domingo, 22 de febrero de 2026

Una entrada en la que intento hablar sobre Die my Love y acabo hablando sobre otras cosas (o sea, sobre mí)

 

«y, al enterarme de tu muerte, noto / una terrible atracción, sabor a sal» (Anne Sexton)

 

Hacía mucho tiempo que no escuchaba a Lana del Rey como antes. No sé qué significa exactamente esa frase. Como antes. Cuando volví de Navarra el domingo pasado sola en el tren, me pasé las casi cuatro horas escuchándola, exclusivamente. Me hice una playlist intentando encontrar las canciones que tenían las mejores letras. «Solo quiero bailar con quien puedo sentir devoción», así la titulé. Es por culpa de una frase de Mary Oliver que leí por ahí: «Attention is the beginning of devotion». Me impactó mucho: vuelca toda la responsabilidad en mí.

Sí, hacía mucho que no escuchaba a Lana del Rey. La última vez Cherry me hizo ponerme a llorar mientras doblada la ropa. Tampoco recuerdo muy bien por qué. Justo después escuché Fragments, de Blondie. Supongo que ese es el por qué: los pedazos. Algo pasa con el tiempo, con mi tiempo, cuando recorro estas canciones que escuchaba hace años, en un momento emocional radicalmente distinto al actual. Claire Marin en su libro Los comienzos, hablando de El hombre joven de Annie Ernaux, dice: «el tiempo interno no es horizontal, sino vertical: distintas edades cohabitan en nosotros, facilitando o perturbando nuestra relación con el presente. El tiempo se recorre de pronto como el espacio, ha dejado de constreñirme: gracias a la pasión amorosa, me reencuentro con sentimientos juveniles, con actitudes y situaciones olvidadas». En el libro, Ernaux habla de su relación con un hombre treinta años más joven que ella. Para él, muchas de las cosas que hace con ella ocurren por primera vez. Para ella, esas primeras veces de él le hacen recorrer sus primeras veces, como si volvieran a ocurrir, como si volviera a habitarlas.




Ahora vuelvo a escuchar esa canción y me vuelve a hacer llorar. No sé qué tiempo está llorando por mí. Supongo que por eso me atravesó tanto Die my love: eso sigue ahí, en algún lugar. Hoy (esta entrada la empecé el 1 de febrero y no la he retomado hasta veinte días después) he leído este poema de Anne Sexton: «en la mente hay un estrecho callejón llamado muerte / por el que me desplazo / como si fuera agua». No sé nadar muy bien. Nunca he sabido. Ane, que es una nadadora excepcional, siempre me dice que ella me enseña, que no me va a costar nada aprender. Algún verano lo hemos intentado: siempre me muero de vergüenza. No sé si quiero aprender. Supongo que eso debería preocuparme. Para la protagonista de Die my love ese callejón está ahí, siempre está ahí. A veces se oscurece, otras veces se ilumina de manera cegadora (no sé qué caso es preferible). Cuando salimos del cine, Itziar me dijo que le había horrorizado. Yo le dije que me había encantado porque hablaba de la depresión. Al día siguiente me dijo que, si ese era el sentido de la película, que entonces le gustaba un poco más. Me leí el libro al poco de ver la película. El cuchillo. El libro empieza así: «Me recliné sobre la hierba entre los árboles caídos y el sol que calienta la palma de mi mano me dio la impresión de llevar un cuchillo con el que iba a desangrarme de un corte ágil en la yugular». En la película, al principio, Jennifer Lawrence lleva un cuchillo en la mano mientras camina por la hierba. Sí, eso pueden hacer mis manos vacías: desangrarme de un corte ágil en la yugular. Eso puede hacer mi deseo (mis manos, mi sed, la sal): desangrarme de un corte ágil en la yugular. Svetlana Aleksiévich entrevista en su documental Lyubov: Love in Russian a personas rusas preguntándoles sobre el amor. Una de las mujeres explica cómo le escocía la mano, llena de arañazos de gato, al dársela a su amado, a quien le sudaba. Aun así, se la daba. «Así es como podríamos describir el amor soviético». La artista Sophie Calle preguntó a judíos de Nueva York qué lugar les había cambiado la vida. En el libro que se editó recopilando todas las experiencias había en una página las fotografías de los lugares y, en la de al lado, las experiencias de esas personas explicando por qué ese lugar les había cambiado la vida. Una de las mujeres recogió la fotografía de una piedra de un muro. Esa piedra le había cambiado la vida porque un día, caminando con su marido, se paró justo delante de esa piedra, apoyó su mano en ella y le contó que se había enamorado de otra y que quería dejarla. La mano y el cuchillo.

 

La mujer rusa de los arañazos de gato en las manos, aquí un trozo del
documental de Svetlana Aleksiévich donde explica su amor ruso

Hemos ido al mar (ha pasado otro día, sigo postergando terminar esta entrada, se está quedando clavada en mí, como si fuera imposible quitármela de encima). No olía a sal y varios niños nos echaron tierra encima. Eso me decepcionó. Pero leí varias cosas interesantes, como esta: «el deseo de traducir arrasa en los momentos más impensados o imposibles, incómodos. Como el deseo sexual. Después, cuando hay que traducir, cuando es la hora de hacerlo, y el lugar, a veces se adormece». La cita es de Laura Wittner, que es increíble. No he traducido en mi vida (aunque ahora, por su culpa, me apetece mucho probar a hacerlo) pero se me parece mucho lo que dice a la inspiración: cuando tengo que escribir soy completamente incapaz y luego, de repente, un día cualquiera, en el trabajo, con gente, en la ducha, me atraviesa de repente esa ansia, esa obsesión, esa frase que necesito escribir con urgencia. Me he sentado ahora a acabar esta entrada porque quiero hacerlo, aunque quizás ayer deseaba más hacerlo, ayer, cuando tuve que parar para hacer la cena, limpiar los platos, recoger la cocina, esas cosas que me quitan más tiempo del que querría. Más tarde escribiría en mi diario: «escribir solo sobre el poco tiempo para escribir que tengo. Escribir sobre las ganas que tengo de tener tiempo para escribir». En cualquier caso, lo que me obsesiona de esta frase es que el deseo es el mismo. El deseo. La sal. Intenté acercarme al mar, a las rocas, una parte de mí deseaba que las olas me salpicaran, llevármelas a casa, escribir con ellas. Escribir con la sal en mi piel. Pero qué más da que no me salpicaran: ya la tengo en la piel. Todo el tiempo. Todo es agua, ¿qué tendrá ahora el callejón? ¿agua en la que nadar o agua para ahogarme? Pero Jennifer Lawrence no desaparece en el mar, sino en el bosque. ¿Será ese su mar?


Justo cuando entró ayer Ane por la puerta, al volver del trabajo, empezó a sonar esa canción de Bowie que suena en Die my Love«Will you stay in our lovers' story?», pregunté: «Will you?». Asintió de lejos, desde el otro lado de la casa, a tan solo unos metros. Y aun así apenas la veía nítidamente por culpa de la miopía. Se siente un poco como escribir, tener miopía: atravesar algo borroso, algo que solo percibes levemente, imaginar el resto, entrecerrar los ojos (como apretar la mano contra el papel) buscando mejor la imagen (o la palabra), para nada, para ver la misma imagen turbia, confusa. Imaginar el resto. Escribir el resto. A mí también me sudan las manos a veces. Es la sal queriendo escapar de mí. Poniéndoseme por delante.

Una entrada en la que intento hablar sobre Die my Love y acabo hablando sobre otras cosas (o sea, sobre mí)

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