bambas y las bragas en la ducha porque tengo arena en todas partes y estoy recordando como todas se bajan del metro, dejándonos a Ane, Jone y a mí solas de camino a nuestra casa, las vemos desde la puerta, cómo el grupo que ha salido se divide en dos y empieza a despedirse para ir en direcciones contrarias pero, al ver que nuestra puerta se cierra y que les decimos adiós pegadas al cristal de la puerta, se vuelven a juntar y a decirnos adiós mientras corren en dirección al metro que ya se va, entre risas y la mirada curiosa de una pareja que está a nuestro lado, y sé que se ríen también. «¡Nos vamos a ver en una hora!», decimos. Y sé que esa mirada curiosa desea, sé que esa pareja soy yo, sé que miro y pienso: ojalá ser parte de esa familia. Estoy tecleando estas palabras, pero también estoy agarrándome a la barandilla de metal del metro sonriendo y pensando que sí, que pertenezco… «Llegué por el dolor a la alegría. / Supe por el dolor que el alma existe. / Por el dolor, allá en mi reino triste, / un misterioso sol amanecía» (1990, pág. 45) dice José Hierro. La luz del sol hace que mi piel brille… también el agua… Miro las fotografías y son eternas, esa felicidad… Aunque deje de recordarlas, seguirán ahí, físicamente, podré tocarla con mis dedos… Me parece que cuando vayamos a recoger las fotos, olerán a sal… «La sensación de estar a salvo de la calamidad estimula el interés en la contemplación de imágenes dolorosas, y esa contemplación supone y fortalece la sensación de estar a salvo» (Sontag, 2022, pág. 458). ¿Y si es también al revés? ¿Y si, con el dolor, puedo ver estas imágenes de alegría, placer, felicidad pura y paz profunda, y sentirme como entonces? ¿Volver a casa, hacerme un hogar de recuerdos? Mis recuerdos, mi pasado más cercano, en el que vivo, del que me alimento, me dan paz… me hace sentir segura, a salvo… No hay dolor, no hay tristeza, no hay herida que pueda contra tanto, tanto… Hay tantas fotos, no hemos comprado álbum todavía, las tenemos unas encima de otras, en sobres, o sueltas… Pronto ya no sabré dónde meterlas, qué hacer con ellas; las fotos de polaroid van formando una pila cada vez más alta… no puede no verse. «Nunca / podrás mojar tu pie en el río / en que ayer lo mojaste. Busca / la eternidad, vive en la alta / contemplación de su figura» (Hierro, 1990, pág. 36). Leo estos versos en un libro que he cogido de la biblioteca, y al pasar las hojas veo que hay un pétalo de alguna flor seca que alguien ha puesto entre las páginas. ¿Quién? Si hubiese dejado una fotografía de su retrato, tampoco sabría quién es. Un pétalo seco… es como dejar algo de ti, un instante de vida, algo que una vez fue una flor, para que otro lo vea. Del mismo modo que las fotografías, esto permanecerá para siempre, recordando algo, albergando un recuerdo que solo quien allí lo dejó sabe… Hacemos fotos, fijamos recuerdos en formas químicas que no entendemos para permanecer, para seguir aquí… para que alguien nos recuerde. ¿Alguien nos entenderá? ¿Qué pensaría esa persona cuando dejó allí esa hojita seca, en ese poema? ¿Sufriría, conocería el dolor? ¿Sería ahora feliz, por eso leería a Hierro? Cuando me enseñaron a Hierro, no fui capaz de valorarlo suficiente. Me gustó… pero no lo entendí. «Busca la eternidad» … hago fotos, bueno, Ane las hace, yo lo intento. ¿Fijaré algo? ¿Permanecerán los recuerdos? ¿Se quedarán conmigo, serán mi salvación, mi hogar, mi mar cuando esté triste? Todavía me quedan ciruelas. El sol empieza a caer, Ane está apunto de volver de la piscina (creo que ella también persigue el mar…). Lo sé: esta es mi eternidad. Estoy rodeada de mar. Cuando no lo veo con mis ojos, lo evoco, me envuelve. De alguna forma, siempre me rodea… Cojo un pétalo de las rosas secas que siguen aquí, las de Sant Jordi, y la coloco entre las páginas del poemario de Hierro. El poema se llama «La playa de ayer»: es increíble cuando todo encaja y se comunica [1]… Mi pétalo es un pétalo de mar, de agua, de sal. Está ligado a mí, a mi hogar, a mis recuerdos… Cuando alguien la encuentre, ¿flotará?

 

 

Bibliografía

Sontag, S. (2022). De Sobre la fotografía. En D. Rieff (Ed.), Obra imprescindible (pág. 447-467). Barcelona: Literatura Random House.

Hierro J. (1990). Antología poética (J. Olivo Jiménez, Ed.). Madrid: Alianza Editorial.



[1] «Cuántas lamentaciones ante el muro / coronado de pálidas almenas… / (No estoy seguro…) Un canto de sirenas / o de cadenas… (Ya no estoy seguro…) / Palpitación salada… / Y el conjuro / de la aventura… Sobre las arenas, / pasos… (no estoy seguro…), o eran penas, llagas de sombra sobre el oro puro. / Y eran las nubes y las estaciones… / Y alguien pasaba… Y alguien trasponía / puertas de niebla, alcazáres de espanto, / mar con marfil de las constelaciones… / y se ocultaba, / y reaparecía, / hijo del gozo con su cruz de llanto…» (Hierro, 1990, pág. 117). Los versos vienen… y van… vienen… y van… como las olas… como el mar… El ejemplar seguirá en la biblioteca de hispánicas de la UB, incluso cuando me vaya. ¿Mi pétalo seco, de mar, seguirá allí?




En el monasterio

  Tenía miedo de llevarme a Annie Ernaux al monasterio por si sentía la necesidad de masturbarme al leerla. Solo la empecé un poquito, allí,...